Mi familia y yo veraneamos durante muchísimos años en una casa alquilada de un pueblecito muy pequeño cerca de la playa. Pasé allí mi infancia, desde los seis años hasta los quince, así que vivimos muchísimas aventuras. Allí aprendí a ir en bici sin ruedines, dejándose mi padre la espalda. Hice amigos muy amigos y amigos menos amigos; iba cada día a la playa con la familia y siempre celebraba allí mis cumples, porque soy de agosto. Un mes entero nos lo pasábamos allí, en esa casita que no tenía tele. Eso nos obligaba a estar en continuo movimiento porque, si no, nos aburríamos como ostras.
Más testimonios en whatsapp
Leía mucho (siempre he sido una gran lectora), me ponía morenísima, me raspaba las rodillas, me caía de los árboles… Unos veranos magníficos, vaya. Delante de la casa se extendían campos inmensos de manzanos y maíz. A veces nos adentrábamos en los maizales y arrancábamos alguna mazorca, que pelábamos in situ y nos comíamos entre dos o tres, de esas tiernas, sintiéndonos muy aventureros.
Mi hermano mediano y yo, que nos llevamos seis años, nos pasábamos el día andando en bicicleta arriba y abajo, con nuestros colegas, apareciendo por casa solo para beber agua o cuando tocaba comer.
Cuando volvíamos de la playa, mi madre siempre era la primera en ducharse para poder empezar a apañar la comida. Mi hermano y yo nos esperábamos en el patio, llenos de sal y arena, hasta que era nuestro turno. Algunas veces nuestro padre nos pegaba un manguerazo de agua helada que nos dejaba tiesos de frío y luego nos hacía ponernos al sol para secarnos. Todo muy pedagógico.
Entonces, cuando yo tenía catorce años, nació mi hermano pequeño. ¡Fue la alegría de la casa! Nació en noviembre y yo me encargué de él muchas veces, incluso ya bien mayorcito.
El caso es que nos pilló un verano en el que mi hermano pequeño tenía unos nueve meses cuando nos fuimos a la casa de veraneo. Ese año mis padres me mandaron de campamentos quince días, así que la primera quincena de ese mes me la pasé aprendiendo inglés (teóricamente) y montando a caballo, que era lo que más me gustaba en el mundo. Rectifico: lo que más me gusta en el mundo. Spoiler: ahora tengo dos caballos preciosos que amo con locura.
La cuestión fue que estuve quince días sin ver a mi familia: ellos tranquilos de no tener a una adolescente hormonal y pesada arrastrándose por casa, y yo feliz en mi mundo caballístico y sin padres.
Cuando mi padre me vino a recoger y llegué a la casita de alquiler… ¡oh, sorpresa! Descubrí que habían comprado una piscina de esas azules desmontables. Siempre había querido tener una y me pareció increíble poder bañarme en esa piscina cuando me saliera del kiwi. Así que cambiamos la dinámica familiar: íbamos a la playa, pasábamos la mañana allí y, cuando volvíamos a casa, mi hermano mediano y yo nos quitábamos la arena y la sal con la manguera helada y nos zambullíamos en la piscina desmontable.
En realidad, esa piscina había sido comprada para que mis padres se metieran con mi hermano de nueve meses en remojo y así el niño chapoteaba en el regazo de alguno de ellos, se cansaba, comía y echaba una siesta de un par de horas.
Además de la piscina, le habían comprado una barquita hinchable donde lo sentaban, y mi hermanito navegaba cual capitán de barco, flotando dentro de la piscina. Todo muy bien calculado y pensado… creyeron mis padres.
Uno de esos días que volvíamos de la playa —y además mis padres habían invitado a una familia amiga suya a pasar el día con nosotros—, se sentaron en corrillo alrededor de la piscina mientras mi hermano pequeño flotaba alegremente dentro de su barquita y ellos esperaban sus respectivos turnos de ducha tomándose una cerveza.
Para que os imaginéis la escena: los adultos sentados en tres sillas a un lado de la piscina, con un sol de mátame camión cayendo ese día de agosto, sudando todos la gota gorda. Mi hermanito flotando suavemente en su barquita hinchable dentro de la piscina, y mi hermano mediano y yo dándonos el manguerazo de rigor para quitarnos la sal y la arena y meternos en la micropiscina.
Os recuerdo que yo cumplía ese mes los quince años. Que dices: “Chica, poca cabeza la tuya, ¿no?”. Mi hermano mediano tenía seis menos que yo, así que acababa de cumplir nueve años; vale, a él se lo perdonamos.
Se nos ocurrió la brillantísima idea de jugar a ser tiburones (sí, quince años cumplía) y empezamos a nadar en círculo dentro de la piscina Toy. Os vuelvo a recordar que mi hermanito de nueve meses flotaba tan pichi en su barquito y jugaba a chapotear con el agua que le entraba.
Lo que no habíamos calculado mi hermano y yo fue que existe una ley física llamada fuerza centrífuga, que dice que “la fuerza centrífuga es una fuerza aparente o ficticia que solo aparece cuando se analiza el movimiento desde un sistema de referencia en rotación. Su principio se basa en la inercia de los cuerpos”.
Así que, aplicando esa ley física, mi hermano y yo creamos un remolino en medio de la micropiscina Toy que absorbió la barquita hinchable de mi hermano, haciéndole volcar, naufragar y ser arrastrado por esa bonita fuerza centrífuga.
Mi hermano y yo —que os recuerdo que éramos tiburones— teníamos la cabeza debajo del agua, así que lo único que hacíamos era girar y girar rápido, sin darnos cuenta de que mi hermanito había naufragado.
Mi padre, raudo y veloz, agarró a mi hermano por su rechoncha piernecita y lo salvó sacándolo del agua. Mi hermano y yo solo alzamos la cabeza en el momento en que oímos sus gritos y blasfemias, distorsionados por tener las orejas bajo el agua.
Al levantar la cabeza nos dimos cuenta del desastre: la barca flotaba boca abajo, mi hermanito parpadeaba y hacía caras raras por haberse visto arrastrado bajo la marea piscinil, mi padre nos echaba la bronca por inconscientes y mi hermano y yo empezamos a comprender que saber física era importante.
Todo quedó en un susto. Pero mi hermano mediano y yo seguimos torturándole unos cuantos años más… aunque esta vez ya a propósito.
Parvaty