No es la primera vez, ni creo que sea la última, que alguien miente cuando conoce a otra persona en la que tiene un interés romántico o, por qué no decirlo, meramente sexual. Imagino que es incluso algo normal, dentro de lo que cabe. Ya no mentir de forma descarada, sino ocultar información.
Yo misma, siendo alguien que presume de ir siempre de frente, soy de las que esconde cosillas o maquilla un poco la realidad. Sin ir más lejos, cuando conocí a este chico no se me ocurrió sentarme delante de él y contarle que tengo cierta tendencia a huir del compromiso. Que soy muy desordenada o que cualquier día pierdo la cabeza, de la empanada que suelo llevar. Claro que no. En nuestros encuentros iniciales hice como en las entrevistas de trabajo o los primeros días en un curro, venderle mi mejor yo.
Pero no mentí ni engañé. Y ahí hay un matiz importante, me parece a mí.

En cualquier caso, supongo que mi error fue dar por hecho que todo el mundo se comporta como yo. En especial este chico que me estaba empezando a gustar para mucho más que para pasar un buen rato y si te he visto no me acuerdo. Él era un tío genial, encantador, cariñoso, divertido y con un punto picarón que me tenía loca. Me gustaba, me gustaba un montón.
Y debía de ser mutuo, porque de pronto me di cuenta de que llevábamos meses saliendo. Saliendo, entrando y disfrutándolo tanto que la relación se convirtió en una de las más serias que tenía en mucho tiempo. Lo cual me costaba, porque ya he dicho que tengo muchas reservas a meterme en relaciones serias. Sin embargo, no sé, estaba madurando o lo que fuese que me hacía estar feliz de tener algo parecido a un novio. Qué emoción, eh. Tenía que portarme bien, ser una buena novia y tal.
De modo que, cuando me llamó para decirme que los próximos días no podríamos vernos porque iban a operar a su padre, decidí que era un buen momento para demostrarle a él y a mí misma lo buena novia que era. Dado que se iba a quedar a cuidar de su padre unos días, preparé un par de táperes con comida casera, le compré un libro, unas flores y me planté en el hospital.
Una vez allí le llamé para que me dijera planta y número de habitación. Él me preguntó por qué quería saberlo y yo me vi en la necesidad de aclararle que ¿para qué iba a ser? Le dije que había ido a verlo y a llevarle unas cositas y él, en vez de darme el dato y verme llegar con ilusión, lo que hizo fue contestarme secamente y pedirme que esperase donde estaba. Me quedé toda chafada, pensando que le había molestado mi detalle utrarromántico.

Bajó muy serio a decirme que me agradecía las buenas intenciones, pero que su padre había pasado mala noche, no había dormido nada y estaba muy cansado. Era mejor que me volviera por donde había venido. Y eso era lo que me disponía a hacer cuando vi llegar a una mujer que, con cara de pocos amigos, se plantó delante de mi flamante novio y le dijo de muy malos modos: ‘Tú ¿qué? ¿Salgo un momento y dejas al niño solo?’
Le llamó imbécil por lo bajini, meneó la cabeza con indignación y se fue hacia los ascensores toda airada. Y arrastrando a una niña de unos tres años que se le quedó mirando y añadió: ‘chao, papi’.
Y así fue cómo me enteré de que el chico al que consideraba mi novio tenía hijos y no había tenido a bien informarme de ello.
El niño bien, eh, era una intervención sencilla. Eso fue lo último que le dejé que me contara. Me alegré por su niño, me cagué en su estampa y me fui toda digna a mi casa. Porque eso de que no me había dicho que era padre porque tenía miedo a asustarme, lo veo un poco pillado con pinzas.
Anónimo
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