Sé que me vais a cancelar por esto, que me vais a decir de todo menos bonita, pero necesito confesarlo: no creo en la fidelidad, me parece imposible tener una sola pareja sexual para toda la vida. Me cuesta mucho creer que las parejas que son aparentemente felices son fieles, que no han tenido escarceos fuera de la pareja. No me creo que alguien pueda pasar treinta o cuarenta años deseando solo a una persona, sin mirar a nadie más, sin imaginar, sin fantasear, sin sentir curiosidad por alguien más.

No creo en el “hasta que la muerte nos separe”. Es muy bonito en las películas y en las novelas románticas, pero no va conmigo. El problema es que estoy casada y que mi marido ni sospecha que pienso así.

Aquí estoy: con una alianza en el dedo, con la foto de mi boda colgada en la pared del salón y un marido que cree que soy la esposa más fiel del mundo.

Lo cierto es que le he sido infiel. Varias veces. No con un amante fijo, ni por despecho, ni porque me falte algo en casa. Lo he hecho por deseo, por impulso, por curiosidad. Amo a mi pareja, creo que es el hombre perfecto para mí, pero sexualmente necesito algo más.

Él es atento, inteligente, guapísimo. Me trata bien y nos entendemos a la perfección. Tiene todo lo que siempre busqué en un hombre. Como se suele decir, sobre el papel, somos la pareja perfecta. Tenemos una casa preciosa, tuvimos un bodorrio de esos con doscientos invitados, tenemos trabajos que nos gustan y nos permiten vivir bien, cuando podemos viajamos… en resumen: somos felices.

En la cama también nos va bien. Mi marido sabe perfectamente lo que tiene que hacer. Pero siento que no me vale solo con él. Hace tiempo que dejaron de haber fuegos artificiales en nuestra alcoba. Pero eso no es problema, porque el sexo rutinario con una persona con la que tienes mucha confianza también está bien.

Lo que pasa es que yo necesito el flirteo, que el otro me desee y crea que no me puede tener. Porque hay algo en ese momento previo, cuando alguien te mira con ganas por primera vez, que te hace sentir viva, poderosa.

La primera vez que fui infiel no lo planeé. Fue una noche, salí a cenar con los compañeros de trabajo, unas copas de más, un compañero que me miró como hacía años que nadie me miraba. Y lo que empezó siendo un juego inocente, terminó en su casa. No me arrepentí. Ni un segundo. Cuando acabamos, cogí un taxi y volví a mi casa. Mi marido no sospechó nada, él ya sabía que me iba de cena con los compañeros y que llegaría tarde.

Al día siguiente, repasé en mi cabeza cada momento de la noche anterior y me juré que no volvería a pasar.
Y luego pasó otra vez. Con otra persona. En otro contexto.

Y entendí que no era el hombre, ni el momento, ni el lugar. Era yo. Era esa necesidad mía de no sentirme encadenada.

Sé que suena hipócrita, pero si mi marido me fuera infiel, no se lo perdonaría. No porque crea que su infidelidad sería peor que la mía, sino por puro ego. Porque una cosa es engañar, y otra ser tú la cornuda.

Lo más curioso es que, en mis aventuras, nunca he sentido que estuviera traicionando lo esencial de mi matrimonio. No busco enamorarme, ni sustituir a mi marido, ni poner en riesgo lo que tengo. Para mí son historias fugaces, momentos en los que dejo de ser la esposa, la mujer responsable, y me convierto en alguien libre, sin etiquetas. En ese momento, soy otra persona.

He pensado muchas veces en hablarlo con mi marido, en plantearle abrir la pareja. Pero probablemente yo no lo llevaría bien. No me gustaría saber que está en la cama con otra en ese momento. Además, para mí perdería todo el encanto.

A mí me gusta gustar, me gusta conquistar, me gusta ser el fruto prohibido de otros. En el momento en el que ese otro supiera que mi marido está de acuerdo, ya no sería un acto tabú y se rompería la magia del sexo ilícito, del miedo a ser pillados, la sensación tan placentera de estar haciendo algo que no se debe.

Puede que un día lo pierda todo por esa necesidad absurda de acostarme con otros para sentirme bien. Puede que la culpa acabe ganando y se lo confiese todo a mi marido, o que, en un descuido, un día me pille. Pero, por ahora, sigo viviendo en esta contradicción:
Entre la esposa perfecta y la mujer que se escapa a ratos.
Entre la fidelidad que finjo y la libertad que busco.

No creo en la fidelidad. Pero sí creo en las mentiras que la sostienen.
Y en que a veces, para mantener un matrimonio, hay que callarse más de lo que se dice.

 

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