Conocí a mi novio en una fiesta universitaria que se celebra anualmente en mi ciudad, y que es bastante conocida por ser mucho desfase y porque todo el mundo va a intentar pillar cacho, como en cualquier fiesta. Marcos se acercó al puesto de enfermería donde estaba yo sirviendo copas, con una frase horrible, algo así como “ya sé que eres enfermera pero hoy la vacuna te la pongo yo”, y me hizo tanta gracia que fuera tan penoso adrede que me conquistó con esa tontería.
Aquel día nos enrollamos pero poco hablamos y de lo poco que hablamos ninguno se acordaba de nada al día siguiente, aunque quedamos en seguir viéndonos y la semana siguiente tuvimos la primera cita formal. Ahí es cuando me dijo que había estudiado periodismo en Salamanca. Tenía 27, o sea que me sacaba 6 años, y en ese momento trabajaba en una fábrica porque no había encontrado nada de lo suyo.
Y así nos pasamos dos años, en los que cualquier cosa que le preguntaba sobre Salamanca, él sabía contestar sin problema, nunca le vi dudar en nada. Me contaba batallitas de la uni con todo lujo de detalles, su recorrido habitual por un montón de bares que además yo solía poner en común con una amiga que estudiaba en Salamanca en aquel momento y por supuesto todo cuadró siempre, o sea, jamás dudé de algo tan evidente.
Sí que es cierto que él eludía las conversaciones que yo intentaba tener con él en relación a que buscara trabajo como periodista. Se mostraba super irritado, me acusaba de intentar manejar su vida, y me tenía absolutamente prohibido que hablara con nadie sobre su situación, mucho menos que intentara meterle en algún sitio a trabajar. Un tío mío tiene un puesto bien alto en un periódico de tirada nacional y no me dejaba mencionarle su caso, yo no entendía por qué.
Un día me harté de todo. En el fondo pensaba que su actitud tan arisca en cuanto a cambiar de trabajo era por comodidad, o por inseguridad, y decidí ir por su espalda y hablar con mi tío. Él se mostró encantado de echarle una mano y super decidido a darle trabajo, así que, ya con la buena noticia, decidí ir a contárselo a Marcos, no sin miedo de que le sentara mal, pero ni de lejos sospechaba que fuera a tener la reacción que tuvo. Le dio un ataque de ira contra mí; al principio yo no sabía cómo reaccionar, porque en el fondo me sentía mal por haber faltado a mi palabra pero su reacción estaba siendo una locura así que me enfrenté a él y le dije a ver qué coño le pasaba con ese tema para ponerse tan loco. Entonces se vino abajo y se echó a llorar, pero no me dijo nada y se fue a la cama.
Al día siguiente, yo no estaba dispuesta a dejar pasar esto, y llamé a su mejor amigo. Le conté lo sucedido y le noté muy raro. Es verdad que su amigo y yo no teníamos relación como tal, pero le noté cortadísimo. Yo sentía que había algo muy rato en todo eso y le supliqué que me dijera algo. Al final, me confesó que se estaba metiendo en un buen lío con lo que me iba a decir, pero que le parecía que era lo que tenía que hacer. Me dijo que Marcos no había estudiado en Salamanca. Él sí, su amigo sí, pero Marcos no, aunque le había ido a visitar muchísimas veces y habían compartido mil y una noches de fiestas allí.
Colgué el teléfono con la cara desencajada, y fui a hablar con Marcos, que llevaba desde el día anterior sin darme cara. Sin preámbulos, fui muy directa y le dije “no has estudiado en Salamanca”. Él no intentó discutirlo ni negarlo, simplemente agachó la cabeza y confesó. Me había mentido pensando que lo nuestro duraría una sola noche y no había tenido el coraje para decirme la verdad en dos años. Yo flipé muchísimo, de repente me pareció que todo entre nosotros había sido una mentira, todas aquellas conversaciones, todos aquellos mosqueos por el tema laboral… Pero él me aseguró que las anécdotas de Salamanca, todas las historietas con las que tanto nos habíamos reído, aquello era todo verdad. Poco habíamos hablado de las clases en la uni o de cosas que tuvieran que ver con la carrera.
También confesó que era el único de su grupo de amigos sin estudios superiores y que eso le acarreaba un complejo brutal. Conseguí comprender lo que me decía, pero no sabía si podía seguir con él tan tranquilamente. Al final, después de darle muchas vueltas, decidí que mi felicidad junto a él era mucho más que esa mentira y mucho más que sus razones para llevarla a cabo. Retomamos nuestra relación y le animé a que estudiara a distancia, si eso era lo que siempre hubiera querido hacer. Ahora estamos más felices que nunca y él va poco a poco sacándose derecho, que era la carrera que realmente quería.
Anónimo
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