Aún queda mucho camino por recorrer, pero cada vez es un poquito más fácil reconocer abiertamente que no queremos ser madres.

Hace dos días esa alternativa parecía no existir, sin embargo, pasito a pasito hemos alcanzado un punto en el que la mujer que decide no experimentar la maternidad ya no es juzgada como un ser desnaturalizado sin sentimientos.

O casi casi.

En fin, corramos un estúpido velo.

El caso es que en este post reunimos los testimonios de cinco mujeres que nos cuentan cómo llegaron a la conclusión de que no querían tener hijos:

 

  • SABELA. Llevaba unos años con el chico que ahora es mi marido. Acabábamos de empezar a vivir juntos y hacíamos planes de boda y esas cosas. Nunca habíamos hablado sobre el tema. Creo que porque ambos sentíamos que éramos muy jóvenes y que eso era algo que ya trataríamos más adelante. El tema es que un día me di cuenta de que tenía un retraso. Yo, que soy como un reloj suizo. Era muy poco probable que me hubiese quedado embarazada, pero entré en pánico. Pasaron dos días, cinco, diez. No se lo dije a nadie, no quería hablar de ello para que no se volviese real. Por ese motivo tardé tanto en hacerme un test. Si el resultado era positivo me daba un infarto y me quedaba en el sitio, estaba segura. Pasé casi dos semanas muerta de miedo, pensando qué coño iba a hacer yo con un bebé y en todo lo que iba a cambiar mi vida si lo tenía. Lloré cuando por fin me atreví a hacer pis sobre aquel palito y vi el resultado negativo. Así, más o menos, fue cómo lo supe. Curiosamente, la regla no se me ha vuelto a retrasar.

 

  • NAIRA. Yo me di cuenta cuando mis amigos empezaron a tener hijos. Con cada buena nueva, cada embarazo y cada nacimiento veía los ojillos brillantes de mis amigas y yo no notaba ninguna emoción en los míos. Las escuchaba hablar de temas relacionados con la búsqueda de embarazo o de partos o de cosillas de bebés y a mí se me activaba el mono de los platillos dentro de la cabeza. Me alegraba por ellas, obviamente. Me involucraba y trataba de buscar dentro de mí el entusiasmo que se supone que debería sentir al hablar de cuándo me pondría yo a ello, al pensar si mis hijos serían así o asá, si preferiría niño o niña… NADA, no encontraba más que pereza, rechazo incluso. Así que no tardé en decidir que lo mío, más que ser madre, era ser la tita guay.
  • CAROLA. Yo pensaba que quería tener hijos y creía que los tendría algún día no muy lejano con un chico que conocí en Tinder y del que me enamoré en el mismo momento en que entré a ver quién me había dado aquel super like. Unas cuantas citas más tarde me contó que estaba divorciado y que tenía dos hijos pequeños. Cuando formalizamos lo nuestro y consideramos que era el momento de conocerlos, me volví a enamorar. Esto de ser madrastra (odio esa palabra y la connotación que tiene por culpa de Disney) los findes alternos, algunas fiestas y durante las vacaciones de verano me dio la oportunidad de hacerme una idea bastante aproximada de lo que significa tener hijos. Y, aunque adoro a esos dos enanos, no tardé en entender que yo no quería tenerlos.

 

  • ISABEL. Yo sé que no quiero tener hijos desde antes de tener edad de liarme con chicos. Básicamente por dos motivos. Uno, porque tengo una hermana que me saca quince años y que me ha regalado tres sobrinos que son la caña de España. Me convertí en tía siendo una mocosa y he vivido muy de cerca la maternidad de mi hermana. Tanto la cara más amable como la más adversa. Mi sobrino mediano luchó durante los que deberían ser los mejores años de su infancia contra un cáncer al que, gracias a todos los dioses, terminó venciendo. Ningún niño debería pasar por eso, no digo más que ya sé que estamos todos de acuerdo. Dos, siempre he sido una persona nerviosa, sufridora y con tendencia a ver las cosas mucho más oscuras de lo que en realidad son. Imaginaos el percal. Puedo parecer cobarde y muchas otras cosas de las que no estar orgullosa, pero es que siendo como soy y sabiendo de primerísima mano lo que se sufre por los hijos… Yo no quiero. Nunca me he visto teniéndolos y sé que no voy a cambiar de opinión.

 

  • GEORGINA. Creo que nunca tuve eso que se suele decir del instinto maternal, en cambio, imaginaba que aparecería algún día, que llegaría un momento en el que dijera ‘va, ahora sí que quiero’. Como que estaba de alguna manera pendiente a ver si mi cuerpo me daba alguna señal o algo. Hasta que conseguí mi puesto de trabajo actual. Es el trabajo de mis sueños. Me dedico a lo que me gusta, está bien pagado y, lo mejor, me ‘obliga’ a viajar constantemente por todo el mundo (Covid mediante). El caso, que conforme pasaba el tiempo empecé a notar que la mayor parte de las compañeras que tenían hijos se convertían automáticamente en dos tipos de personas: Las que renunciaban y las que se fustigaban. Las primeras renuncian a sus puestos para pasar a ocupar funciones que les permitan, ya no solo conciliar, sino directamente estar con sus hijos. Las segundas se pasan la vida fustigándose porque no llegan (aunque lleguen). Porque sienten que abandonan a sus hijos, porque sienten que su trabajo ya no les llena como antes de la maternidad. Quieren viajar, pero no tanto. Estar más en casa, pero sin reducirse la jornada porque las apartan. No sé, es una mierda, pero es así y yo no quiero. Ni quiero frustrarme ni renunciar a la libertad de estar hoy aquí, mañana allí y pasado donde surja. Tanto en el trabajo como en la vida en general.

 

 

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