El día que mi hermana Silvia me dijo que se iba a vivir fuera, sentí una mezcla de emociones. Por un lado, estaba feliz por ella; sabía que era una oportunidad increíble, un paso importante en su vida y que iba a ser muy feliz. Pero, por otro lado, no pude evitar sentirme triste y un poco abandonada. Siempre hemos estado muy unidas, compartíamos todo, desde risas hasta nuestras frustraciones más profundas y la idea de no tenerla a cinco minutos de casa me dolía bastante.

Durante un par de meses estuvimos preparando la mudanza, el papeleo, la burocracia, etc. Y en medio de todo esto, un día me dijo que, si no me importaría quedarme con Robin, su perro labrador cuando ella se fuese. 

Silvia había adoptado a Robin tres años antes en una perrera. Era un perro cariñoso, bueno, juguetón y muy leal, pero también muy demandante. 

Alguna vez ya me había quedado con él cuando Silvia se había ido de viaje y mis padres (que siempre eran la opción A) no se habían podido quedar con él.

Cuando Silvia me propuso quedarme con Robin lo primero que dije era que por qué no se quedaba con nuestros padres, pues tenían el espacio adecuado para él ya que vivían en una casa y Robin ya había pasado allí temporadas, así que no lo extrañaría; pero Silvia me dijo que no, que papá ya estaba muy mayor como para lidiar todos los días con Robin que como yo ya sabía era bastante activo y que mamá, no estaba por la labor de tenerle allí por tiempo prolongado.

Al principio, dejé un poco el tema en standby, a ver si mientras tanto Silvia encontraba otra solución, pero la fecha de la mudanza se acercaba y mi hermana empezó a hacerme algo que no esperaba: chantaje emocional,

«Sabes que Robin te quiere mucho, ¿no? Él te adora, y creo que sería lo mejor para él. Yo me sentiría mucho más tranquila si estuvieras con él», me decía mi hermana, con una sonrisa, pero con una mirada que me decía que no estaba pidiendo, sino exigiendo algo. Cada vez que lo mencionaba, no podía evitar notar la presión que sus palabras ejercían sobre mí.

Y no es que no quisiera a Robin, por supuesto que lo quería, pero yo no quería ni nunca había querido tener animales a mi cargo y sentía que Silvia me estaba forzando a ello. Trabajaba muchas horas, estaba también estudiando y tenía un estilo de vida que, sinceramente, no encajaba con tener la responsabilidad de cuidar a un animal. Además, aunque Robin era adorable, también era un perro inquieto que requería mucho tiempo y atención, algo que en ese momento no podía ofrecerle.

A pesar de mis dudas, mi hermana insistía cada vez más. «No puedo dejarlo con cualquiera. Sabes lo que Robin significa para mí y sé que solo tú podrías darle la atención que necesita», me decía una y otra vez y consiguió que me empezara a sentir culpable, hacerme sentir culpable. ¿Estaba siendo una egoísta por decirle que no? ¿No estaba entendiendo realmente lo que Robin significaba para ella?

Estaba hecha un mar de dudas. Por un lado, tenía la convicción de que no quería tener un animal a mi cargo independientemente de quién fuera, pero por otro estábamos hablando de Robin, ¿cuál era la opción si no se quedaba conmigo? Me estaba volviendo loca y todo esto estaba afectando a la relación con mi hermana.

Así que, un día, después de mucha reflexión y muchas horas sin dormir, le dije: “Lo siento, pero no puedo quedarme con Robin. Te quiero mucho y quiero que te vaya bien en tu nueva etapa, pero no puedo aceptar esta responsabilidad.” Mi hermana se quedó en silencio, intentó insistir, pero me mantuve firme en mi decisión. No podía seguir permitiendo que me hiciera sentir culpable por hacer lo que yo creía mejor para mí.

Finalmente, mi hermana entendió que no podía forzarme a quedarme con Robin, aunque no fue fácil para ella y le llevó algo de tiempo aceptarlo. 

A día de hoy, mi hermana sigue viviendo fuera y Robin vive en casa de mis padres, donde se ha adaptado perfectamente y es un perro muy feliz que, además está ayudando a que mis padres estén super activos y Silvia es feliz porque sabe que Robin está cuidado y sigue siendo uno más de la familia.

 

Escrito por Angie Rigo basado en un testimonio real