Todos en algún momento de nuestras vidas hemos oído hablar de la ansiedad, pero solo aquellos que la padecen saben lo que es sufrirla, si tienes la suerte de no haberla sufrido nunca y quieres entender un poco más, continúa leyendo.

Para entender sencillamente la ansiedad hay un ejemplo muy simple que todos podemos visualizar: imagínate nadando en el mar. Un mal tranquilo y con apenas olas que te hagan esforzarte demasiado. De pronto, el viento comienza a soplar desde la orilla hacia mar adentro y, por mucho que intentas salir del agua, la marea solo consigue arrastrarte más adentro aún. Esa sensación de descontrol, de angustia e incluso, de cansancio por el esfuerzo realizado, es lo que se siente cuando padeces ansiedad. 

El mundo se convierte en algo demasiado grande, cualquier problema se acentúa y agrava dentro de tu cabeza y eso consigue que pierdas el control, que te agobies aun más y que llegues a experimentar: mareos, una sensación rara como si todo tu cuerpo se moviese a cámara lenta (despersonalización), insomnio, dolor en el pecho, falta de aire, hasta hormigueo en las extremidades o pérdida de fuerza en ellas. Síntomas que, a veces, se mezclan, se juntan, se intercalan, hacen acto de presencia cuando estás relajado en el sofá, después de una discusión o un mal día de trabajo, a mitad de la noche cuando llevas 4 horas durmiendo plácidamente, mientras que te diriges a un examen, durante la merienda, cuando te vas de la playa tras toda la mañana relajada al sol, durante una comida familiar o con amigos, … Por eso, solo podemos entenderla quienes la padecemos. 

Hay una frase hecha que dice “no hay peor consejo que el que no se ha pedido” y eso los que padecemos ansiedad lo sabemos muy bien: “eso está en tu cabeza”, “yo sé lo que es eso porque tengo ansiedad por la comida”, “tampoco es para tanto”, “eso se quita tomándote una cerveza”, “haciendo ejercicio se quita la ansiedad”, y un largo etc. 

Pero la realidad es muy diferente, los que padecemos o hemos padecido ansiedad sabemos que no es nada fácil librarse de ella, no solo consiste en querer hacerlo, hay que encontrar a un buen profesional y ponerse en sus manos, y, amigos, eso tampoco es sencillo porque, en primer lugar, tienes que saber que padeces ansiedad y no todo el mundo es consciente de ello. Por eso, si conoces a alguien que la padezca, evita dar consejos innecesarios (salvo que seas psicólogo) y ofrécele tu apoyo y paciencia, es una enfermedad larga y silenciosa que hace más daño del que parece, pero que puede llegar a controlarse. 

 

Por Ana Méndez Gómez