Todo el mundo me dijo que volver al trabajo después del permiso de maternidad sería un drama. Que iba a llorar en la puerta de la guardería, que me sentiría la peor madre del mundo por abandonar a mi bebé, que me iba a pasar la mañana mirando fotos suyas y echándolo de menos… Pues no.
No solo no lloré: me fui hacia la oficina con ganas e ilusión. Y, aunque suene fatal decirlo, me sentí más libre que nunca.

Amo a mi hijo, pero también estaba saturada de cambiar pañales y preparar biberones. Necesitaba dejar de hablar bebé y volver a relacionarme con adultos. Recuperar mi espacio, aunque fuera entre las cuatro paredes de una oficina y delante de un ordenador, pero volver a trabajar me hizo sentirme yo otra vez. En estos meses desde que di a luz, había perdido la noción de quién era yo más allá de ser mamá. Necesitaba recuperarme un poco a mí misma.

El café más glorioso de mi vida

El primer día de mi vuelta al trabajo tras ser madre, llegué pronto y me dio tiempo a tomarme un café en el bar de enfrente de mi oficina. Ese café de bar que antes me tomaba con prisas, de pie en la barra y mirando el reloj, ese café tan cargado que tenía que echarle hasta dos azucarillos para que no supiera a rayos. Ese día me supo más rico que nunca, como si me estuviera tomando un café gourmet.

Y después del café, entré a la oficina con una sonrisa de oreja a oreja. Mis compañeros me abrazaron, aplaudieron y vitorearon. Parecía que estaban deseando tenerme allí. Yo, que venía con miedo de sentirme fuera de lugar, me encontré con un recibimiento que parecía una fiesta sorpresa. Y ese cariño, esa sensación de pertenecer a un sitio donde no tenía que limpiar cacas de nadie, me reafirmó aún más en que necesitaba volver.

 

“¿Y el bebé qué tal? ¿No te da pena dejarlo en la guardería tan pequeño?”

Y de pronto, la mágica bienvenida que te estaban dando tus queridos compañeros se rompe cuando alguien te pregunta por tu bebé. La gente da por hecho que te tienes que sentir mal por dejar a tu hijo en una escuela infantil o con un cuidador que no seas tú. Pero a veces eso te hace sentir aliviada.

Entonces, te descubres a ti misma poniendo cara de pena y mintiendo. Dices que estás fatal, que llevas muy mal tener que alejarte de tu hijo, pero que es lo que hay. Cuando en el fondo estabas deseando despegarte unas horas de tu peque, pero si lo reconoces, te van a juzgar, van a pensar que vaya madre que eres…

Siguen llegando compis y te sigues soltando frases típicas del tipo: “Disfruta ahora que es aún bebé, que crecen muy rápido”. Así que sonríes, asientes y sigues con tu día, intentando no sentirte culpable por haber disfrutado del trayecto al trabajo en metro mientras escuchabas música que no fuera La vaca Lola.

La primera reunión de la vuelta

Ese día, ya tuvimos reunión y fue como un regalo para mis oídos. Yo, que antes odiaba esas reuniones donde el jefe te pone la cabeza como un bombo con propuestas, plazos y sugerencias.

Pues aquel día, estar allí sentada, con un café (el segundo del día, que me sentó a gloria bendita), escuchando hablar de proyectos y presupuestos, fue renovador. Por primera vez en meses me sentí útil.

Definitivamente, mi primer día de vuelta al trabajo fue maravilloso. Me sentí inteligente otra vez. Porque cuando llevas meses sin dormir y hablando con un bebé que te responde con balbuceos, empiezas a pensar que tus neuronas se han declarado en huelga.

¡Ojo! Eché mucho de menos a mi hijo. Estaba deseando volver a casa para abrazarlo. Es curioso, pero aquella tarde disfruté de él más que nunca. Había pasado unas horas en la oficina, pero me sentía menos cansada, menos estresada e irascible que cuando estaba en casa.

Ser madre a tiempo completo es muy duro. Pero cuando haces un parón de la maternidad, aunque sea para trabajar, retomas tu papel de madre con otras ganas.

Está claro que cada mujer vive la maternidad a su manera. Ahora mismo habrá mamás pensando que cómo puede ser que disfrutara de la vuelta al trabajo, que ellas se hubieran quedado indefinidamente con sus hijos en casa si hubieran podido.

Pues yo necesitaba trabajar para volver a ser yo misma, para recuperar, al menos en parte, mi identidad. Y no soy peor madre por querer seguir con mi vida profesional.