El año pasado a mi abuela la tuvieron que operar de la cadera a consecuencia de una caída en la calle. Pero lo peor es que no se cayó porque se hubiera tropezado o algo, se cayó porque un delincuente de tres al cuarto le dio un tirón para robarle el bolso. Mi abuela se recuperó bien de la operación y no le dio más importancia al asunto. Pero mi madre… entre el disgusto y el miedo, menuda movida. Le dio tan fuerte que hubo momentos en los que no quería salir de casa sola, tenía la paranoia de que la iban a atracar. Conseguimos que se le fuera pasando poco a poco, no obstante, poco después de aquello se me ocurrió que le vendría bien ir a clases de defensa personal.

Por un lado, se sentiría más segura. Por otro, saldría de casa, conocería gente nueva y se despegaría un poquito de mi padre. Porque mi madre es era de esas mujeres dependientes de sus maridos. Y a mí me ponía mala que una mujer de su tiempo, que siempre ha trabajado fuera de casa y que las tenía todas para ser independiente, no supiera hacer nada sin preguntarle antes. O ya no solo eso, es que además es era la típica que, si él no quería salir a pasear, ella tampoco. Si él no quería venir a comer a mi casa, ella tampoco. Bueno, esas cosas.

Lo que quiero decir es que me pareció una manera como cualquier otra de ayudarle a ganar confianza, autonomía y a que viese que podía hacer mucho más que pulular alrededor de mi padre a la espera de que le hiciera casito. A mí me parecía una idea brillante y ella, sorprendentemente, aceptó la propuesta sin protestar demasiado.

La acompañé a la primera clase y no me hizo falta ir a más. Le gustó tanto, salió tan contenta, que le tardaron los días para repetir. La mujer estaba encantada con su nueva afición, tanto, que al poco se apuntó a una clase más para ir dos días a la semana, en lugar de uno solo. Ella estaba feliz, y yo feliz de que ella estuviera feliz con algo que había sido idea mía. El cambio que las clases de defensa personal estaban operando en mi madre fue sutil pero evidente. Empezó a salir más de casa, ella sola sin mi padre. Hizo un grupito de amigas con las que iba incluso a cenar, algo inaudito hasta entonces. No me pasó desapercibido que se arreglaba más, se compró ropa nueva, se maquillaba. ¡Parecía otra!

Foto de Mikhail Nilov en Pexels

Definitivamente, sí, parecía otra.

Porque mi señora madre se puso un chándal, empezó a dar esas clases y… acabó liándose con el monitor y dejando a mi padre. Y yo no quiero juzgarla por buscar su felicidad ni por salir de donde no estaba tan a gusto como se podía pensar, que no. Pero no lo hizo bien, eso es una realidad. Que tampoco digo que sea fácil coger tus huevos y decirle al hombre con el que llevas más de tres décadas casada, que te has enamorado de otro. Uno más joven y guapo e incluso simpático, que la trae en palmitas. Porque yo a mi padre lo quiero mucho, pero el hombre es soso como el solo. De hecho, es muy probable que su actitud pasiva y su dejadez hayan sido los detonantes de la salida del cuadro familiar de mi madre. Yo qué sé.

Solo sé que, aunque me gusta verla plena y feliz, no me gusta cómo ha sucedido ni que se pasara meses engañándolo. Y que, a veces, la niña que fui y que no se puede creer que sus padres se estén divorciando, se arrepiente de haberla apuntado a aquellas malditas clases.

 

Anónimo

 

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