De verdad que no vengo aquí a dar pena a nadie ni a escuchar sermones. Os quiero contar lo que me pasó para que nadie más caiga en estas estafas ni cometa la cabalgata de errores que me llevó al peor momento de mi vida.
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Yo estaba en un buen momento, realmente lo estaba. En ese momento no lo veía; creía que era un momento malo, un momento insípido y aburrido en el que no me pasaba nada y en el que, hiciese lo que hiciese, no me sentía feliz. Tenía una pareja desde hacía cuatro años, un trabajo estable desde hacía seis, piso propio, pocas deudas (coche y poco más), buena salud y el mismo grupo de amigas y amigos desde el instituto. Todo estaba bien. Pero mi cabeza creía que estaba estancada.
Empezó como una sensación de pereza: tenía mucho sueño, no me apetecía trasnochar, me costaba levantarme… Después perdí las ganas de salir de casa, no quería ir a los planes que montaban mis amigas, o decía que sí y luego no iba, y finalmente llegaron las lloreras sin sentido aparente, los enfados, las discusiones con mi pareja y las dudas vitales. Me convencí de que no tenía depresión, que era lo que me decía todo el mundo, sino que simplemente necesitaba algún reto nuevo, alguna chispa, novedad.
Y aquí es cuando me encuentro con “Pedro”, que no es su nombre real, pero no quiero darle publicidad ni mucho menos. Me salió un vídeo de él por Instagram describiendo con una exactitud milimétrica muchas de las cosas que me pasaban. Él se describía como coach vital y ofrecía sesiones “orientativas”. No tenía ningún tipo de titulación y defendía que no hacían falta porque lo importante era la espiritualidad.
Lo vi como un camino bueno y cogí una sesión con él, que fue increíble. Básicamente se dedicó a escucharme, coger todos mis miedos y reforzarlos. Si le decía “creo que no estoy enamorada de mi pareja”, me decía “quizás la duda es una manifestación de la respuesta”. Yo me sentí como si alguien por fin me entendiera y me volqué a fondo en las sesiones.
Mis amigas empezaron a distanciarse. Ellas me decían que Pedro era un vendehúmos y que lo que yo debería hacer es ir a terapia. Llegaron a decirme que era como estar en una secta, y os juro que yo no me podía reír más de lo equivocadas que estaban. No tardé mucho en tener mi vida patas arriba. Dejé a mi pareja sin pena ninguna, vendí mi piso porque me convencí de que tenía que “cerrar ciclo” y dejé mi trabajo de golpe. Le dije a todo el mundo que tenía que quemar todos los puentes.
Con el dinero que saqué del piso, me fui sin billete de vuelta a Bali, donde estuve más o menos medio año viviendo genial, y luego volví otra vez al pozo. Acabé perdiendo prácticamente todo mi dinero. Viví en un trono de soberbia y con la sensación de tener la verdad absoluta. Me fui guiando por impulsos porque Pedro me había disfrazado eso de “intuición”. Y cuando todo petó, fue irreparable.
Al cuarto día que vi que no podía salir de la cama, llamé a mi madre llorando. Me acabé mudando a casa de mis padres y empecé terapia por obligación. A las tres semanas empecé a ver la luz. Mi psicóloga me ayudó a poner nombre a todo lo que sentía. Entendí que el aburrimiento que sentía era tranquilidad mal gestionada. Que tenía una vida privilegiada y que, al no valorarla, había perdido todo el sentido.
Aprendí que estaba huyendo, pero que, por más lejos que viajes, los problemas sin resolver se vienen contigo. Por favor, id a terapia con personal cualificado. Aunque ahora estoy mucho mejor, daría todo lo que tengo por volver a mi vida de antes. Ojalá nunca haber empezado las sesiones con Pedro.