Entre notas y vagones
A las 20:15 en punto, como cada tarde, el andén de Atocha se llenaba de rostros cansados. Gente que, después de ocho horas de reuniones interminables, de explicaciones al jefe o de vigilar niños en una clase de primaria, solo quería llegar a casa, calentar algo rápido en el microondas y hacerse un burrito humano con la manta del sofá.
Y, entre todo ese bullicio rutinario, entraba Lucía. Pequeña pero imponente, con su guitarra colgada al hombro, el pelo rizado cayéndole por la espalda, formando una cascada y una energía que chocaba de lleno con la atmósfera de bostezo colectivo.
Con su eterna sonrisa y su “Buenas tardes, damas y caballeros mi nombre es Lucía…» se plantaba en el vagón como si fuera el mismísimo WiZink Center.
—Voy a cantaros un par de canciones para que el viaje se os haga más llevadero. Si os gusta, podéis dejarme una ayudita. Y si no, pues al menos pensad que hoy no os ha cantado un reguetonero.
Los pasajeros sonreían a regañadientes, aunque no podían evitarlo. Lucía tenía ese magnetismo que hacía que la quisieras incluso antes de que abriera la boca para cantar. Y cuando lo hacía, bueno, entonces se convertía en magia.
En uno de los asientos junto a la ventana, Javi miraba disimuladamente desde detrás de su mascarilla. Era enfermero en el Hospital Clínico y llevaba semanas intentando entender por qué aquella chica del tren le fascinaba tanto.
Era guapa, sí, pero no era eso. Era su manera de llenar un vagón con su voz y su alegría, como si las preocupaciones simplemente no tuvieran permiso para subir al tren con ella.
Cada tarde era igual: Javi se sentaba estratégicamente en el vagón tres, esperaba a que ella subiera, y cuando comenzaba a cantar, se perdía en su voz. Por supuesto, nunca le había dicho nada. ¿Qué iba a decirle? «¿Hola, soy el chico que te observa desde el asiento del fondo como un psicópata silencioso?» Mejor quedarse callado, además, era lo habitual ¿No? Si alguien tenía una voz bonita y te gustaba la música, era normal que le llamara la atención.
Una tarde especialmente gris, con un Madrid que parecía haberse olvidado de cómo funcionaba el sol, Lucía decidió que era el día perfecto para arriesgarse con una de sus composiciones originales. Descolgó su guitarra y empezó a tocar una melodía alegre, casi tropical.
—Esta canción se llama “Cercanías al corazón”. Es para todos los que, como yo, no necesitan un coche porque tienen un abono transporte y un par de sueños… Y para los que saben que con lo que vale la gasolina, pueden cenar varias noches —comentó guiñando un ojo en dirección al resto de los pasajeros —Pero eso no me rimaba demasiado bien con todo lo demás.
El vagón, como siempre, se llenó de una mezcla de risas, miradas cómplices y el suave golpeteo de los dedos de los pasajeros sobre sus rodillas al ritmo de la música. Pero justo en el momento en que Lucía estaba en su mejor nota, el tren pegó un frenazo tan brusco que casi manda a todos al suelo.
La mujer perdió el equilibrio, y con la guitarra en una mano y el orgullo en la otra, se tambaleó peligrosamente hacia el suelo.
Por suerte, Javi reaccionó a tiempo. Dejó caer su mochila, se levantó de un salto y la sujetó del brazo antes de que acabara espatarrada entre los pies de un señor con cara de pocos amigos.
—¡Madre mía! —dijo Lucía, todavía recuperándose del susto—. Si esto no es destino, no sé qué es. ¿Eres mi salvador o un ángel caído del cielo?
El hombre se rió, nervioso, como si ella le hubiera pillado cometiendo algún delito.
—Solo soy enfermero. Tengo práctica en evitar accidentes.
Lucía se quedó mirándole un segundo más de lo necesario y luego sonrió, con esa sonrisa amplia que parecía contagiar todo a su alrededor antes de incorporarse de nuevo para continuar con lo que había comenzado.
—Pues muchas gracias, enfermero. Prometo no volver a morir dramáticamente en el Cercanías.
A partir de aquel día, algo cambió. Javi dejó de fingir que no la miraba y Lucía, que siempre había sido observadora, empezó a saludarle directamente cada vez que le veía.
