El caos de ser nosotros
Verónica llevaba semanas sintiendo una sensación rara, como si su casa, la misma donde había criado a sus hijos, ahora se le quedara demasiado grande. El eco de sus pasos por el pasillo parecía recordarle que Sofía y Marcos ya no vivían allí, que su papel de madre estaba en una pausa permanente, y que con Jesús… bueno, las cosas no eran lo que habían sido.
¿En qué momento habían pasado de reírse juntos hasta las lágrimas a compartir silencios incómodos frente al televisor?
Jesús también lo notaba, aunque era demasiado orgulloso como para decirlo. Los domingos ya no eran días de escándalo familiar, y su calendario había quedado reducido a las citas con el médico y las reuniones en el bar con sus amigos, donde todos hablaban de achaques y fútbol.
Pero lo que más le preocupaba era Verónica. Estaba distinta. Más callada, más distante, como si algo se le escapara entre las manos. Y aunque nunca había sido un hombre de grandes gestos románticos, algo dentro de él le dijo que debía actuar.
Así que decidió que lo mejor era sorprender a Verónica con una cena romántica. Algo íntimo, como cuando estaban recién casados y no tenían ni dinero para salir a cenar fuera. Después de una exhaustiva búsqueda en internet (en la que se perdió entre términos como “infusionar” y “reducir”), se decantó por un plato clásico: pollo al horno con hierbas. Fácil, sabroso y, según el vídeo, “a prueba de novatos”.
La odisea empezó en el supermercado. Jesús pasó veinte minutos frente a la sección de especias preguntándose si “romero” era un ingrediente o un nombre de persona. Finalmente, compró de todo un poco: tomillo, orégano, perejil seco y algo llamado “mezcla de especias italianas” que le pareció un combo ganador. De vuelta en casa, encendió el horno, puso música —porque cocinar en silencio no era su estilo— y se puso manos a la obra.
El pollo, pobrecito, acabó cubierto de todo menos de lo necesario: demasiada sal, demasiada pimienta, y, por alguna razón incomprensible, un chorretón de coñac que Jesús pensó que le daría “un toque sofisticado”. Lo metió al horno, se sirvió una copa de vino (para entrar en ambiente, según él) y esperó
Y claro, se olvidó del pollo.
Mientras tanto, Verónica, ajena a las peripecias culinarias de Jesús, estaba en el dormitorio preparando su propia sorpresa. Había pasado la tarde viendo vídeos en YouTube sobre cómo hacer un striptease, intentando imitar los movimientos con la gracia que permitía su escasa flexibilidad.
Y, aunque no era lo suyo, pensó que el esfuerzo sería suficiente para encender la chispa que parecía haberse apagado entre ellos.
Había comprado un conjunto de lencería negra con encaje, unas medias que le apretaban más de lo que le gustaría admitir y un pintalabios rojo pasión que llevaba años sin usar. Frente al espejo, se animaba a sí misma:
—Verónica, tú puedes con esto. Eres una mujer hecha y derecha, no necesitas tener veinte años para ser sexy.
Eligió Careless Whisper de George Michael como banda sonora, ajustó la luz del dormitorio para darle un aire más “íntimo” y ensayó su entrada con una pose que, en su cabeza, parecía sacada de una película.
El problema de los planes de Jesús comenzó cuando el olor a quemado invadió la casa. Estaba tan entretenido charlando con Chispas, el perro que había sido testigo de todos sus desastres culinarios, que no se dio cuenta de que el horno había empezado a humear.
Cuando abrió la puerta, una nube negra lo envolvió, haciéndolo toser como si estuviera en una barbacoa infernal. El pollo, mientras tanto, había alcanzado un nivel de carbonización digno de una exposición de arte moderno.
Cuando Verónica llegó al salón, se encontró a Jesús abanicándose con un trapo, con la cocina hecha un desastre y un pollo que parecía más una piedra volcánica que comida.
—¿Qué has hecho, hombre? —preguntó, intentando contener la risa.
—Quería prepararte una cena romántica, pero parece que me pasé de romántico. O de temperatura, más bien.
Verónica se llevó la mano a la cara, pero no pudo evitar soltar una carcajada. —¿Y pensabas que con esto iba a volverme loca por ti?
—Bueno, no por el pollo. Pero lo intenté.
Mientras Jesús intentaba salvar lo que quedaba de su orgullo y del pollo, Verónica se dirigió al dormitorio para preparar su sorpresa y hacer su gran entrada.
Se miró al espejo, ajustó las medias y se sintió lista. «Tienes 63 años, pero sigues siendo un bombón», se dijo a sí misma con firmeza antes de salir.
El hombre, que seguía intentando limpiar el horno, escuchó los primeros acordes de Careless Whisper y levantó la vista justo a tiempo para verla aparecer en el marco de la puerta.
Su primera reacción fue quedarse boquiabierto. Allí estaba Verónica, radiante en su conjunto de lencería, moviéndose al ritmo de la música con una sonrisa que mezclaba nervios y coquetería.
Pero cuando dio un paso hacia el salón, su pie se enganchó en la alfombra. En cuestión de segundos, perdió el equilibrio y terminó cayendo de culo al suelo con un golpe que retumbó por toda la casa.
Jesús corrió hacia ella, entre asustado y muerto de risa.
—¡Cariño! ¿Estás bien?
—Sí, sí… Bueno, creo que tengo un moratón del tamaño de Chispas — respondió, frotándose el trasero mientras intentaba no llorar de la risa.
—¿Qué estabas haciendo?
—Intentaba ser sexy, pero parece que he terminado siendo una anécdota más para nuestra lista de desastres.
Una vez quedó claro que la mujer estaba bien, y ya sentados en el sofá naranja (que milagrosamente seguía con ellos), empezaron a recordar todas las veces que su vida había sido un caos mientras comían una pizza que habían pedido mientras el olor a quemado salía por la ventana abierta de la cocina.
—¿Te acuerdas de nuestra primera cita? —preguntó Verónica.
—¿Cuando te llevé al cine y me dejé la cartera en casa? Claro, y tuviste que pagar tú.
—Y me dijiste que era un “acto feminista”. ¡Qué cara tienes!
Entre risas, fueron desempolvando recuerdos: la mudanza en la que rompieron el armario, la vez que Jesús destrozó el coche al confundir la marcha atrás con la primera, las vacaciones en las que acabaron en un hospital porque Verónica intentó hacerse la valiente en una moto acuática.
—¿Recuerdas cuándo nació Marcos?
—La verdad amor, solo te recuerdo a ti gritándome que si tú podías parir yo podía agarrarte la mano sin desmayarme… Del nacimiento de Sofía sí me acuerdo, bueno, y de la enfermera que me gruñó porque hice una broma.
Sin dejar de reír se miraron y, de repente, todo parecía más claro. La chispa nunca se había apagado; siempre había estado allí, escondida entre el caos, las risas y los desastres compartidos.
Verónica suspiró y se acurrucó en el pecho de Jesús.
—No necesitamos cenas románticas ni stripteases, ¿verdad?
—No, solo necesitamos ser nosotros. Y, por favor, una alfombra antideslizante… Aunque ¿Ese conjuntito te lo vas a quedar verdad?
Themis
**Relato de ficción**

