Conocí a un chico maravilloso. Simpático, dulce, tierno y amable. Tenía sus cosillas, pero bueno, yo también las tengo. Congeniamos enseguida. Empezamos a salir y todo iba de bien en mejor. Citas románticas, excursiones por la montaña, cenas divertidas y algún concierto.
Después de una cita que se alargó un poco, me ofreció que me quedase a dormir en su casa. Esa noche descubrí que se movía mucho y que hablaba en sueños (aunque no le entendí nada de lo que decía), pero bueno, no fue excesivamente dramático y pude dormir.
Al día siguiente, mientras desayunábamos, lo comenté como de pasada y su madre me dijo, con un tono de voz un poco intranquilo, que es que su hijo era muy calmado por el día pero que por la noche era un poco nervioso. Y, claro, si estaba emocionado porque me había quedado a dormir con él, pues que eso hacía que tuviese un sueño un poco más agitado. Yo no le di más importancia y les dije que estaba bastante acostumbrada, pues mi hermana mayor también se mueve y habla por las noches. Y ahí quedó el tema.
Hasta un fin de semana de principios de verano, en el que mi familia y yo nos íbamos al pueblo porque eran las fiestas. Como a mis padres les caía bien mi chico, le invitaron a pasar el finde con nosotros. Y él aceptó. Estábamos emocionados, porque íbamos a pasar unos días juntos y yo le iba a enseñar las cosas que me encantan de mi pueblo y de las que tanto le había hablado.
Hicimos una excursión, le presentamos a la familia del pueblo, cenamos en las fiestas y bailamos en la discoteca móvil. Y ya, reventados de cansancio, nos fuimos a dormir. Me dijo que esperaba no hablar mucho esa noche, que su madre le había comentado que cuando dormía fuera de casa se alteraba un poquito más. Intenté tranquilizarle diciéndole que no pasaba nada.
Y en mitad de la noche me despertó un grito. Me levanté de un salto y vi que mi chico estaba sentado en la cama, con los ojos abiertos. ¿Qué pasa? Y él volvió a gritar.
Salté de la cama creyendo que se había colado una culebra por la ventana, que habíamos dejado abierta para que entrase el fresquito. Quité las sábanas de un tirón, pero ahí no había nada. Y él se puso de pie y volvió a gritar, mientras salía por la puerta. Allí estaban mis padres y mi hermana con cara de susto, preguntado que qué nos pasaba. Yo estaba en shock. No sabía qué decir.
Mi chico se puso a correr por el pasillo y decidimos seguirle. Llegó a la cocina, abrió el cajón de los trapos, sacó su pene y se puso a mear. Cerró el cajón y volvió tranquilamente al cuarto. Se acostó, cerró los ojos y en seguida oímos cómo su respiración se acompasaba y volvía a dormir profundamente.
Hija, ¿tu novio es sonámbulo? ¡No! Bueno, ¡no sé! Su madre me dijo que era movido por las noches. Jolín, y tan movido. Pero ¿no has hablado con él de esto? Es que él dice que no se acuerda de nada cuando “habla” por las noches. Sólo sabe lo que su madre le cuenta. Bueno, hija, vamos a intentar volver a dormir, pero mañana llama a su madre y que te lo explique.
Al día siguiente, mi novio no se acordaba de nada. Sólo le dijimos que había gritado y que había corrido por el pasillo. Le ahorramos el momento vergonzoso del meado en el cajón de la cocina. Pero cuando se fue a la ducha, aproveché para llamar a mi querida suegrita para comentarle la aventurilla nocturna.
Me pidió perdón un montón de veces y lo primero que me dijo fue que no me había querido contar nada para que no me asustase y dejase a su hijo, porque lo veía muy enamorado. Sí, copón, pero es que ayer me asustó, pero de verdad, con tanto grito. Pues, hija, es que es sonámbulo. ¡Vaya, no me había dado cuenta! Lo importante es no despertarle cuando tiene uno de estos episodios porque puede ser traumático para él. Y cada vez tiene menos episodios de este tipo, pero supongo que estaba tan emocionado y nervioso por pasar el fin de semana contigo y tu familia que por eso habrá tenido este episodio.
Y entonces me explicó que había aprendido, por las malas, a tener las llaves de casa bien guardadas, porque una vez se largó a la calle a pasear y no lo encontraban. A “hacer desaparecer” objetos punzantes y/o cortantes, porque si los encontraba, se paseaba por la casa hasta que encontraba una pared a la que le pillase manía y le hacía un agujero. A ponerle un seguro a la nevera, para que no se diese un atracón con toda la comida que había dentro hasta llegar a vomitar. Por lo visto, a su tío también le pasaba de joven. Que cuando fue a la mili, le tenían que esconder el fusil, porque el resto de la compañía no dormía tranquila si no.
Pero que, por favor, no dejase por eso a su hijo, que con unos cuantos trucos nuestra vida en común podía ser maravillosa.
Mira, suegri, yo quiero mucho a tu hijo, pero creo que nos tenías que haber contado todo esto. A los dos. Porque anoche casi infartamos mi familia y yo.
No, no le he dejado. Vivimos juntos. Ya se ha acostumbrado a su nueva habitación, la nuestra, y como nos hemos hecho casi expertos en el tema del sonambulismo, pues lo tenemos bastante controlado. Aunque de vez en cuando, y para que no me aburra (digo yo) mi chico me hace vivir alguna “aventurilla” nocturna.
