Acepté echarle una mano en la mudanza porque pensé que estábamos en ese punto maduro en el que podíamos relacionarnos como amigos. Habían pasado varios meses, los dos estábamos “bien”, no habíamos tenido peleas ni dramas y, según él, yo era la persona en la que más confiaba para estar tocando y moviendo sus cosas.
Le dije que sí sin pensar, algo automático sin darle muchas vueltas. Primer error.
Fui a su piso, que conocía perfectamente por todo el tiempo que pasé allí. Nunca llegamos a vivir juntos, pero compartimos muchos momentos allí, ya que su piso era más grande y estaba más cerca de todo. Ahora se iba a mudar a uno mejor, aun más grande y en una buena zona. Al parecer le iba bien.
Tuvimos un momento un poco incómodo cuando me recibió, nos miramos sin saber exactamente como saludarnos y nos dimos un abrazo. Ahí empecé a ver que no debería haber venido. Porque se me removió todo. No desde un punto romántico, sino de la certeza de que no debería estar allí. Pero decidí quedarme. segundo error.
Habíamos quedado otras veces, pero nunca en un plan tan íntimo, los dos solos, a puerta cerrada y removiendo recuerdos. Ninguno de los dos estaba del todo a gusto. Él iba de un lado a otro, explicándome como quería guardar las cosas, nervioso, agradecido e incómodo. Como si yo le ayudara y le molestase a la vez.
Fuimos hablando de cosas sin importancia y al final decidió poner música, que relajó un poco el asunto y se comió los silencios.
Terminé una habitación y me fui a la habitación trastero. Sabía que allí era donde había más faena, porque siempre metía allí las cosas que no usaba sin ningún tipo de orden. Te podías encontrar la pintura que usó en el piso, una plancha o las cosas de navidad.
Fui apartando las cosas más grandes, traje una caja y me dispuse a guardar las cosas más pequeñas y que tenían algo de sentido juntas. Cogí libros, libretas, carpetas, vinilos… y entonces lo vi.
Dentro del armario empotrado de la habitación, había una caja con más cajas dentro. Una de ellas me sonó y aunque sabía que eso no debería ordenarlo, saqué la caja para ver qué era. Tercer y ultimo error.
En esa caja estaban todos los regalos que le hice en los últimos meses de relación, quizás el último medio año. Navidad, cumpleaños y aniversario. Todas esas celebraciones que habíamos tenido sin saber que serian las últimas. O quizás él si que lo sabía.
Estaban sin abrir, no tenían el papel de regalo, porque lo abrió todo en su momento conmigo, pero la caja estaba intacta. Ni si quiera abrió los sobres de cartas que le di y que siempre dijo que se leyó “más tarde, a solas”.
La taza con nuestra foto, estaba envuelta perfectamente en papel de burbujas y en su caja. La colonia, en su caja y con la pegatina de la tienda cerrando el borde. La bufanda de una tienda de nuestro primer viaje juntos, unos auriculares porque se quejó de que los suyos se rompieron… Todo en perfecto estado y en su caja. Por no hablar de las fotos, el álbum de recortes y los detalles bonitos. Todo completamente sin abrir.
Mentiría si dijera que no me dolió.
No fue un dolor como el de antes, fue más bien una decepción profunda. Un golpe de realidad a todas esas veces que me sentí insuficiente, que pensé que el problema era yo y que no sabía regalar ni hacerle feliz. Me había convencido de que mis detalles eran excesivos y que le acababa molestando.
Sentada delante de la caja, sentí rabia mezclada con vergüenza ajena. Por mí, pero también por él. No tenía ganas ni fuerzas para discutir otra vez, así que dejé las cosas en la caja otra vez, cogí mi chaqueta, me asomé al salón y le dije que tenía que irme. No le di mucho tiempo a reaccionar y salí por la puerta.
Volviendo a mi casa, me repetí que no tenía que haber venido. Sabía que él no iba a decir nada. Cuando entrase en la habitación y viese que había encontrado los regalos, correría un tupido velo con la excusa de que “si yo no le dije nada, por que iba a hacerlo él”. Y todo se quedaría igual. Porque con él solo se discutían y se hablaban los problemas si lo hacía yo. Era un cobarde.
Mi decisión de ayudarle a mudarse me había salido cara. Ahora tenía que enfrentarme otra vez a esas sensaciones de mierda y gestionarlo todo sola.
No me dolió porque aún lo quisiera. Me dolió por lo que había empezado a quererme a mí. Ver como despreció mi cariño y me daba la razón a todos esos pensamientos intrusivos me destrozó. Pensé en todas las veces que he dado sin esperar nada a cambio y me he deslomado en cuidar y mostrar afecto a alguien que no se lo merecía. Encima, cuestionándome a mí misma en vez de darme cuenta de que la persona que no lo valoraba era el problema.
Todo esto me dolió, pero también me dio claridad.
Ahora, miro bien a las personas que me rodean. No he cambiado como soy o lo que doy, pero sí valoro si el que lo recibe lo aprecia. Y si no lo hace, estoy aprendiendo a irme.
Es complicado, pero a la larga, hace que el dolor pese mucho menos.