TRABAJAR EN UNA CLÍNICA DE REPRODUCCIÓN ASISTIDA
Todas las que habéis llevado a cabo tratamientos de reproducción asistida, que no sois pocas, debéis pasar por unos procedimientos largos y nada agradables. Tenéis mi admiración por vuestro tesón. El personal que os atiende se encuentra de todo: cosas buenas y menos buenas, bonitas palabras y otras no tanto; pero nunca faltan los momentos divertidos.
Lo confieso: trabajo en una clínica de reproducción asistida, lo cual puede ser, a la vez, lo más maravilloso y lo más terrorífico del mundo. En este sentido, se trata de una oportunidad única para realizar un estudio antropológico en profundidad.
Las personas que acuden a la reproducción asistida lo hacen con una mezcla de esperanza y sueños, pero muchos vienen también rebotados de otros lugares o de malas experiencias. Además, no es algo barato y el bolsillo siempre duele, pues hay que apoquinar antes, durante y después. Si finalmente se ha de recurrir a donantes, las implicaciones emocionales van tomando diversas formas.
En este sector, te encuentras todo tipo de personas y todo tipo de respuestas, que a menudo te dejan con el ojete torcido. Vengo hoy a relataros algunas anécdotas, aventuras y desventuras de mi día a día, para que conozcáis un poco del otro lado del mostrador.

Hablo a diario con mujeres que están embarazadas o que han dado a luz hace poco y que rezuman alegría y felicidad supremas. Estas conversaciones suelen versar sobre partos, bebés y experiencias bonitas; te dan ganas de achucharlas. Sin embargo, como comentaba antes, en un tratamiento normalmente se paga más de lo que uno querría, ya que son procedimientos bastante delicados para conseguir crear una vida humana contra todo pronóstico.
En el momento en el que se toca el bolsillo, ya pensando en proyectos futuros, encontramos tres grandes grupos de reacciones:
-Positivos y satisfechos: «Os amo, habéis hecho mi sueño realidad y pagaría más si hiciera falta». Afortunadamente, no son pocas personas las que reaccionan así, y es de agradecer.
-Desencantados y molestos: «Sois lo peor, no tenéis sentimientos, solo queréis cobrar». Los temas a tratar son difíciles a veces y, aunque se intente tener delicadeza, la comunicación puede ser complicada por el estado de ánimo de la otra persona, lo cual es comprensible… hasta cierto punto.
-La maternidad/paternidad no es como la esperaban: «No, no, no quiero seguir, por dios». / «Mi matrimonio se está resintiendo con la crianza». / O mi favorito, «¿Puedo devolver al niño?».
No obstante, me encuentro también con comentarios o situaciones que jamás me habría imaginado ni se me habrían pasado por la cabeza, como cuando una persona que ha tenido que recurrir a donantes se queja de que el bebé no se le parece. Ehm, a ver cómo se lo explico… se busca que haya similitudes físicas, pero el calco es imposible y, además, la genética hace y deshace a su antojo. Una vez una mujer me dijo que no estaba satisfecha con el «producto», ya que ella era rubia y el bebé había salido morenito. Oh wait, what? Sin palabras.

La pregunta «¿prestáis el servicio de gestación subrogada?» (o vientre de alquiler, tal cual) no es la más fácil de responder. Las opiniones son como los culos, cada uno tiene la suya, así como yo la mía, pero determinadas formas de plantear las cosas se hacen complicadas de tragar.
A veces ocurre que los pacientes no quieren decidir sobre sus muestras sobrantes, pero tampoco pagar el coste de mantenerlas año tras año, ya sea por religión o por otros motivos, y te dejan la pelota en tu tejado. Cuando las cosas no pueden ser como desean, ya que hay unas normativas legales, sale su peor cara y escuchas frases como «vas a matar a mis bebés» o «vas a hacer vacunas con mis hijos». Yo soy imaginativa, pero esto ya se me escapa de las manos.
Muchas personas deciden iniciar un nuevo tratamiento cuando contactas con ellas. De repente, dicen que se van a quedar sin embriones, así no tendrán que pagar nada más. «Pero… aún tiene 7 embriones, ¿piensa usarlos todos a la vez?», he llegado a preguntar, curiosa.
Algunos te dicen que van a seguir pagando porque su proyecto de vida aún no ha terminado, y hacen transferencias bancarias que luego retiran, o envían recibos sobre los que modifican la cantidad a mano. Y tú miras y remiras y quieres pensar que es una broma.

No son pocas las veces que me han pedido que les entreguemos sus embriones para hacerles una pequeña ceremonia o incluso un entierro. No he podido cursar su petición, y no les ha sentado nada bien.
Oír que «mi mujer se ha puesto un óvulo y se ha quedado embarazada» es más común de lo que quisiera reconocer, ¿habrán recurrido a una paloma? También he recibido consultas sobre si sus muestras, vitrificadas en el siglo XX y por las que nunca se han interesado, siguen congeladas.
Pero the Oscar goes to las personas que dicen querer guardar sus embriones para que los usen sus hijos en un futuro. Eh, sería un poquito raro que su hija diera a luz a su hermano genéticamente idéntico treinta años más tarde, ¿se habrán parado a pensarlo alguna vez? ¿Estarán de acuerdo sus futuras parejas? O, si conservan sus óvulos, ¿querrán mezclar las muestras de la suegra con las de sus parejas? Vaya orgía biológica.
Por último, aunque esto seguirá generando aventuras, risas y caras de confusión, la frase que más se ha repetido en la historia de la humanidad es «eso lo lleva mi mujer». Me imagino a su esperma diciendo lo mismo.
Quienes trabajamos en reproducción asistida os estaremos esperando con los brazos abiertos para cumplir vuestros sueños, pero, por favor, no hagáis mezclas raras que luego ya se sabe lo que pasa.