Desde luego, el día que repartieron el don de cagarla a lo grande en las ocasiones más  inoportunas, yo estaba la primera de la fila. Soy de esa clase de personas desastrosas  por naturaleza aunque intente por todos los medios llegar al final del día sin meter la pata, así que os podéis imaginar los nervios que me entraron cuando, sin comerlo ni beberlo,  me encontré en casa de mi suegra por primera vez. 

Llevaba unos cuatro meses quedando con un chico al que había conocido a través de  unos amigos del barrio y, lo cierto es que, hablábamos a diario, quedábamos con  frecuencia y nos acostábamos cuando nos apetecía, que era prácticamente a cada rato.  La cosa iba viento en popa, pero en mi cabeza aquella relación, fuera del tipo que fuera,  todavía se encontraba dando sus primeros pasos. Por eso flipé cuando, una tarde como  otra cualquiera, me presentó a su madre como si tal cosa. 

Aquel día habíamos decidido coger el coche y perdernos por el campo, por aquello de  hacer algo distinto, como si a alguno de los dos nos interesara lo más mínimo la  naturaleza. Después de un rato paseando y haciendo el tonto entre árboles y rocas,  empezó a llover con bastante fuerza y aunque volvimos corriendo al coche todo lo rápido  que pudimos, llegamos empapados y las ganas de ducha y café calentito pudieron más  que las ganas de revolcón en el asiento trasero. Cuando llegamos a nuestra ciudad, me  pidió que le acompañara a su casa para enseñarme unos diseños en los que estaba  trabajando y yo, creyendo que estaríamos solos, accedi. Cuál fue mi sorpresa cuando al  bajar del coche me encuentro con su madre en la puerta de casa mirándome como si  fuera una aparición. 

Y no era para menos. Me hubiera encantado ir perfectamente peinada y maquillada y  vestir algún conjunto mono o, al menos unos pantalones limpios. En lugar de eso, la  primera imagen que mi suegra tuvo de mí fue la de una chica en mallas, mojada de arriba  a abajo con los pezones como timbres de castillo bien marcados en mi top empapado,  salpicada de barro y con los pelos encrespados por la lluvia al más puro estilo Duquesa  de Alba una tarde de viento en la playa. Una parte considerable de mí sólo quería largarse de allí echando leches, pero cuando quise darme cuenta, me vi arrastrada a la cocina del  brazo de aquella señora que no aceptaba un no por respuesta.  

Pero allí estaba yo, muerta de vergüenza, sometida al interrogatorio de una suegra  repentina que, pese a conocer desde hacía cinco minutos, yo sentía la necesidad de  agradar. Cuando pensaba que quizá aquella situación no fuera tan heavy como yo  pensaba y que incluso podría ser capaz de ganármela con mi encanto personal, la mujer  echó la vista al suelo y se le ensombreció el rostro. Horror. Con todos los nervios había  olvidado que llevaba las zapatillas como para llenar un cubo de mierda y que había ido  dejando un rastro de barro por toda a casa. Me puse como un tomate maduro, me  disculpé millones de veces y fui a la calle de puntillas a sacudirme las zapatillas mientras  mi suegra le quitaba importancia. 

Y aquí viene lo mejor. En vez de limpiarme las suelas contra el asfalto bien lejos de su  casa, no se me ocurrió otra cosa que restregar el barro de mis zapatillas en el bordillo de  su puerta. En la misma puerta. Cuando la mujer me dijo apurada que me limpiara un  poco más lejos, me di cuenta de que probablemente no hubiera una persona más tonta  que yo en todo el mundo y que, seguramente, no volvería a ser invitada a esa casa en  toda mi vida. Me ofrecía limpiar el desastre de puertas para adentro. Por supuesto, la  mujer se negaba en rotundo pero yo insistí; cogí un cepillo en un intento de salvar la  situación y me puse a barrerlo todo con mucho esmero rezando por que perdiera la  memoria o algo así. 

No sé si fueron los nervios o es que tengo dos pies donde debería tener las manos, pero  cuando terminé de limpiar y fui a echar un trago de mi café toda orgullosa, se me escurrió  la taza, se me estampó contra el suelo, se rompió y puse la silla y el suelo perdidos. En  aquel momento se hizo el silencio, los tres nos quedamos muy serios, nos miramos y creo que pensamos lo mismo: no se puede ser más inútil. A esas alturas yo ya tenía hasta  ganas de echarme a llorar, de salir corriendo y no mirar atrás. Como era de esperar, mi  suegra no me dejó limpiar el estropicio, sospecho que pensaba que si volvía a moverme  terminaría prendiendo fuego a la casa, que temía por su vida o algo así, por lo que me dijo amablemente que me estuviera quieta.  

Me sentí tan torpe y tan mal, que dije que tenía que irme porque mis padres me  esperaban. La pobre mujer respiró aliviada ante el hecho de perderme de vista y para su  tranquilidad nunca fue capaz de volver a entrar en aquella casa durante los meses que  estuve saliendo con su hijo. Aquel chico y yo no duramos mucho más tiempo y aunque su  madre y yo volvimos a vernos en varias ocasiones en las que conseguí comportarme  como una persona normal, creo que la impresión que tuvo de mi aquel primer día nunca  cambió. 

 

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