Cuando era pequeña y estábamos de vacaciones en el pueblo, me encantaba sentarme  en el patio y quedarme embelesada mirando a mi prima, viendo cómo se preparaba para  salir con sus amigas. Soñaba con ser como ella algún día. Pero la vida no siempre es  como una espera. Muchos años después, días antes de su boda, se le paralizaron las  piernas. Tenía apenas treinta años cuando le diagnosticaron esclerosis múltiple. Desde  entonces, nada volvió a ser igual. 

Ella siempre fue de armas tomar y no estaba dispuesta a rendirse, aunque sabía de sobra el final de todo aquello, pero estaba decidida a aprovechar cada minuto mientras todavía  fuese capaz caminar y valerse por sí misma. Los primeros años la enfermedad estuvo  dormida, como un dragón a punto de despertar en cualquier momento y arrasar con todo.  Y en efecto, así fue. Con el tiempo, después de tener a su segunda hija, pasó de caminar  con muletas y cojear levemente a verse atada a una silla de ruedas. Fue muy duro verla  así por primera vez, sabiendo que nunca más la veríamos de pie y que no podría  levantarse de esa silla, ni siquiera ir al lavabo sin ayuda. Aún así ella mantenía su vitalidad y sus ganas de seguir, a pesar de que su hija pequeña nunca la vería caminar. 

Con los años, la esclerosis múltiple fue mostrando su cara más dura. Llegó un punto en el que no pudo manejar por sí misma la silla de ruedas, empezaba a perder fuerza y  movilidad en los brazos y las manos y a depender de los demás para poder moverse e  incluso para comer y beber. Además de no poderse mover, su única forma de  comunicarse con el mundo era a través de una pantalla con teclado donde escribía  utilizando su mirada. Cuando mi prima no estaba delante, mi tía lloraba diciendo que su  hija estaba presa en una cárcel de piel y huesos, que estaba tan sola que le rompía el  corazón. Y es que todas las amigas que tuvo alguna vez, a excepción de una,  desaparecieron e incluso se cambiaban de acerca cuando veían a alguien de la familia  llevando a mi prima en la silla.  

Durante años, mi tía llevo a su hija a los mejores fisioterapeutas y logopedas que pudieron permitirse y que le ayudaban a mejorar su calidad de vida, a intentar que sus músculos no se atrofiasen y pudiese comunicarse lo mejor posible. Y es que llegados a esta fase, no  éramos capaces de entender lo que nos decía en apenas un susurro. Nos dijeron que ya  no podían hacer nada por ella y que, en algún momento, perdería completamente el habla y la capacidad de tragar incluso su propia saliva. Aquella noticia se convirtió en la mayor  pesadilla de mi prima: la posibilidad de morir asfixiada e incomunicada. 

Perdió casi la mitad de su peso porque presa del pánico se negaba a comer. Supongo  que aquel fue el punto de inflexión para que reuniera su madre y a la mía y les dijera que  había tomado una decisión que no nos iba a gustar: no quería seguir viviendo ni seguir  siendo una carga para nadie, quería solicitar la eutanasia. Fue un jarro de agua helada,  porque nadie te prepara para algo así y, la lucha entre lo que quieres hacer y lo que en  realidad sabes que debes hacer por ella es muy compleja. Pasaron unos meses de  mucho papeleo, de muchas visitas de psicólogos que trataron a mi prima y a sus hijos, de  burocracia y de encontrar un médico que no fuera objetor de conciencia. Y un día, cuando nadie lo esperaba, todo estuvo listo.  

Ella quiso que fuera en casa de su madre, donde más feliz había sido. Nos recomendaron una sedación progresiva, más lenta pero igual de indolora y menos traumática para la  familia que una eutanasia. Poco a poco, con cada dosis, iría desconectándose del mundo. Nunca olvidaré la mañana en la que nos dijeron que iba a quedarse dormida pero que ella podría seguir escuchándonos, cómo su hija se tumbó a su lado y cogiéndole la mano le  cantó su canción favorita mientras todos nos despedíamos de ella. Creo que en el fondo  le costó dejarnos ir, porque la doctora nos dijo que tardaba más de lo habitual. Hasta que  terminó por irse del todo y nos dejó sumidos en una vida vacía donde cada herida lleva su nombre.

Tuve la suerte de tener en mi vida a una de esas personas que vienen a este mundo a  iluminar la existencia de los demás. Personas que se marchan demasiado pronto dejando  tras de si un dolor inimaginable en aquellos que tuvieron la suerte de cruzarse en su  camino. Hoy hace un año y medio que mi prima Juani se marchó y todavía sigo esperando verla aparecer por esa puerta con su sonrisa infinita. Siempre he dicho que el hecho de  que mi tía secase sus lágrimas, terminase aceptando esa decisión y moviese los hilos  para que su hija pudiera morir de una forma digna, es el mayor acto de amor que yo  jamás he visto.

 

Mar Martín