Siempre he sido la niña rara, la chica rara, la adulta rara… la rara, en general. La rara porque, aunque intente disimularlo haciendo masking —ese arte escénico de alto nivel que practicas para parecer normal sin morir en el intento—, al final se nota. Bueno, se notaba. Desde que estoy siendo tratada por un gran equipo de psicólogos especialistas en neurodivergencias, cada vez hago menos masking. En algún momento mi pareja le dijo a mi psicóloga que cada vez tenía más rasgos TEA, a lo que ella respondió con una calma que todavía me emociona:
—No, cada vez es más ella y enmascara menos.
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Traducción: no es que yo esté empeorando, es que ya no finjo para que los demás estén cómodos. Qué barbaridad.
Entre mis rarezas hay algunas especialmente fastidiosas para el entorno. Mis hiperfocos, por ejemplo, pueden resultar insoportables si entro en modo Speaker’s Corner y te encasqueto un monólogo apasionado sobre algo que acabo de descubrir y que me parece fascinante, aunque tú estés buscando desesperadamente una salida de emergencia. O cuando me disperso y voy de arriba abajo sin rumbo, porque mi cerebro ha decidido abrir quince tareas a la vez y ninguna incluye “funcionar como un adulto”.
Luego están las rarezas menos molestas, como La Planta. Yo la llamo así porque consiste básicamente en quedarme quieta, hacia dentro, en mi rincón mental privado, donde todo tiene sentido y nadie me exige contacto visual. Puedo pasar horas con cara de estar ausente, cuando en realidad dentro hay una fiesta cognitiva que ya la quisieran muchos.
Yo vivía bastante feliz con mis doce años, en mi escuela de siempre, con mis dos amigas de siempre, que ya entendían que yo no funcionaba según el manual. Pero mis padres decidieron que la niña se estaba “perdiendo” y pensaron que meterme en una escuela de curas sería una solución excelente. Porque nada endereza más una mente neurodivergente que la disciplina, los uniformes y un poquito de culpa cristiana bien administrada.
Para empezar, nunca encajé en ese centro. Las chicas me parecían lo más plano y aburrido que había parido la humanidad. Todas jugaban a hockey hierba (porque en ese barrio nacer sin palo debía de ser pecado), todas vestían igual y todas hablaban igual. Todas pensaban igual. Todas eran iguales. Menos yo, claro, que debía de parecer una infiltrada defectuosa enviada por error.
Hice un par de amigas que aún conservo. Una de ellas es rara, o mejor dicho: no se incomoda con la gente rara, que ya es un superpoder. Con ella tenía conversaciones absolutamente delirantes, de esas que te hacen reír hasta doblarte en mitad del pasillo y pensar que vas a perder la dignidad corporal delante de todo el colegio.
Mis amigas se relacionaban con las chicas de su clase. Yo iba a otra, donde la superficialidad era religión oficial. Así que, por proximidad social, yo también orbitaba alrededor de ese grupito. Aunque era evidente que no me soportaban. Por rara. Por no reaccionar como se esperaba. Porque si me tocaban los ovarios no me callaba. Porque no sabía sonreír falsamente ante la mediocridad. Porque señalaba lo estúpido cuando algo era estúpido. Un crimen social imperdonable.
Siempre hacían fiestas de pijamas y nunca me invitaban. Tampoco me quitaba el sueño: yo tenía mi mundo interior bien regado y, fuera de ese centro, amigas de verdad. Pero un día decidieron hacer bullying del fino: me invitaron… y al día siguiente me desinvitaron. Elegancia emocional nivel internado suizo.
Cuatro cursos estuve en ese instituto. Cuatro. Hasta que rogué, supliqué y negocié diplomáticamente que me sacaran de allí y me llevaran a un sitio normal. O al menos a uno donde no me trataran como un error estadístico.
Una de las anécdotas más claras del ambiente fue con una de las chicas del grupito. Tenía una tiza —cuando aún se usaban y traumatizaban— y decidió que yo era su lienzo. Me pintaba una raya en los pantalones y se reía. Yo la borraba y le pedía que parara. Me pintaba otra en la chaqueta y se reía. Yo borraba y pedía que parara. Repetición. Burla. Risa. Silencio cómplice alrededor.
A la tercera raya, ya agotada de ejercer de saco de pruebas, le dije que si no paraba le iba a dar un bofetón que vería las estrellas.
¿Paró?
Por supuesto que no. Me volvió a pintar y se rió con una risa de ardilla psicótica que me atravesó el cráneo.
Mi cerebro no dio tiempo a protocolo alguno. Mi brazo salió disparado y le solté una bofetada que no la llevó a ver las estrellas: vio la Vía Láctea completa, con satélites y todo.
Con la cara ardiendo y los ojos llenos de lágrimas, me dijo:
—Me has pegado.
—Te he avisado —le contesté—. Si volvías a pintarme, te iba a dar la hostia de tu vida. Has pintado. He cumplido.
Se quedó en silencio. Yo pensé: ya está, ahora vienen los profesores, el castigo ejemplar, la expulsión pública. Pero no. Se tragó el orgullo, encajó el bofetón y no volvió a tocarme. Nunca más. No me invitaron a ninguna fiesta después, pero sinceramente, el balance salió a mi favor.
¿Y los curas? Pues, además de dirigir aquel circo pijo donde yo era el bicho raro oficial, un día me obligaron a ir a una plegaria. Sin haber hecho la comunión y con todo mi descaro existencial, me levanté y me comí la hostia consagrada. Solo para saber a qué sabía.
No sabe a nada.
No hace falta que la probéis.
Amén.
Parvaty.