No vivo en un pueblo, sino en una ciudad pequeña de más de 20.000 habitantes, pero tan tradicional que es de esas que permanecen inamovibles por los siglos de los siglos. Es más fácil que cambie por completo su arquitectura o su forma, incluso su ubicación, a que lo haga su gente. Generaciones tras generaciones, se reproducen comportamientos y maneras de ser.

Aquí rige una especie de pensamiento único en la que todo el mundo actúa dentro de la caja. Se espera de ti que tengas una vida ordenada y dentro de los cánones tradicionales, lo que implica conseguir un empleo lo mejor posible, que un día anuncies que te casas por la Iglesia y al siguiente des la alegría de haberte quedado embarazada. ¿Cómo no ibas a querer todo eso, si es la única vía para conseguir la felicidad?

Todo el mundo está cortado con el mismo patrón. Y, quien no, se convierte en tema fácil de conversación, porque su vida y obra se analizan al milímetro. Todavía, después de rajar un buen rato, escuchas a la gente decir: “Pero, bueno, que cada uno haga lo que quiera con su vida”. Lo que quiera no, lo que le dejen.

Criticar es el deporte favorito de los autóctonos, y yo, como buena cachorrita de este pequeño sistema, estoy haciendo lo mismo en este post. Mi pueblo es rancio como un paquete de ganchitos abierto durante una semana. Es aburrido como comer lo mismo por la mañana, por la tarde y por la noche todos los días del año. Estar aquí es como vivir en un eterno bucle donde casi es mejor no esperar nada novedoso, porque lo que suponga algo de agitación y entretenimiento viene envuelto en drama.

Todo es predecible

No hace falta saber de astrología para predecir la vida de cualquier hijo de vecino en este pueblo. Cualquiera con un mínimo de análisis podría hacer el paripé y sacarse sus buenos cuartos echando las cartas del tarot. A todos les diría lo mismo y con todos acertaría de pleno.

Nuestros amigos comenzaron a casarse a eso de los 24, uno tras otro. Todos tras largas relaciones y con bodas tradicionales, de las de ir de punta y blanco y acabar bailando lo mismo en la barra libre. De esas que van copiando detalles unas tras otras y, al final, nada te sorprende. Sabes que a la novia la recibirá un tipo que canta y toca la guitarra en la puerta de su casa. Sabes qué aperitivos se van a sacar en la recepción, porque es siempre el mismo catering, o uno parecido. Sabes que alguien va a llamar al escenario a todas las invitadas para el lanzamiento del ramo, pero la novia no lo va a lanzar. Cuando esté a punto de tirarlo, se girará y se lo dará en mano a su mejor amiga, a su hermana o a su prima, y se fundirán en una abrazo llorando con alguna música melancólica de fondo.

Hace poco se han casado dos parejas cercanas a mi novio y a mí que, entre ellos, son una piña. Los cuatro van juntos a todos los sitios, cada fin de semana y cada fiesta. Se casaron el mismo año, con unos meses de diferencia. Al poco tiempo, la mujer de la primera boda anunció que estaba embarazada, y le dije a mi pareja: “La siguiente que lo anuncia es la [chica de la segunda boda], que querrá que sus hijos se críen juntos y se entretengan jugando cuando ellos salgan”. A los pocos meses me preguntó: “¿A que no sabes cuál de mis amigos ha dicho en el grupo de WhatsApp que su mujer está embarazada?”.

Las dinámicas

Se repiten comportamientos y estilos de vida. Hay personas que ni se plantean explorar otros horizontes, aunque claramente no están hechos ni para la monogamia, ni para el matrimonio, ni para la maternidad/paternidad. Bastante tienen con ir a trabajar todos lo días y sobrevivir, prefieren ir dando patadas hacia delante. Más vale malo conocido que bueno por conocer.

El caso es que este pensamiento y modo de vivir únicos se validan día tras días con las críticas a quien se salga del guion y el mantenimiento férreo de las apariencias. Por eso nada cambia. Y por eso se forman dinámicas sociales que hacen aún más predecible la vida de pueblo.

Por ejemplo, aquí hay un perfil claro de triunfador: hombre, de buena familia, con un círculo amplio, carismático y que participa de la vida social del pueblo. Es el perfil que se endiosa. Si el Fulanito de ese perfil es consciente de sus cualidades y quiere explotarlas, puede montar un bar/cafetería/pub o presentarse a alcalde. Triunfará. Si opta por la primera opción, su establecimiento se convertirá automáticamente en el local de moda y todo el mundo querrá ir, dejando vacío el bar de al lado, que estaba lleno unas semanas antes. La gente va adonde va la gente porque todo el mundo quiere ver y dejarse ver. Es postureo puro, un concepto que se creó en mi pueblo y, siglos más tarde, se introdujo en el DLE.

Hace casi una década que me marché de aquel lugar, pero conservo un vínculo muy estrecho porque allí están todos mis familiares y amigos, y los de mi pareja. Me quedo con la cercanía, el apoyo y el cariño genuino que brindan muchas personas aquí, y con su capacidad de sobrevivir con mochilas pesadas sin plantearse nada más, solo yendo hacia delante. Porque consideran que es lo que hay que hacer. Volveremos alguna vez, y sé que allí llegaré al final de mis días. Porque, al final, soy una más.