—¿Otra vez tú, enfermero? Si sigues viniendo a todos mis conciertos, voy a tener que empezar a cobrarte entrada.
—Mientras no sea más caro que el abono mensual, todo bien —respondía Javi, riendo.
Era algo natural, como si se conocieran de toda la vida. Lucía empezó a buscarle con la mirada cada vez que subía al vagón, y Javi encontraba cualquier excusa para acercarse. Atreviéndose incluso a preguntarle directamente algunas de las cosas que siempre rondaban por su mente al verla.
—¿Y nunca te has planteado cantar en un sitio más grande? — preguntó una tarde en la que no había podido conseguir un asiento e iba de pie, a su lado — No sé, una sala de conciertos o algo así
—¿Y perderme la magia del Cercanías? Ni loca. Aquí la gente no espera nada y, cuando les canto, es como si les regalara un momento de paz en su día. ¿Dónde voy a encontrar algo así? —respondió ella, como si fuera lo más obvio del mundo —Además, aquí las señoras mayores me llaman guapa, me quieren presentar a sus nietos y me dicen que estoy más delgada ¿Dónde más tendría todo eso?
Un martes especialmente caótico, Javier llegó corriendo al tren después de un turno de 12 horas en el hospital. Había tenido un día horrible: pacientes complicados, médicos gritando órdenes, café frío. Pero ahí estaba Lucía, cantando una versión flamenca de «I Will Survive» que hizo que todo el estrés se le deshiciera como un azucarillo.
Cuando terminó de cantar, Lucía se acercó a él con su habitual descaro.
—Tienes cara de haber tenido un día de perros. ¿Te canto algo especial para animarte?
El hombre se quedó mirándola, aturdido por lo directa que era. Sin embargo, terminó asintiendo.
—Pues… ¿Sabes la de «Resistiré»? Porque hoy la necesito más que nunca, y mira que desde hace unos años intento evitarla.
Lucía se echó a reír y, sin dudarlo, empezó a tocar la primera estrofa. Todo el vagón se unió en un coro improvisado, y él sintió que, por primera vez en mucho tiempo, no estaba solo.
Y su particular rutina continuó, hasta que una noche, después de tres meses de charlas y canciones, Lucía se sentó frente a Javi en uno de los asientos vacíos. Era raro verla así, quieta, como si fuera capaz de detenerse un momento en su mundo de movimiento constante.
—A ver, enfermero, llevamos semanas con este tira y afloja. ¿Te gustan mis canciones o te gusto yo? Porque no es por nada, pero me he dado cuenta de que no eres exactamente un fan cualquiera… Todavía no me has pedido un autógrafo, y algún día valdrá una fortuna.
Javi se quedó de piedra, como si le hubieran pillado robando caramelos y, aclarándose la voz compuso una sonrisa.
—¿Puedo solicitar el comodín del público?
Y ella sonrió mientras se inclinaba hacia él, y, a unos centímetros de su rostro le guiñó un ojo antes de levantarse del asiento, haciendo que sus rizos saltaran como pequeños muelles.
— ¿Sabes? Me caes bien, enfermero. Lo mismo hasta te invito a una caña un día de estos.
El “un día de estos” llegó más pronto de lo que Javi esperaba. Al día siguiente, después del último trayecto del tren, Lucía y él terminaron en un pequeño bar de Lavapiés, compartiendo tapas y risas. Ella le contó cómo había dejado su trabajo en una gestoría porque no soportaba pasar ocho horas delante de un ordenador, y él le habló de sus días agotadores en el hospital y de cómo su voz le había salvado más veces de las que podía contar.
Con el tiempo, Javi y Lucía se convirtieron en inseparables. Ella seguía cantando en los trenes, pero ahora tenía un enfermero que siempre la esperaba al final del día, y él seguía enfrentándose a sus turnos interminables, pero sabía que, pase lo que pase, habría una canción y una sonrisa esperándole en el vagón tres.
Y así, entre canciones, frenazos y risas una tarde en la que Lucía había terminado de cantar, se acercó a él y, sin previo aviso, le dio un beso rápido y dulce, como ella misma.
—Por si no había quedado claro, enfermero, tú también me alegras los días.
Themis
*relato de ficción**

