Cosas de la vida. A veces piensas que “esas cosas” no te van a suceder a ti. Conoces casos, ya sea por la tele o algún “amigo de un amigo”, pero la verdad es que pocas veces nos creemos que nosotras vamos a ser las protagonista del “chisme” o a protagonizar esa historia de “superación” que inspire (o no) al resto.
A mi marido le encanta el ciclismo. Salía con la bici varias veces a la semana, no solo los domingos de paseo. Él se lo tomaba en serio y se ponía como objetivo pequeñas pruebas nacionales, en las que aprovechábamos el desplazamiento para hacer una pequeña escapada. Su entrenamiento era tan importante para él que, si sabía que ese sábado teníamos una comida familiar que condicionaría su rutina, él se levantaba a las 6 de la mañana y empezaba el día con una hartada de kilómetros en las piernas.

El día que nos cambió la vida
Justo fue una mañana de sábado cuando sucedió el accidente. Un coche, conducido por un conductor joven y alcoholizado, invadió el carril contrario en una maniobra de adelantamiento ilegal y se llevó por delante a mi marido. El impacto fue tal que tanto como esposo como la bicicleta acabaron volando por el encima del coche. Fue terrible, una pesadilla. Fracturas óseas, mandíbula dislocada, dientes rotos, cortes, conmoción cerebral y daño en la médula espinal.
Mi marido tardó meses en controlar sus esfínteres. De esta manera, el plano sexual pasó a un último plano. Al principio, no te importa en absoluto. No es prioridad. La primera obsesión es que salga del coma; a partir de ahí, cada avance -por mínimo que sea- lo celebras con una fiesta. Te mantienes a su lado porque lo quieres, aunque eches de menos sus besos y caricias. Y es que ni besos podía darme sin dolor.

La rehabilitación le fue devolviendo parte de la movilidad. Un proceso lento, en ocasiones, involutivo; ya que no siempre vas hacia delante. He llegado a entender el “retroceso” como parte de la evolución. También te estancas, ni para delante ni para detrás, y debes aprender vivir con ese estancamiento el tiempo necesario. No mandas tú ni tus deseos, sino el ritmo natural de la recuperación.
El sexo como parte de ese cambio de vida
En estos años (sí, años), he echado de menos a mi marido. Éramos una pareja joven, pasional, con deseos de ser padre y madre. La vida nos ha abofeteado y, de empotrarme en la puerta del baño de nuestra facultad, a guiar sus manos por mi cuerpo porque a él se le agotan las fuerzas. Todo se ralentiza, pero también… se vive con mayor intensidad. Hemos entendido que nuestro “sexo” es así. Pausado, paciente, centrado en el disfrute de pequeños gestos. Nosotros vamos más allá de una penetración inviable (al menos de momento), pero no considero que sea ni mejor ni peor que el concepto de “sexo” tradicional que nos vende el porno. Mi marido sigue teniendo boca y dedos y pone toda su voluntad en hacer el mejor uso de ellos. Y de juguetes.

Es una cuestión balanza y adaptación: si el amor que sientes por la otra persona es superior a tu instinto más primario, serás capaz de adaptarte a cualquier cosa. A vivir sin sexo, a renunciar a los hijos. Y entender que la vida nos la puede arrebatar una chaval con su coche una mañana de sábado, pero que no lo hizo y eso es lo que cuenta. Comprendes que la vida, en sí, es el orgasmo.
Relato escrito por una colaboradora basado en la historia real.