Alguien me dijo hace poco que parezco siempre enfadada con la comunidad de sanitarios. No es cierto. Estoy muy agradecida con muchas personas que me han atendido tanto a mí como a mis hijos, pero es cierto que en general he tenido una suerte bastante terrible siempre y allá donde había un doctor con pocas ganas de trabajar, he aparecido yo con una emergencia o allí donde hay una doctora a la que no le gusta que le hablen, he llegado yo llena de dudas.
Pues si, es verdad que la bata blanca no te convierte en un ser de luz, tampoco en un enemigo y eso es lo que les intento transmitir a mis hijos cuando hay que ir al médico. Esas personas nos van a ayudar, o lo van a intentar, y si no lo hacen bien, luego ya veremos cómo lo arreglamos.

El gran problema es vivir en una comunidad donde la sanidad está sobresaturada, los doctores y doctoras están tan estresados que, en ocasiones, lo pagan con quien no deben, y que tú, como paciente, llevas quizá meses esperando esa cita de especialista y esperas que te atiendan con respeto y preocupación, no con prisa y mala cara.
Hoy os vengo a contar mi última experiencia con un especialista atendiendo a mi hija pequeña. Cuando tienes un hijo o una hija neurodivergente, este tipo de consultas a veces se complican un poco más. Nunca sabes tú misma cómo van a ser para poder anticipárselo a tu peque, no sabes cuanta espera tendrán antes, por lo tanto cuanto de alterados/nerviosos/ansiosos entrarán en esa consulta, ni si la persona que los atienda se habrá leído esa franja roja que aparece al lado de su nombre para que tenga en cuenta que puede haber dificultades en la comunicación o la conducta durante la consulta.

El primer error en este último caso no fue del doctor sino de la administración. Quien sea que da las citas, quien elige qué especialista atiende a cada persona. Es curioso cómo, teniendo una sala de espera colorida con juguetes infantiles y tres salas de oftalmología pediátrica, siempre siempre siempre hayan atendido a mis 3 hijos oftalmólogos del ala de adultos.
Si a veces a especialistas pediátricos les cuesta hacerse con un peque neurodivergente, imaginaos a un doctor que solamente ve a adultos.
Pues allí estaba yo con mi niña de 4 años en una sala de espera gris atestada de personas mayores, viendo al fondo del pasillo otra diferente colorida con un león precioso dibujado en la pared. Al menos nos llamaron pronto, pues me estaba costando que no se fuera de mi lado.
Pero entonces empezó el baile. Nada más entrar por la puerta, el doctor, enfadado porque este caso no se lo deberían haber derivado a él, me recibe ya quejándose de que a ver por qué le mandan a él a “este tipo de niñas”. Entiendo lo que quiere decir y le doy la razón, pero la forma de decirlo es muy irrespetuosa, sobre todo teniendo en cuenta de que aun no me ha dicho hola.

Entonces me sigue hablando a mí, diciendo que está cansado de que los pediatras manden a los niños y niñas que no colaboran en su consulta a los especialistas, como si allí fuera diferente. Me habla, alterado y enfadado mientras se acerca a la niña mirándome a mí en todo momento.
Me sigue diciendo que es una pérdida de tiempo lo que va a hacer porque la niña no le va a hacer caso y, sin mediar palabra ni un gesto ni nada con la niña, le pone en la cara unas gafas de esas con cristales azul y rojo tamaño adulto.
La niña se asusta, como cualquier niña a la que un desconocido sin decirle nada de nada le tapa los ojos. Entonces me mira y dice “¿ves?”. Le pido intentarlo yo y me dice que si. Ella aguanta las gafas dos segundos, pues ese desconocido que no la mira ni le habla se le vuelve a acercar.
Nos lleva a otra sala mientras me explica que es imposible obligarla a colaborar y entonces decide hablarle a ella para que haga una prueba. Para que le haga caso, como la niña tiene dificultades de comprensión, decide hablarle más alto y vocalizando un montón. La verdad, me dio miedo hasta a mí.

Me dijo que no me preocupase, que no era urgente, que me verían en el ala de pediatría unos meses más tarde y que me fuera.
Yo hubiera faltado esa mañana a mi trabajo (en caso de tenerlo), algún adulto lleva meses esperando esa cita que mi hija ocupó para nada, para ir allí y perder todos el tiempo. Todo por no derivar directamente a donde le corresponde ya solamente por edad.
Y, por otro lado, entiendo que no era pediatra, no era especialista en infancia, ni en neurodivergencia… Pero ¿la educación? Saludar a la niña al entrar, hablarle a ella (ya te diré yo si te entiende o no), hablarle suave… Lo que se hace con cualquier niño o niña pequeña.

La última vez que estuve con mi hijo mayor en ese hospital por lo mismo, la experiencia fue realmente mala. Le expliqué a la doctora que lo atendía que si le decía lo que le iba a hacer antes, él colaboraba mucho. Entonces me pidió que me alejase del niño y, sin mediar palabra con él, le agarró la cabeza con un brazo como si fuera una llave de judo y con la otra mano le abrió el ojo con un dedo y le el niño gritaba que por qué le hacía eso y ella, seria, decía que a estos niños es la única manera.
Me vais a preguntar por qué no reclamé. Os diré que por salud mental. Sé que lo hice mal y ahora lo gestiono mejor, pero en aquel momento entraría en un bucle peligroso para mí y me tuve que ir e intentar no darle más vueltas, porque sabía perfectamente las consecuencias de aquello y es que, durante casi un año me costó horrores convencerlo de ir a cualquier médico y siempre tenía que prometerle que le dirían qué iban a hacer antes.
Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.
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