Así fue cómo crecí con una madre narcisista
Crecí creyéndome que tenía una madre perfecta. Una madre abnegada, aparentemente familiar y preocupada por mis hermanos y por mí. ¡Qué equivocada estaba! Lo estábamos todos. Incluso mi padre, que también resultó ser víctima de su manipulación. Muy a mi pesar, a día de hoy, reconozco el daño que nos ha hecho. La huella que nos ha marcado, ya como personas adultas.
Tardé en años en darme cuenta y, a pesar de que en la actualidad soy capaz de identificar los rasgos más marcados de su trastorno narcisista de la personalidad, sigo sufriendo las consecuencias en mi presente, obligada a trabajar en ello diariamente.

Falta de empatía y desvalorización de los logros ajenos
A mi madre le da igual lo que tú sientas o padezcas, sea bueno o malo. Es incapaz de identificarse con los sentimientos o necesidades de los demás, quitándole importancia. Si estás triste: “¡Vaya tontería! No es para tanto”, te cancela con una frase; si has conseguido un ascenso en tu trabajo: “Eso no es nada. ¿De verdad te conformas con eso?”, y de inmediato te habla de que ella sí que ha sufrido y de lo que le costó llegar hasta la cima de su montaña.
Necesidad de admiración constante y manipulación emocional
Ella debe ser nuestra prioridad, la reina de nuestras vidas. No puede existir nadie que sea más importante para nosotros que ella, incluidos nosotros mismos. Si le sugieres estudiar fuera del país: “Me vas a dejar sola”; si le demuestras amor a tu pareja con un detalle: “Ya le quieres más que a tu madre”. Y, en esta búsqueda constante e incesante validación, hace uso de la culpa, la vergüenza o el miedo para controlarnos.
Competitividad entre sus hijos
Me he pasado media vida peleada con mis hermanos. ¿Por qué? Por culpa de mi madre. Cuando la visitas, lo único que hace es criticar al que no esté delante, dejándolo de mal hijo por esto o aquello. En cuanto te das la vuelta, eres tú el objeto de sus críticas. De esta manera, sin darte apenas cuenta, vas cogiéndole manía a tu propia familia. No todo es malo: también puede ser que te compare porque “tu hermano se queda más rato de visita” o “tu hermana me tira la basura cada vez que viene”, creando a su alrededor una competición entre nosotros para ver quién cuida más y mejor a mamá.

No existen los límites
No los entiende ni quiere entenderlos. Ella, ser supremo de nuestras vidas, se cree con el derecho (“¡Es que soy su madre!”) de invadir tu privacidad personal y emocional, haciéndote sentir una carta más en su partida de naipes. Si en algún momento, tratas de ponerle un límite, se aferra al victimismo (“No te da pena tu madre”), instrumentalizando la culpa para llegar a su objetivo, que no es el otro que el de meterse en tu vida para controlarla.
La familia perfecta
Otra de sus obsesiones siempre ha sido “el escaparate”. En la era digital que vivimos, esa necesidad de aparentar la ha trasladado a las redes sociales, donde posturea de como una influencer. Si la escuchas hablar o analizas su feed, es capaz de convencerte de que tiene la familia perfecta. Sus hijos son maravillosos, la adoran y siempre quieren estar con ella, por ser la mejor madre y abuela de sus nietos.

Consecuencias
Me he pasado media vida justificando a mi madre, empatizando con su comportamiento. En más de una ocasión, he llegado a conectar con sus ideas manipuladoras, sintiéndome mala persona o frustrada por “hacerle daño” al vivir mi propia vida.
No la quiero culpar, pero una infancia bajo este paraguas hace mella. Tengo dificultades a la hora de relacionarme de manera saludable con mi entorno, ya que la tener normalizada la toxicidad en mi infancia, soy propensa a mantener relaciones abusivas y de codependencia. En buena parte, también se debe a que mi baja autoestima me hace sentir “insuficiente” e incluso merecedora de tratos inapropiados. Es grave. Lo sé, lo tengo identificado y trabajo para solventarlo. Sin embargo, de momento… No he podido arrancarme esas ideas de mi mente.
El sentimiento de culpa, el exceso de responsabilidad, la autoexigencia y la dificultad para confiar en los demás se suman a una mochila que cargo a la espalda, por piedras que día a día fue introduciendo mi madre. Por desgracia, a día de hoy, he comprendido, que cuanto más lejos esté ella, más feliz soy yo.
Relato escrito por una colaboradora basado en una historia real.