Siempre he sido un poco asocial y lo sé. Soy tímida, introvertida y me han dado bastantes palos emocionalmente hablando. Llega un momento en que una se cierra, no hay más, y por mucho que en el trabajo-estudios quieran sacarte de la concha, no es así de fácil. Y menos si las mismas personas que pretenden sacarte te mandan mensajes contradictorios al estilo de “sé tú misma pero poquito/sé tú misma pero así no”. Yo os cuento y ya me decís si hice algo tan grosero.
Llevaba apenas un año en la empresa cuando llegó la Navidad, esa época medio rara en la que gente que apenas te habla o lleva dos años sin hacerlo, se empeña en hacerte saber que te quiere muchísimo, que quedéis para tomar un cafetito y que lo pagues tú, que ella paga el próximo, ya te volverá a llamar. En ese ambiente, a alguien se le ocurrió montar un Amigo Invisible en el grupo del curro.
Para que la cosa no se saliera de madre, algo que parecía haber pasado en años previos, dijeron un límite de diez euros para que fuese un detalle y nada más. Y para que no hubiese malos rollos, no se diría en ningún momento quién había sido nuestro Amigo, sino que los regalos se dejarían en una mesita con una etiqueta y nada más. Y no se podía usar papel de regalo que ya se hubiera usado en otras ocasiones, para que nadie atase cabos. Y no se podían regalar perfumes ni cosas de belleza porque eran muy personales y claro, ya sabríamos quién habría sido. Y estaban vetados libros, cd’s y películas porque podían ser de segunda mano. Y… vamos, que aquello era para hacer un libro de reglas que hubiera sido más gordo que El Señor de los Anillos.
El caso es que a mí me tocó una compañera que, como a todas las demás, no la conocía de nada, ni sabía qué le gustaba o que no, algo que me ponía bastante histérica porque, ¿y si le regalaba una taza con flores y resulta que era alérgica a las flores y detestaba las flores? ¿Y si le regalaba una bufanda y le daba urticaria el tejido? ¿Y si…? Bueno, cosas de sobrepensar y tener ansiedad. Unos tres días de darle más vueltas que el tambor de una lavadora después, al final salí del paso con una taza de búhos y unas pulseras. Tomaba café y tenía muñecas, ¿no? ¡Pues entonces, iban a servirle! ¡Tenía los tickets-regalo de todo, podía cambiarlo si quería! ¡Para otra, cuando hiciesen un Amigo Invisible -pensé- en el papelote del nombre, que me pongan algo como “soy Perenganita y me gustan las velas aromáticas, el jabón de rosas y George Clooney”! No creía que estuviese disponible George Clooney, pero si lograba meterle en una bañera con jabón de rosas y rodeada de velas aromáticas, oye, tendría el regalo PER-FEC-TO para Perenganita. Pero vamos a lo que interesa.
Lo que interesa fue que la compañera a quien le toqué yo, el día anterior a la fiesta, me cogió en un aparte y me dijo lo que había. O lo que no había. “Mira, te voy a ser sincera: me has caído tú en el Amigo Invisible, no te conozco de nada y, creo que somos adultas para decirte esto: No me caes bien. Así que no voy a hacerte nada. Mañana cojo vacaciones y para cuando vuelva, ya no se va a acordar nadie. Ponte tú algún regalo si quieres”.
No voy a decir que me destrozó el corazón porque no quiero que mi nariz crezca metro y medio de golpe, pero un poco, sí que me molestó, porque hablamos de que mis opciones eran:
- No ponerme ningún regalo para mí y, sí, dejar en evidencia que “alguien” que curiosamente estaba de vacaciones no había dejado nada para mí, y a cambio no obtener ni un chicle, o:
- Ponerme un regalito comprado por mí, a cambio de taparla y que nadie supiese que había pasado de mí como de la KK.
Una vez más, mi manía de sobrepensar me llevó a lo que creí una buena solución: fingir que había sido mi propio Amigo Invisible. Así que me salté todas las reglas y me autorregalé un Oliver Twist en tapa dura que tenía muchas ganas de tener y que, todo hay que decirlo, costaba bastante más de diez euros. Unas tres veces más.
Llegó el momento de abrir regalos y cuando abrí el mío, todo el mundo se extrañó y aún hubo protestas “¡libros no valen!”, “¡Eso es más del límite!”. Me preguntaron quién había sido mi Amigo, y aunque al principio dije que habíamos quedado que no había que decirlo, ante la presión solté que “había sido Amigo Masturbatorio: me toqué a mí misma”. No sé por qué, pero no les hizo gracia. Al final alguien cayó en que una de las compañeras estaba de vacaciones, y allí estaba su paquetito sin abrir. Ataron cabos y el coordinador me dijo que, en el momento que la compañera me dijo que pensaba escaquearse, yo debí haber hablado con él para que él le pusiera las peras al cuarto, que lo que había hecho no sólo no arreglaba nada, sino que lo empeoraba, porque todo el mundo tenía regalitos de clara con limón y yo me había regalado un señor libro, que además estaba prohibido por las reglas.
Pude haberle dicho que no quería meter en un lío a una compañera por una bobada así, que aquello me pareció más simple, pero ya pasé de complicarme más la vida. Me limité a mirarle con atención mientras me hablaba y cuando terminó, asentí. Después tomé la decisión de que no volvería a participar en esos jueguecitos sociales que sólo traen malos rollos, si bien ya todo me importaba dos pimientos porque tenía en los brazos mi libro nuevo.
Al año siguiente, cuando lo propusieron, yo dije que lo sentía muchísimo, pero que era la primera navidad de mi sobrina y necesitaba todo el dinero posible, hasta el último euro, para malcriarla con regalitos. Sí, también esos diez euros. No, no, ni diez, ni cinco. Claro que cinco euros me los gasto en una chocolatina, y si me los gasto en un Amigo Invisible, no tendré para la chocolatina, ¿no lo ves? Y mirad, desde entonces, mucho más tranquila.
Regla número uno para sobrevivir en el curro a los Amigos Invisibles: NO SE HACEN AMIGOS INVISIBLES.
Delice