Quiero contaros mi historia, pero lo haré desde al anonimato, por razones obvias. Conocí a Pedro en el trabajo. Era bastante mayor, yo acababa de cumplir 22 y él se acercaba a los 50. Pero era un hombre atento, sensual, delicado y con un halo de misterio que me cautivó.

Trabajábamos en un restaurante de comida rápida. Yo a tiempo parcial para compaginarlo con mis estudios, y él era un compañero más, con el mismo puesto que yo. Lo que siempre me llamó la atención porque a su edad se espera que seas encargado o que trabajes en algo mejor. Pero pensé que simplemente era una persona que se estaba buscando la vida y no se le caían los anillos para trabajar allí.

Todo fue rápido, demasiado rápido tal vez. En unas semanas ya estábamos saliendo casi a diario. Él era reservado, me contaba lo justo sobre su vida: sabía que era divorciado y que tenía un hijo de mi edad, con el que no tenía relación.

Solía decirme que fuera del restaurante tenía sus «negocios», una palabra tan vaga que al principio me pareció hasta divertida. Cada vez que le preguntaba más, cambiaba de tema con esa habilidad suya para desviar la atención. Pensé que trabajaba en negro para sacarse un sobresueldo, pero nunca pensé que fuera algo malo.

Había pequeñas señales que debería haber notado, pero que en ese momento ignoré, quizá por amor o tal vez por ingenuidad. Pedro nunca me dejaba entrar en su casa; siempre tenía una excusa, decía que estaba en medio de una reforma o que su casero no quería visitas. Siempre pagaba en efectivo y su teléfono móvil era de prepago.

Cuando llevaba un par de meses con él, se cambió de casa. Estaba harto de su compañero de piso, me dijo. Y a los pocos días, cambió también de número de teléfono. Entonces fue cuando empecé a pensar que escondía algo turbio.

Un día, estábamos sentados en un banco de un parque dándonos el lote como dos adolescentes, y la cosa se subió un poco de tono. Os recuerdo que él no me llevaba a su casa y yo aún vivía con mis padres, así que a veces hacíamos cosas donde no debíamos. Un señor se nos acercó a llamarnos la atención. Pues Pedro no se lo tomó nada bien. Empezó a increpar al señor, que no se quedó callado y llegaron a las manos. Jamás había visto a Pedro así de violento, estaba fuera de sí. Se lio a puñetazos con el hombre que acabó en el suelo inmóvil y en un charco de sangre. Yo estaba en shock. Pedro me agarró de la mano y me sacó de allí corriendo. Dejamos a aquel hombre tirado en el suelo sin saber si seguía vivo o muerto.

 

Yo me puse histérica, quería llamar a una ambulancia, o a la policía, pero él me tapó la boca, me inmovilizó y me susurró al oído “Como llames a la policía no vas a ver la luz de un nuevo día”. Algo me decía que Pedro no bromeaba, así que guardé silencio. Tras unas horas, me dejó en casa y volvió a decirme:

 «Como le cuentes algo a alguien, vas a aparecer colgada de un árbol»

discusión miedo

Aquella noche no dormí. Me levanté por la mañana con intención de ir a clase, de seguir con mi vida normal, y cuando salí de casa, en el portal estaba Pedro esperándome. Me obligó a subirme en su coche y me lo contó todo.

Me contó que había estado en la cárcel 18 años por matar a un tío a cambio de una importante suma de dinero, y que ahora mismo se dedicaba a los ajustes de cuentas. Y que me lo contaba para que fuera consciente de con quien estaba y no hiciera ninguna tontería. Su trabajo en el restaurante era más una tapadera que otra cosa. Era un exconvicto y tenía que mostrar que se había reinsertado en la sociedad.

A partir de aquel día mi vida se volvió un infierno. Pedro me venía a buscar a la universidad, me llevaba a casa, me vigilaba, no me dejaba relacionarme con nadie. Yo intenté hacerle ver que la relación se había terminado, que yo no quería estar con él. Pero él no lo aceptaba.

Pasé mucho miedo. Miedo de contárselo a alguien, miedo de que mi hiciera algo. Jamás me puso la mano encima, pero me dijo que tenía buenos amigos que no tendrían ningún problema en acabar conmigo si él se lo pedía.

Al final, tres unos meses de pánico, él me dijo que tenía que mudarse de ciudad por “negocios” y desapareció de mi vida de un día para otro. He necesitado ayuda psicológica para volver a salir de casa y ser yo. Han pasado varios años, pero sospecho que no me ha dejado en paz del todo. Creo que me espía, que mando a amigos suyos a vigilarme a la puerta de mi casa. O puede que sea mi cabeza que me juega malas pasadas después de haber pasado por una situación tan traumática.

Nunca le conté nada a nadie, ni a mis padres, ni a mis amigas, pero necesitaba sacarlo de dentro y escribirlo aquí me pareció una buena idea. Y lo cuento ahora porque he sabido hace poco que está de nuevo en la cárcel y me siento un poco más segura.

Anónimo