Cuando me convertí en madre, pensé que sería dificilísimo volver al trabajo. Que me sentiría culpable por dejar a mi hijo en la escuela infantil y que lo pasaría fatal al alejarme de él.

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Pues no fue así. Me incorporé a mi trabajo cuando mi hijo tenía casi siete meses y tengo que reconocer que me sentí aliviada. Necesitaba salir de casa, hablar con gente adulta, coger el metro… La maternidad estaba siendo un poco caos así que me vino bien volver a mi rutina.

Y luego tuve otro hijo, y más de lo mismo. Volví de la baja de maternidad con más ganas que nunca.

No es que yo adore mi trabajo. Trabajo en una oficina, delante de un ordenador, sentada seis horas al día. Seis horas porque, por supuesto, me he cogido reducción de jornada. Pero es un lugar donde me siento a gusto, donde soy yo, y no la mamás de.

El problema lo tengo cuando llego a casa. Veo la cocina patas arriba, el salón lleno de juguetes, mi hijo pequeño con una rabieta, el mayor que no quiere hacer los deberes, y me entra una ansiedad…

Y entonces aparece el pensamiento que me da vergüenza reconocer en voz alta: no estoy agotada por trabajar, estoy agotada de ser madre.

Hace poco me encontré con un video en TikTok de una psicóloga que explicaba lo que era el síndrome de burnout, que es el agotamiento y estrés crónicos que sufrían algunos trabajadores en su puesto de trabajo.

Cuando hay una diferencia importante entre lo que el trabajador espera de su empleo y lo que realmente tiene que hacer en su día a día, o cuando el entorno laboral es demasiado tenso, el trabajador sufre una especie de depresión.

Escuché eso y pensé: “¡Coño! ¡Eso es lo que me pasa a mí, pero en casa!

Lo que realmente me genera estrés, son mis hijos. A veces, preferiría vivir entre facturas y contratos que entre camiones de la Patrulla Canina y piezas de Lego.

Por las mañanas, me siento aliviada cuando los dejo en el cole y me voy a trabajar. Y en el trabajo, cuando se acerca la hora de salir, que sé que tengo que ir a recogerlos, me empieza a entrar una angustia por el cuerpo…

En casa no hay cierre de trimestre. No hay break para tomar un coffee, si quiero un café me lo acabo tomando frío, porque mis hijos parece que huelen el café y se les ocurre pedirme cosas. Mamá juega conmigo a esto; mamá, hazme un sándwich de paté; mamá, quiero hacer caca… Y mientras hago todo eso, se me olvida que tengo una taza de café quedándose frío en la encimera de la cocina.

Analizándolo todo, creo que me pasa porque tenía demasiado idealizada la maternidad. Sabía que criar a dos niños iba a ser duro, pero no tanto. En mi mente estaba la idea de que me iban a compensar las noches sin dormir, el cansancio físico y el estrés con el amor de mis hijos.

Pero ahora os digo bien claro, que no me compensa. He renunciado a demasaidas cosas por ellos. Hemos dejado de viajar porque la economía no nos lo permite; me he quedado estancada en mi puesto de trabajo porque con una reducción de jornada no puedo aspirar a un ascenso; y sobre todo, lo que más me duele es que he perdido mi identidad.

Cuando te conviertes en madre dejas de tener tiempo para ti. Y eso es una realidad. Si, algunas tardes me pongo de acuerdo con mi marido para que se quede él con los niños y yo me voy al gimnasio un rato. Si, también me escapo de vez en cuando a echarme un café o una cerveza con una amiga. Y algunas noches, saco cinco a diez minutos para leer un rato antes de quedarme dormida.

Pero mis aficiones y todo lo que me gustaba hacer en mi tiempo libre han pasado a un segundo plano. Ahora mi tiempo es para ellos. Para ir al parque, para hacer los deberes con el mayor, para llevarlos a las extraescolares.

¿Es bonito ser madre? ¡Precioso! Pero hay que pensárselo muy bien porque tu vida cambia de forma radical.

Fijaos en mí, que prefiero estar trabajando en la oficina, en un puesto que no me apasiona, antes que llegar a mi casa y escuchar los gritos de mis hijos.