Una desastrosa cita a ciegas
Lo reconozco amigas, me equivoqué. Llevaba ya un tiempo buscando algo distinto. Me cansé de tener que buscar siempre a un tío en el trabajo, en el gimnasio, o en algún lugar público. Además, en mi pueblo estaba todo el mundo muy trillado y parece que todos vienen de la misma fábrica. Es ver el mismo pantalón vaquero, el chaleco acolchado y el corte de pelo del pueblo y me entran muchas ganas de ponerme a vomitar.
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Fue entonces cuando pensé en tener una cita a ciegas. La frase «que sea lo que Dios quiera» me la he dicho tantas veces en la vida que una más no me iba a provocar ningún problema. Así que me metí en un chat de Terra y me puse a buscar. Si no tienes la edad suficiente, te comento que Terra era un portal de Internet de finales de la década de los 90 del siglo pasado. Ahí, había varias páginas de chats por temáticas y podías hablar con quien te apeteciera.
Así lo hice y elegí el chat de una ciudad cercana a la que iba los fines de semana. Carlos me enamoró porque tenía mucha labia y también porque compartíamos algunos sueños de futuro. Te aclaro que, aunque existían las webcams, no todos teníamos una. Es decir, no tenía ni idea de cómo era él y tampoco le había pedido una fotografía, ni él a mí. Aquello iba a ser una cita a ciegas, pero al 100 %.
Llegado el día D a la hora H y cuarto, veo que se acerca a la cafetería un chico de 1,60 que me pregunta si soy yo. Le digo «¿no ha podido venir Carlos?» y me dice «soy yo». La primera en la frente, para librarnos de las malas intenciones. Me había dicho que medía 1,80. Bueno, me pongo de pie, para darle dos besos y me dice «¿cuánto mides?» y le digo «1,55» a lo que me responde que él había leído 10 centímetros más y que empezamos mal si ya estamos mintiéndonos.
Me callo por educación y se sienta. Me cuenta la vida y milagros de su expareja, y eso que me había dicho que nunca había tenido novia, y me aclara que «una cosa es Internet y otra es esta». No entiendo muy bien a qué se refiere y me espeta «sí, que ya está bien de romanticismo. He venido a follar. Si te interesa, por aquí cerca hay un descampado. Vamos en mi coche, follamos y te vuelvo a dejar aquí».
El chaval hablaba a un volumen tan exagerado que fue el camarero el que le dijo «¿no quiere el señor que me vaya con él y así le lavo los huevos cuando termine?». Se encaró con él y le dijo «has venido, no has pedido ni un café y ahora que quieres ir a follar con ella por la cara. No puedes ser más maleducado». Uno que se levanta, el otro que lo coge por la pechera de la camisa, los dos que terminan en el suelo y mi cerebro que me dice «entra, paga y huye».
Cuando me iba, fue el camarero el que me dijo que le perdonase, pero que ese tipo había dejado embarazada a dos chicas del pueblo y que mentía cada vez que parpadeaba. No, no me lié con el camarero, pero sí le agradecí que me salvara, aunque, todo sea dicho, el pescado estaba ya vendido y tenía claro que me iba a quitar de en medio lo más rápido posible. Menos mal que ahora ha cambiado todo…lo de las cámaras quiero decir, porque hay algunos que ¡vaya tela!