Trabajo en un hospital comarcal de nivel dos, no muy grande y un poco viejo, el cual no se amplía en extensión por cuestiones de territorio (población) y terreno (hay una montaña detrás de él que no permite construir). No es que sea insuficiente, pero podríamos estar mejor, así que hacemos lo que podemos con lo que tenemos para tratar lo mejor posible a nuestros pacientes.

Los edificios viejos tienen siempre unas catacumbas que es mejor no visitar. Y si además el edificio en cuestión está dedicado al ámbito hospitalario, créeme, no quieres visitarlo. Y no por los espíritus y almas en pena que hayan podido quedar atrapados entre sus muros. Que también, por si acaso. Si no por las miles de formas de vida diferentes que pueblan los más recónditos rincones. Desde ratas y ratones hasta cucarachas, pasando por mosquitos y avispas.

No nos engañemos. Es prácticamente imposible tener ciertos espacios de difícil acceso completamente estancos, estériles y asépticos. Siempre habrá grietas y hendiduras no detectadas, o que van apareciendo nuevas sin previo aviso, en las que se pueden colar habitantes no deseados. Los materiales envejecidos junto con sistemas de plomería y electricidad del año de María Castaña también favorecen la aparición y proliferación de visitas no autorizadas allí donde la humedad se pueda acumular y la ventilación no sea suficiente.

El servicio de mantenimiento de nuestro centro hospitalario realiza revisiones periódicas para detectar posibles puntos de entrada de “okupas” y eliminarlos, y procuran por el buen estado de los sistemas, peeerooooo, a veces…

Bueno, se tuvo que cerrar un día un quirófano local para eliminar una plaga de mosquitos que dificultaban las intervenciones oftalmológicas.

Y hubo una temporada que cuando bajábamos a la planta menos uno, a archivos, podríamos haber jugado a apostar a las carreras de cucarachas tranquilamente, porque a menudo veíamos a alguna corriendo a lo largo de los pasillos. O incluso saliendo de alguna caja de archivadores antigua. Cuando teníamos que ir a consultar archivos antiguos, nos acostumbramos a tirar la caja contra el suelo antes de abrirla, porque si había alguna visita no deseada, con el golpe salía corriendo, y nos ahorrábamos la desagradable sorpresa de que se nos subiera a la mano. Gracias a Dios, y después de la acción de control de plagas, dejamos de tener ese problema. Al menos, aparentemente…

Los trabajadores del centro solemos comer en la cantina del personal del hospital. La empresa que ganó el último concurso público para llevar el servicio de restauración dejaba un poquito que desear. Para conseguir la adjudicación, presentó una oferta a la baja y claro, la bajada del precio digamos que repercutió en la calidad de los menús y en la variación de estos.

Unas semanas antes del veranito, en cuanto empieza la primavera de hecho, las opciones “healthy” se multiplican, porque hay más trabajadores que se apuntan a esos menús, intentando hacer un poquito de “operación bikini”. Así que entre los primeros nunca falla la ensalada verde y la verdura al vapor del día.

Hoy bajo con mi jefa a comer. Ella se decanta por la verdura, hoy toca espinacas al vapor, y yo por la ensalada, que no soy muy fan de las espinacas. Vamos un poco agobiadas porque estamos de trabajo hasta arriba y se nos acumulan los pacientes. Así que comeremos rápido, mientras acordamos ciertas líneas comunes de actuación y volveremos al lío. Que no hay tiempo que perder.

Mientras mi jefa oye mi perorata de cómo optimizar las agendas de visitas, oímos un pequeño “crec” y la cara de mi jefa se paraliza. Acerca sus dedos a la boca esperando sacar un tronco de espinaca y lo deja en el borde del plato. Cuando miramos las dos, yo no puedo evitar dar un brinco de la silla y ella empieza a gritar. No es ningún tronco de espinaca, ¡es una puñetera cucaracha muerta!

Ella no puede dejar de gritar al borde de la histeria y se acercan dos médicos creyendo que tiene algún problema físico. Ella no puede articular palabra, más allá de los gritos, mientras señala el cadáver y se rasca frenéticamente los brazos. Los médicos gritan al ver al bicho. ¡Qué asco! ¡Una cucaracha! ¡Inadmisible! Se empieza a correr la voz y casi todos los que están comiendo a esa hora vienen en procesión a ver el cuerpo del delito. Algunos dejan de comer instantáneamente y dejan sus bandejas sin terminar. Finalmente, alguien se lo ha dicho a una de las camareras. Y ésta se lo ha dicho a una responsable, que se acerca a ver qué pasa.

La evidencia es innegable. Así que intentan justificar lo injustificable. Primero le dicen a mi jefa que no se preocupe, que por el aspecto es una cucaracha de campo y no de ciudad. Que las de ciudad tienen más enfermedades porque hay más suciedad, pero que las de campo son más saludables.

Pero, vamos a ver, a mí qué me importa de dónde es el puñetero bicho, que no le voy a preguntar por su domicilio habitual, ni pienso ir a visitarla en vacaciones. Es simplemente que no quiero ningún bicho en mi plato ni de ciudad ni de campo. ¿Es que es mucho pedir?

Como no consiguen calmarla, le dicen que para que se le pase el disgusto, e intentado evitar al máximo la reclamación, mañana la invitan completamente gratis a otro menú.

¿Y tú crees que yo voy a querer nunca más volver a comer en este sitio? A saber lo que me encontraré mañana. Mira, déjalo, llévate esto de delante mío. Voy a intentar tranquilizarme, pero si no lo consigo, como hay Dios que me pagáis la factura del psicólogo por el trauma que acabo de pasar.

Y salimos de allí, cómo un vendaval, para más no volver.

Mi jefa estuvo una semana con llagas en la boca del asco que pasó. No ha vuelto a hacer uso de la cantina por si acaso, ni yo tampoco. Y nos hemos vuelto del clan del tupper hogareño. Aunque aún hay que se refiere a nosotras como “las de la cucaracha”. Menos mal que la que nos tocó en suerte “ya no podía caminar”.