Nos costó mucho encontrar el lugar en el que celebrar nuestra boda. Queríamos hacer la ceremonia civil y la celebración en el mismo espacio y tenía que estar en una zona a la que fuera relativamente fácil llegar desde las dos ciudades en las que viven nuestras familias. Necesitábamos también que tuviera algunas habitaciones y que hubiera algún otro hotel cerca. Vamos, que no lo poníamos nada fácil, pero lo encontramos. Era una casa rural grande con un jardín bonito, cuyos dueños estuvieron más que predispuestos a que todo saliera tal y como queríamos.
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Mis padres y mis suegros, al igual que nosotros, se alojaban en la casa desde el viernes y lo cierto es que, pese a los nervios y las chorrocientas cosas que organizar, lo pasamos muy bien. Especialmente una vez que se terminó la ceremonia y ya solo quedó comer, bailar y celebrar. Porque vaya si celebramos, bailamos y comimos… El catering era estupendo y estaba todo muy bueno. Si no, que se lo digan a mi suegro…

Qué manera de tragar la de este señor. No hubo un momento en que le mirara que no tuviera algo en la boca. De hecho, nos lo dijo a su hijo y a mí varias veces. Qué buenos los pinchos, qué buenos los platos, qué rico el chocolate de la fuente esa, ¿habéis probado a mojar las fresas en él? El buen señor se puso las botas, pero bien.
Total, que a las tres y media de la madrugada no despedimos de los últimos amigos que quedaban de fiesta y nos metimos en la habitación. Con la intención de dormir, claramente. Acurrucados, sí, pero a dormir sin más dilación. Y, en esas estábamos, cuando de pronto escuchamos unos golpes en la puerta. Seguidos de los chillidos de la madre de mi marido, que cuando bebe un poco se le pone voz de pito y si encima está alterada, pues aun peor.
En efecto, estaba muy nerviosa porque mi suegro se había puesto a vomitar y tenía muchísimo dolor de tripa. Sudaba frío y casi no podía ni levantarse del suelo del baño en el que se había tirado. La mujer estaba preocupadísima porque creía que se había intoxicado con algún alimento. ¿¿Con cuál de todos ellos, señora??

Mi suegro lo que tenía era un empacho de puta madre. Como un niño chico al que dejas libre en una tienda de chuches, así estaba. De modo que, como pudimos, lo metimos en un coche junto con unas cuantas bolsas de plástico y unas cuantas oraciones, y mi recién estrenado marido se lo llevó a urgencias.
Y yo, que no había planeado una noche de pasión, pero tampoco lo que estaba a punto de suceder, acabé durmiendo con mi suegra en mi noche de bodas. Porque ella estaba demasiado piripi para acompañarlos al hospital. Y demasiado histérica para regresar a su cuarto y tratar de dormir mientras esperábamos noticias de ellos. Con lo grande y cómoda que era aquella cama, y yo compartiéndola con quien menos esperaba.
Afortunadamente, mi suegro sobrevivió a su tremendo de pedazo de indigestión. Y mi marido y yo tenemos una anécdota para contar de nuestra boda.
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