Después de varios intentos infructuosos de quedarme embarazada con 35 años, me dijeron que sufría de menopausia precoz. No ovulas, no hay embarazo. Mi marido y yo no quisimos darnos por vencidos y optamos por la donación de óvulos. No obstante, los óvulos fecundados por el esperma de mi marido no estaban dispuestos a enraizarse en mi matriz.
Ya habíamos decidido que éste era el último intento, pero no se lo habíamos dicho a nadie, por si esta vez tampoco funcionaba. Pero las recomendaciones de mi doctora era que me moviese lo mínimo posible. No te dobles, no te agaches, no cojas pesos, no te esfuerces.
Ese fin de semana nos íbamos a una casa rural con los amigos y decidimos decir que yo tenía lumbago para disimular. Nada más llegar el viernes, se encendió la barbacoa y corrieron los litros de alcohol. El grupo hacía tiempo que no se veía y había ganas de juerga.
Cuando me fui a dormir, descubrí que teníamos las sábanas en la habitación, pero la cama estaba sin hacer. Yo estaba con una amiga, pero llamé a mi marido para que me ayudara, y llegó a la habitación con dos amigos más, los tres más que contentos. Dijeron que venían a salvarnos la vida, pero se tenían que aguantar un poco en la pared.
Nada más entrar, mi marido chocó con el marco de la puerta y cuando lo miré mal argumentó que habían movido la entrada de la habitación. Alcohol-1, marido-0.
Cogió la sábana y se le cayó al suelo. Se agachó a recogerla y se dio un cabezazo contra la pared. Se irguió y mirándonos a todos nos dijo muy serio que no sabía qué le pasaba, pero que de pronto le había entrado un dolor de cabeza muy fuerte.
MI amiga, que no estaba bebida, no sabía dónde meterse para no reírse, pero los otros dos bebidos que nos hacían de público se preocuparon por su salud y querían ir a por un paracetamol.
Después intentó mover el colchón, que era de los grandes, y se enfadó conmigo porque no le ayudaba, ya que por lo visto no se acordaba que yo no podía hace esfuerzos.
Mientras tanto, uno de los amigos decidió amenizar al “público” haciendo ruidos de la naturaleza, para deleite de los bebidos, que le animaban y admiraban sus capacidades. Cuando ya había pasado por unos cuantos animales, decidió ulular en las orejas del resto del respetable. Mi amiga se giró extrañada y le preguntó qué estaba haciendo y le dijo que era el viento entre los árboles. Cuando ella le pidió que parase, mi marido le dijo que era una desagradecida por no saber apreciar el arte. Estuvieron de acuerdo en que era súper relajante, aunque yo ya estaba de los nervios.
La cama queda como queda y mi marido se tira en la cama y me dice que me perdona, ¡¡¡que me perdona!!!, si tenemos tema.
Yo le digo que no me toque lo que no suena y él decide hacer un referéndum entre los presentes para ver de qué lado se ponen. Ellos creían que yo tenía que ser perdonada porque lo había hecho casi todo mi marido y porque yo estaba enfadada. Mi amiga decidió llevárselos de allí a los tres con la promesa de abrir más cervezas, plan al que todos, incluso mi marido, se unió. Yo cerré la puerta con un cabreo monumental y me puse a dormir. Ella, después de un rato, consiguió poner a dormir a mi marido en uno de los sofás. Benditas amigas.
No me dio ninguna pena la resaca de mi marido del día después y él no recordaba por qué yo estaba tan enfadada.
Mis amigos aún se ríen cuando recuerdan el episodio. A mí me costó una temporada larga encontrarle la parte humorística.
Por cierto, el último intento fue el mejor. Se llama Marc y va a cumplir 7 años.
Morticia Addams

