Sabía que esto era una locura desde el primer correo electrónico de contacto. Un e-mail redactado en inglés. Pero acepté, animada por el reto de hacer algo diferente (por fin). Después de más de 20 años como wedding planner, puedo decir que todas las bodas empiezan a parecerse. Cada pareja está convencida de que su gran día será único, lleno de sorpresas que nadie más ha hecho… y, sinceramente, casi siempre se equivocan. Una boda tras otra, el guion se repite. Así que cuando me llegó esta propuesta de organizar una boda al revés, pensé: ‘¿Por qué no?’. Y sin darle demasiadas vueltas, decidí aventurarme y tirar para adelante con mi primera boda ‘al revés’.»

Empezamos con la fiesta y las copas

Y empezamos con la fiesta. Así, sin rodeos. Menuda farra. Aquello parecía más el after work de un viernes después de una semana agotadora que el inicio de una boda. Había música en vivo, copas de vino, aperitivos circulando sin descanso y un ambiente de diversión desbordante. En una esquina, una plataforma 360º con atrezzo de todo tipo: sombreros estrafalarios, gafas gigantes, boas de plumas… El DJ guiaba bailes como si aquello fuera una clase de zumba de las cinco de la tarde, y hasta los invitados más reservados se sumaban a la coreografía colectiva.

Por si fuera poco, la novia había preparado regalos para todos los asistentes: kits de resaca con gafas de sol, bebidas isotónicas y un pequeño frasquito de agua de colonia para refrescarse. Como toque especial, ella misma entregó ramos de flores personalizados. Cada ramo tenía una nota escrita a mano con un mensaje especial para cada persona que había jugado un papel importante en su vida. Además, se sucedían pequeñas actividades para animar aún más el ambiente: desde un puesto de tatuajes temporales, hasta una cabina de karaoke que se fue llenando a medida que avanzaban las copas. Todo servía de antesala para el banquete, que prometía ser el siguiente capítulo de esta fiesta fuera de lo común.

Un menú excéntrico para todos los gustos

Cortamos la tarta, algo que dejó a todos un poco confundidos; el toque ‘diferente’, amigas. Y entramos al salón. No os imagináis lo que me costó sentar a los invitados para lo que solo puedo describir como una ¿merienda? O tal vez, una cena tempranera. A estas alturas, ya nadie sabía muy bien qué era aquello, pero todos estaban hambrientos después de tanto baile.

El menú, en honor a los novios extranjeros que se casaban en España, también tenía su punto excéntrico: empezaba con una selección de tapas españolas —jamón ibérico, croquetas y pulpo a la gallega— junto a propuestas algo más inusuales, como sushi de jamón ibérico, ostras con espuma de gazpacho y minibrochetas de piquillo, foie y mariscos. Luego, se sirvieron platos principales aún más extravagantes, como una paella de bogavante con un toque de trufa y mini hamburguesas de wagyu con pan de tinta de calamar. Y para rematar, una crema catalana con espuma de crema irlandesa como postre. La comida, eso sí, parecía menos importante que las copas; después de tanto movimiento en la pista, la sed apremiaba, y pocos optaron por el agua, eligiendo más vino y cócteles para seguir la marcha.

En medio del banquete, los novios propusieron un bingo musical, lo que terminó siendo tan caótico como divertido. Cada mesa recibía una tarjeta con canciones famosas y, en lugar de números, el DJ iba soltando fragmentos de canciones al azar. Los invitados se enloquecieron tratando de tachar títulos mientras identificaban hits. Hubo momentos memorables: la abuela de la novia saltando al escuchar una canción de AC/DC, y los amigos del novio, que se unieron a una conga al reconocer el ‘Follow the leader’. Cuando alguien cantó ‘¡bingo!’, ni siquiera estaba seguro de lo que había marcado, pero ganó un pequeño premio: una botella de tequila que, para entonces, ya parecía poca cosa para el grupo.

Los discursos que vinieron después fueron igualmente accidentados, con palabras a veces atropelladas y, en otros casos, emocionadas hasta el punto de las lágrimas, como el amigo del novio que intentó tres veces decir “te quiero, tío” sin que se le quebrara la voz.

Tropezones y risas en el altar

Pero nada anticipaba lo que estaba por venir. La ceremonia fue una escena de comedia pura: la novia tropezó al llegar al altar (estoy segura de que hubiese roto un alcoholímetro) y la suegra estalló en carcajadas; el novio rompió a llorar sin consuelo (también con graduación alcohólica multable) y las damitas de honor, encargadas de los anillos, se quedaron dormidas antes de que llegara el postre. Fue una boda única, llena de momentos inolvidables, aunque no exactamente como imaginamos. Jamás volveré a organizar una boda al revés.

 

Relato escrito por una colaboradora basado en la historia real.