Cómo ayudé a robar la rueda del coche de mi padre sin darme cuenta

 

Bochornoso. Lo típico que solemos decir: “de buena, tonta”. De ingenua, estúpida. Esa historia que no cuentas hasta pasado un tiempo prudencial, en el superas el ridículo y lo transformas en aceptación; incluso, en carcajadas. 

Sucedió en plena adolescencia. Cuando tenía 16 años, mis padres se mudaron a 50 kilómetros de la ciudad donde yo desarrollaba mi vida, académica y social. Renegada, y en un acto de rebeldía, decidí mudarme a casa de mis abuelos para reducir el impacto del cambio. Allí hacía y deshacía a mi antojo, con la libertad de vivir con una pareja de consentidores. 

La vivienda de mis abuelos es grande y posee un precioso jardín trasero, donde yo gastaba buena parte del tiempo entre libros o jugando con los perros. 

Ayudando al ladrón 

Una mañana, sumergida en letras, escuché jaleo al otro lado de la valla. Me asomé y vi a un joven afamado con la rueda de su vehículo. Saludé y se asustó. Me disculpé y le di conversación, que era bien guapo y yo tenía las hormonas revolucionadas. De siempre me ha gustado el motor, por lo que tiré la conversación por ahí. Ese fin de semana había carreras de motos y comentamos cómo estaba el Mundial y quiénes eran nuestros pilotos favoritos. Las viejas herramientas de mi nuevo amigo no le facilitaban la faena, por lo que me ofrecí a prestarle las mías. 

Fui al cobertizo, donde mi abuelo guardaba ese tipo de chismes. Cargué el maletín de herramientas hasta la valla y le tendí lo necesario al chico: incluido un gato hidráulico. En un santiamén, la rueda se desencajó y llegué incluso a celebrarlo con él. 

Me comentó que tenía el recambio en el maletero de su otro vehículo, uno que aparcaba justo delante. Con una sonrisa capaz de bajar bragas telepáticamente, agradeció mi compañía. Sin embargo, y para mi sorpresa, guardó la rueda recién extraída, pero no la sustituyó por ninguna otra. Sin despedirse, arrancó su otro coche y se largó, dejando el automóvil a tres ruedas. 

¿Qué acababa de pasar? 

Incrédula, accedí al interior de la vivienda a comentar a mis abuelos lo que acababa de suceder. Allí encontré a mi madre, que estaba de visita. “Creo haber visto cómo robaban la rueda a un coche rojo que hay aparcado fuera”, dije. Mi madre, sobresaltada, gritó: “¡Es el coche de tu padre!”. 

Pero, ¿desde cuándo mi padre tenía un coche rojo? Casualidad o no, la empresa de mi padre le había cambiado su coche esa semana y yo, al vivir con mi abuela, no me había enterado. 

Confirmamos mi involucración en el robo 

Corrimos al exterior, aunque no entendí la prisa, ya que a esas alturas el tipo debía estar en la otra punta de la ciudad revendiendo la rueda o montándola en el vehículo de algún colega. 

Confirmamos que, efectivamente, se trataba del coche de mi padre y… de las herramientas de mi abuelo, las cuales también habían desaparecido; gato hidráulico, incluido. 

 

María Romero Medinilla