Mis padres se separaron cuando yo tenía 13 años y mis hermanos 10 y 8.

De aquella época solo recuerdo las discusiones a gritos, sin importar si alguno de nosotros podía escucharlos, los portazos, los insultos y las recriminaciones durante las comidas o situaciones en las que estuviéramos juntos. 

En ese entonces no entendíamos mucho, pero todos queríamos que esa situación acabase y pasé muchas noches consolando a mis hermanos, sobre todo al pequeño. Fue una situación que se alargó demasiado y que a cada uno nos ha afectado de una manera diferente de adultos, pero ese es otro tema. 

Un día mi padre decidió irse de casa, cogió todas sus cosas y se fue sin despedirse de nadie. No le volvimos a ver en meses, no pagaba la pensión, no cogía el teléfono a mi madre y no habló con ninguno de nosotros. Desapareció del mapa. 

Para nosotros fue un alivio que, en mi caso, se fue transformando en rabia cuando me tocó encajar como cambió mi vida. De repente me tenía que hacer cargo de mis hermanos, cuidarlos sola durante horas, llevar la casa y ver como mi madre se dejaba las uñas limpiando casas para sacar un dinero extra y no tenía tiempo de estar en casa con nosotros o de descansar. Fue un desastre. 

La familia de mi padre nos dio la espalda, no quisieron decirnos donde estaba ni facilitar la situación económica. No se estaba haciendo cargo de sus hijos y le daba completamente igual. Mi madre terminó rompiendo lazos con ellos y nosotros con nuestros primos.

La situación se terminó estabilizando, no supimos nada de nuestro padre en años, hasta hace unos meses, que recibí una llamada. 

Estaba en el trabajo y me llamó un teléfono larguísimo, pedí permiso para salir a cogerlo y al otro lado un trabajador del hospital me explicó que mi padre estaba ingresado, que había tenido un intento de suicidio y que, en contactos de emergencia, únicamente estaba mi número. 

Se me vino el mundo encima, pedí salir del trabajo por motivos personales y me senté en el coche a intentar calmarme. Tengo 31 años, hacía casi 20 años que no veía a mi padre, de hecho, siempre he dicho que no le conozco, porque después de tanto tiempo y habiéndonos abandonado, yo no sé como es esta persona. Pero imaginármelo solo, en una cama de hospital, después de un intento de suicidio fallido, me partió el alma en dos. Empecé a sentirme culpable por si había cosas de la historia que yo no sabía o por pensar que él lo había estado pasando mal sin saberlo nadie, también pensé que, sin querer, yo podía haber contribuido en su decisión con los desprecios que le hacía cuando hablaba de él con personas en común o mi familia. 

Entre la culpa, la responsabilidad y la confusión, llamé a mi madre para contárselo y fue un gran error. La conversación fue unos 15 minutos de gritos donde ella estaba enfadadísima, solo decía “Y este ahora por qué te llama a ti” “Se cree que vas a ir allí corriendo” “Te está intentando dar lástima” “A mi también me intentaba manipular” y un largo etcétera que me cabreó lo más grande. Después de hablar con ella, llamé a mi tío paterno para informarle y entonces empecé a enterarme de la verdadera situación.

Aparentemente mi padre debía dinero a toda mi familia, todos habían decidido no saber nada de él y mi llamada les dio completamente igual. Me dijo que no iba a ir al hospital, que creía que esto era una llamadita de atención y que no pensaban picar otra vez, que mi padre era un pieza y que si quería hacer algo, que lo hiciese, pero que no contase con ellos. Poco después me llamó mi otro tío para decirme que me tenía que hacer cargo yo, que era de su sangre y que mi padre me necesitaba, que mi padre tenía problemas con el dinero y necesitaba a alguien que le controlase las cuentas para que no gastase tanto y que qué clase de hija sería si en esta situación no le ayudaba. 

Ninguno de ellos estaba dispuesto a absolutamente nada, pero pretendían que después de todo, me hiciera cargo yo de la situación.

Después de llorar mucho y hablarlo con mi pareja, decidí que no iba a ir al hospital y pensé que ahí acababa mi responsabilidad y mis problemas, pero no.

Mi madre se volvió completamente obsesiva. Pasó de llamarme una vez cada 15 días a llamarme cada día varias veces para preguntarme si sabía algo de mi padre, si había decidido verle o si estaba con él, también aprovechaba y me explicaba sin ningún interés por mi parte, alguna anécdota que ilustraba lo mala persona que fue mi padre. Era muy pesada, cada llamada era una discusión y ella insistía en que solo se preocupaba por mí, pero no paraba, yo ya había tomado mi decisión y ella necesitaba cada día varias veces asegurarse de que no le veía. 

Mi familia paterna de repente apareció toda unida para inflarme a audios y Whatsapps llamándome de todo por no quererme hacer cargo de mi padre y decirme una vez más que soy su sangre y se lo debo. Con algunos de ellos intenté hablar, pero era completamente inútil, así que acabé bloqueándoles a todos. 

Mi madre seguía insistente y al final dejé de cogerle las llamadas. Me escribía y la advertí de que si seguía con el tema iba a bloquearla también, quería pasar página de algo que ni si quiera tenía que tocarme a mi vivir y no había manera. Todo el mundo se había vuelto loco. Me llamaron mis hermanos para decirme que mi madre les estaba llamando para que ellos me llamaran y me contaran cosas sobre mi padre. Fui a verla y discutimos mucho, le intenté hacer ver que esta no era su película y que dejase de entrometerse en algo que ya ni si quiera importaba, pero ella se empeñaba en decirme que era una desagradecida y que como se notaba que yo no tuve que hacer sacrificios. Me dijo A MI que no tuve que hacer sacrificios, cuando era yo la que llevaba la casa y cuidaba de mis hermanos, ¿os creéis que ellos limpiaban? ¿Qué ellos compraban? ¿Qué acaso se lo exigía mi madre?.

Trabajé des de los 16 para llevar dinero a casa, no fui niña, no fui adolescente, todo por la situación que teníamos en casa, intentando que mis hermanos notasen lo mínimo. ¿Y para qué? Para que mi madre me dijera que yo no había hecho sacrificios, solo por pedirle que dejara de acosarme y llamarme con tantísima rabia para remover temas que ni me interesaban ni quería oír. 

Esa fue la gota que colmó el vaso y desde entonces mi relación con mi madre se enfrió mucho. Si le preguntan, ella sigue cabezona con que el problema fue que yo no quise escucharla y ella solo se preocupaba por mí. Mis hermanos no han querido escoger bando, como es obvio, pero conocen más que nadie a mi madre. Así que cuando toca juntarnos la situación es muy incómoda y hay una especie de acuerdo no escrito sobre no hablar del tema.

Me cabrea todo lo que he tenido que pasar sin comerlo ni beberlo, para que encima casi 20 años después del divorcio, los problemas sin resolver de mis padres sigan generando conflicto y nos hayan terminado separando.

Mi pareja ha sido mi roca. Me ha apoyado, consolado y hecho reflexionar mucho sobre el tema. A día de hoy, puedo asegurar que lo que más me han enseñado mis padres, es lo que no quiero ser cuando tenga hijos. 

 

Anónimo

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