Soy de un pueblo pequeño y las ciudades grandes me dieron siempre un poco de miedo: acostumbrada a conocer a todo el mundo por la calle, una ciudad en la que la gente ni se saluda en el ascensor no me llamaba nada la atención.
Una vez terminada la carrera, que por suerte pude estudiar no muy lejos de casa, era el momento de buscar trabajo y, claro, la gran ciudad me ofrecía todas las posibilidades. Mi novio estaba en la misma situación y afortunadamente nos ofrecieron trabajo en la misma ciudad.
Igualmente dudamos muchísimo; quizás era mejor un trabajo peor y no salir del pueblo. La gran ciudad nos ofrecía un buen trabajo y seguramente una buena carrera profesional, pero, ¿a qué coste?
Estábamos en ese debate cuando mi hermana mayor entró en la ecuación. Su marido y ella ya vivían en la ciudad y estaban encantados. Siempre hemos estado muy unidas y contar con ella me hizo verlo todo diferente. Nos prometieron que siempre podríamos contar con ellos, que la ciudad no sería un pueblo, pero que lo convertiríamos nosotros. Me encantó la idea. Así que nos fuimos a vivir cerca de ellos y empezamos una nueva vida juntos.
Nos adaptamos más rápido de lo que pensaba. Es cierto que no conseguíamos hacer muchos amigos, quizás por nuestra manera de ser y porque muchos fines de semana volvíamos al pueblo, pero teníamos a mi hermana, su marido y sus hijos, y para nosotros era más que suficiente.
Los primeros años, por suerte, no necesitamos su ayuda. Pero ellos sí la nuestra: con dos hijos a veces tenían que hacer malabares y para eso estábamos nosotros, dispuestos a ayudarles, a recogerles del cole, quedarnos con ellos, acompañarles al médico. Lo que hiciera falta.
Empecé a plantearme tener hijos, pero de nuevo me asustó la gran ciudad. Sabía cómo mi hermana se estaba organizando y sabía que nuestra ayuda le estaba viniendo muy bien. Sin ayuda, me parecía muy complicado. Así que hablé con ella; me tranquilizó, me dijo que contáramos con ellos, que nos apañaríamos bien entre los cuatro. La creí.
Al poco tiempo, tuvimos suerte: me quedé embarazada. Y de nuevo, gracias a la suerte y el buen horario de mi marido, nos hemos ido apañando bien los dos sin necesitar ayuda.
Han pasado ya más de tres años y no me puedo quejar de la gran ciudad ni de nuestra vida.
El problema fue que hace unas semanas me dijeron que me tenían que hacer una intervención. En principio nada muy grave (aunque habrá que ver resultados) pero con anestesia general y pasando al menos una noche ingresada. Pero estaba tranquila sabiendo que podía contar con mi hermana y su marido.
Se lo dije y me dijo que por supuesto, que además en el trabajo le correspondían días y que estaría todo el rato a mi lado para que mi marido pudiera estar con nuestro pequeño cuando saliera del cole y no notara el cambio. Le di todas las alternativas, si prefería quedarse con el niño, si prefería venir al hospital, lo que fuera más sencillo para ella para organizarnos. Me dijo que estuviera tranquila, que nos apañaríamos bien.
Llegó el día anterior de la operación (me avisaron con poco tiempo), y de primeras me dijo que a primera hora no contara con ella, ni para llevar al cole al niño ni para acompañarme al hospital. Su marido tenía un pico de trabajo y tenía que encargarse ella de sus hijos. No le di más importancia. Le dije que sin problema, que me dijera si recogía al niño del cole o se venía conmigo cuando mi marido se fuera para no quedarme sola. Me contestó que ya me diría durante el día.
Así que me fui sola al hospital. Sin dramas. Mi marido se unió cuando pudo. Escribió mi hermana diciendo que se unía por la mañana; le dijimos que mientras me operaban no hacía falta. Pero insistió en que sí, que quería estar ahí. Me pareció tan bonito que me emocioné.
Llegó al hospital mientras me operaban, saludó a mi marido y lo primero fue preguntarle dónde podía pedir el justificante por operación para su trabajo. Ni le preguntó cómo estaba ni si sabía algo de mí. Se fue a por su papel. Después le estuvo haciendo compañía un rato mientras me operaban. Pero antes de que mi operación terminara dijo que tenía que irse, que su hija tenía una actuación en el cole y que no se la podía perder, y que además antes tenía que comer. Mi marido le preguntó si después recogía a nuestro hijo o si volvía al hospital. Su respuesta fue un no, que la actuación sería larga y que no le iba a dar tiempo a nada. Desapareció del hospital.
Cuando me pasaron a planta, por suerte, todavía estaba mi marido. Pero se quedó conmigo un rato y salió corriendo al colegio (tendríamos que haber avisado a algunos vecinos o a alguien, pero como contábamos con mi hermana no teníamos plan B). Y me quedé sola en la habitación del hospital, con medio cuerpo dormido, con pocas fuerzas y, la verdad, triste. Por supuesto, con el personal del hospital, maravillosos conmigo, pero con la sensación de no tener a nadie en esta ciudad enorme.
Al día siguiente, le preguntamos a mi hermana si vendría a primera hora para estar un ratito conmigo. Dijo que no, que la operación había ido bien y que seguro que me podría apañar sin ella. Además, que iba a aprovechar que no tenía que trabajar (gracias al justificante de mi operación) para hacer la compra y cocinar.
La verdad es que estoy muy decepcionada. No le he vuelto a hablar con ella del tema. Nos hemos visto y he tratado de actuar como siempre. Al final es mi hermana y la voy a querer toda mi vida. Pero ya sé que no puedo contar con ella. Y es muy triste.
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