El primer beso
Ese para el que nadie te prepara…
Pues estaría yo en octavo de EGB enamorada hasta las trancas de José Luis. El típico niño futbolero, buena forma física, guapito de cara sin exagerar, con la piel bien morena y la nuez apuntando al frente. Que ya no es tan niño, vaya. Que ya asusta cuando habla con esa ronquera que no sabes de dónde ha salido. Como se ha desmarcado en crecimiento y parece que está de guapo subido pues no tardan en salirle novias y la guapa de octavo B se lo ha asignado. No sé hasta dónde ha llegado su noviazgo o lo que sea que hayan pactado, pero me da mucha rabia. Quisiera ser ella. Es guapa, también parece que ha crecido rápido, tiene buenas formas, se peina moderno y se pone brillo en los labios. Yo soy más simple. Soy la empollona de la clase, eso siempre echa para atrás. Llevo el pelo cortado a lo chico y uso falda pantalón con calcetines por debajo de la rodilla. Un cromo. No uso sujetador, ni me pinto los labios y me han salido un par de tetas que molestan más que nada.
Mi arma son mis ojos grises que destacan en mi tez morena y con mi pelo azabache. Mi hoyuelo en la mejilla derecha y que tengo buen cuerpo, aunque me esfuerzo por esconderlo.
El caso es que Jose Luís también se ha fijado en mí. Parece que le gusto, aunque la timidez de los dos hace que lo nuestro no pase de risitas o de querer coincidir en el banco del patio. Pero los roces van siendo cada vez más frecuentes. A él le hace gracia mi hoyuelo y me mete el dedo cada vez que río y se me hunde para dentro.
Llega final de curso, nos sacamos el carné de la piscina y cada día es una ilusión. En esa época mi vida se resume a una bolsa con una toalla y el carné de mil seiscientas pesetas que me costó para toda la temporada de verano. Todas las tardes tumbadas en el césped lleno de hormigas, o bañándonos en la piscina olímpica, hartándonos de dar volteretas dentro del agua y de hacernos ahogadillas.
A la salida nos quedamos un rato en el barrio comiendo pipas y polos de bolsa y luego él me acompaña hasta casa. Para las fiestas del barrio me saca a bailar. Lleva un brazo escayolado, pero me coge la cintura con el otro, sin pegarnos mucho, pero yo noto el olor a suavizante de su camiseta roja. Me pasé años recordando ese olor a limpio. Una tarde me pregunta qué me parece si nos cogemos de la mano y yo le dije vale y vamos caminando a casa así un rato. Luego llegamos donde acostumbramos a despedirnos y estando yo contra una valla en un rincón un poco escondido dice que va a besarme y yo no me niego. Estoy deseando. Es mi primera vez.
¿Fue bonito? Bueno… me mordió. Literalmente.
Yo no abrí la boca, no sabía que tenía que hacer y él supongo que hizo lo que había visto en las películas o lo que se imaginaba que debía ser.
Fue un beso extraño. Yo no me moví, me estaba apretando más de la cuenta y aunque no era daño lo que sentía, no era tampoco una sensación agradable. Fue un beso incómodo, de dos inexpertos totales.
Seguramente hubiéramos aprendido juntos, podría haber habido besos mucho mejores, pero ya no fue. Se esfumó. Cambió de tercio. Yo en septiembre empezaba el BUP y él se iba a trabajar con su padre. Me dijo algo así como “te enamorarás de un fantasma del instituto”. Y con esa frase sentenció nuestra “bonita” historia de amor. La más tierna y pura que he vivido. Aunque con un beso que fue un fiasco, no me hubiera importado que me hubiera vuelto a morder.
