Me encanta el bricolaje, soy una loca de cortar maderas, hacer muebles, agujeros, poner cortinas, cambiar la decoración de toda la casa… En fin, me flipan los destornilladores y los taladros. Mi chico y yo nos hemos comprado una casa hace cinco meses, así que estoy salivando con todas las cosas que voy a poder hacer en ella. Es un lienzo en blanco para mí. Una gozada.

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Sin embargo, mientras estábamos haciendo la mudanza me caí por las escaleras y me rompí unas cuantas cosas. De manera que llevo los primeros cuatro meses de nuestra nueva casa con las muletas a cuestas. Tuve que delegar casi toda la mudanza en mi chico, cuando normalmente soy yo la que se encarga de este tipo de situaciones. Me jodió, porque me encanta organizar las cosas y a la gente y creo que a mi chico le jodió todavía más porque yo no paro de mandar y mangonear, lo reconozco, no puedo evitarlo. Si hay algo que yo haría de determinada manera y se está haciendo de otra no puedo morderme la lengua. Lo sé, soy insoportable.

En fin, que podemos decir que la mudanza se la comió mi chico, con órdenes de una coja incluidas. Como os imaginaréis él no estaba muy feliz, él contaba con escaquearse del tema porque sabe que yo lo disfruto, peeeero así es la vida. 

Al principio pensamos que solo le iba a tocar hacer la mudanza, pero las lesiones han sido más gordas de lo que nos imaginábamos en un principio y le ha tocado encargarse de todo lo demás.

Empezó montando estanterías. Hasta ahí todo bien, son sencillas, con instrucciones, ningún problema. Pero a regañadientes. Después tocó poner las lámparas, puso la primera y por poco termina en urgencias, así que dijimos que tampoco corría tanta prisa, que ya lo haría yo cuando me recuperara. Pasamos a las cortinas, dos taladros, una barra y listo. Bueno, pues con la primera montó tremendo follón e hizo unos agujeros tan grandes en las paredes que llegamos a la misma conclusión, ya las pondría yo.

Pero claro, las cortinas para mí son algo imprescindible. No sé si os habéis fijado en qué en el 99,9% de las películas de miedo americanas nunca jamás tienen cortinas, ¿por qué? No lo entiendo. No tienen cortinas, tienen las casas con unos ventanales impresionantes y siempre están con las luces dadas. Me explota la cabeza, ¿cómo pretendes, Mary Jane, que no quieran venir a secuestrarte a tu casa si conocen toda tu vida de arriba a abajo? Parece que lo están pidiendo.

Quizá penséis que estoy un poco loca, pero acepté vivir sin cortinas un tiempo y hasta me enorgullece decir que no lo pasé tan mal. Hasta que un día, estaba regando las plantas, cuando vi moverse la cortina de la casa de enfrente. Nada raro, pensé, es normal que alguien se haya movido, en la casa vivirá gente. Pero al día siguiente lo mismo, y al siguiente. Tendrán un gato que esté todo el día en la ventana, me dije. Pero esos ojos no eran de gato. 

Me empecé a emparanoiar y llegué al punto de comprarme unos prismáticos y una noche, con las luces apagadas y la persiana medio bajada, me coloqué de manera que no pudieran verme y me puse a mirar. Allí estaba, en la ventana de enfrente, un ojo que no paraba de mirarme. Me asusté tanto que bajé la persiana tan de golpe que mi perro salió corriendo.

Al día siguiente, cuando bajé a comprar al súper del barrio me parecía que todos cuchicheaban cuando yo pasaba. Mírala, pensé que decían unos, la exhibicionista; la loca de los prismáticos, me pareció que susurraban otros. Cada vez tenía mayor sensación de estar vigilada en mi propia casa, me sentía como en la peli de Hitchcock, La ventana indiscreta.

Hasta que ya no pude más y salí corriendo (bueno, cojeando) al bazar de al lado de mi casa y compré estores de los que se enganchan a las ventanas sin taladro. Cuando llegó mi chico de trabajar y me vio encima de la escalera poniéndolos casi le da un parraque. 

No he conseguido averiguar quién se escondía detrás de ese ojo cotilla, pero sea quién sea ya no me puede espiar y ya puedo dormir tranquila hasta que a mi novio le dé por ponerse las pilas o más bien hasta que yo me recupere.

 

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