Pues sí, me vi obligada a cancelar mi boda tres días antes. Con todo organizado, con todo comprado, con todo el mundo invitado y la mayoría de las cosas pagadas. Y no, no considero que sea una inconsciente, sino todo lo contrario: siento que fue el punto de cordura que ya estaba tardando en poner.
Llevaba saliendo dos años con mi novio cuando éste me pidió la mano. Yo le había dicho en varias ocasiones que me parecía pronto, porque él ya me había hablado varias veces de boda. Aun así, desoyó mi opinión y me pidió la mano en la boda de su hermana de una manera muy espectacular, implicando a un montón de amigos y familia en la pedida. A ver quién es la guapa que dice que no delante de un montón de personas y después de ese despliegue de medios. Así que, efectivamente, le dije que sí.
Yo lo quería y admito que me dejé llevar por lo bonito del momento, pero en realidad no creía que fuese tan urgente casarnos y, de hecho, mi idea era que, aunque ya estuviésemos comprometidos, pospusiéramos un poco la boda para sentir que estaba segura al cien por cien y no hacerlo presionada.
Aun con esto, volvió a hacer caso omiso de mi opinión. Él lo preparó todo y me dejó al margen. En realidad, fue un poco fifty-fifty: él me dejó de lado y yo, de alguna manera, dejé hacer, porque lo cierto es que la boda no me ilusionaba. En varias ocasiones insistí en que pensaba que nos estábamos precipitando, pero él me dijo que ya todo el mundo lo sabía y que todos esperaban una boda.
Ahora lo pienso y me resulta curioso que a mi entonces prometido le importase más lo que opinaban los demás que los sentimientos de la mujer con la que se iba a casar. No pretendo descargarme de responsabilidad —que la tuve—, como también es un hecho que yo estaba enamorada y él no paraba de presionarme, poniéndome entre la espada y la pared: me decía que si no quería casarme con él era que no lo amaba, y relacionaba el hecho de posponer o cancelar la boda con tener que romper la relación.
Y yo lo quería… y no quería que me dejase.
No creo que exista una novia en el mundo que se comprase el traje con más desgana que yo, pero sencillamente sentía que no era lo que mi cuerpo pedía, sino algo impuesto.
La fecha se iba acercando y, con ello, la tensión entre los dos. Nuestra vida giraba alrededor de la boda… y de discutir. Yo me ponía de los nervios y le decía que no lo terminaba de ver; de pronto él me calmaba como solo él sabía, diciéndome dulcemente que todo era fruto de los nervios del enlace.
Solía tener pesadillas, me despertaba sobresaltada. Mi cuerpo decía no a casarme.
Justo una semana antes tuve un ataque de ansiedad que terminó conmigo en el hospital. Yo lloraba con la enfermera mientras él le decía que estaba atacada por la boda, que no era capaz de controlar los nervios. Me recetaron ansiolíticos y tuve que darme unos días de baja. Todo el mundo pensaba en una novia histérica por su boda, mientras que yo, en cama, estaba literalmente enferma por no haber sabido poner límites y acabar con una situación en la que me sentía acorralada.
Tres días antes de la boda, cogí el toro por los cuernos y le dije a mi novio que no me esperase, que no me iba a casar. Que me había equivocado y que lo quería, pero que también me había dado cuenta de que él nunca me había antepuesto ni se había parado a escucharme.
Fue duro transitar aquello, pero hoy me siento orgullosa de mí y, por supuesto, desde aquel día solo he vuelto a saber de mi entonces pareja a través de abogados para vender el piso y demás. Se lió la marimorena, pero no me arrepiento, porque mi libertad, respetarme y escucharme fueron mucho más importantes que cualquier otra cosa.
