Mi salario es más bajo que la paga de algunos quinceañeros. A pesar de ello, y para sorpresa de todos, consigo pagar mis facturas y salir a tomar una cerveza los sábados.  Mis amigos no se explican cómo sobrevivo con tan irrisoria cantidad  y parecen convencidos de que formo parte de alguna red de narcotráfico,  prostitución o venta de órganos en el mercado negro tailandés. La realidad es mucho menos emocionante: Como muchos macarrones y poco salmón salvaje noruego;  salgo menos de lo que quisiera y  tengo la misma ropa desde 1992, aferrándome con convicción al argumento de que todo lo vintage es moda y que  los pantalones de campana siempre vuelven. Como comprenderéis, en esta tesitura, no me queda otra que compartir piso a mis tiernos 39 años.

Compartir piso en la edad adulta resulta desquiciante, aturdidor  y hace que despiertes cada día con ganas de volverte anacoreta y marcharte a vivir al monte.  Daría lo que fuera por tener un sitio al que llamar hogar, un lugar propio al que volver para buscar paz y tranquilidad.  Vendería un riñón y me arrancaría la piel a jirones  con tal de poder gestionar mi intimidad a mi manera,  estirar los pies sobre la mesa, no tener que convivir con las manías de pseudodesconocidos, no recoger mierda ajena,  no lidiar con sus ruidos, ni alternar con sus compañías sexuales. 

Cuando llegue el ansiado día en que la llave de mi casa sea solo mía, descorcharé una botella de champán y me dedicaré a rememorar el arsenal de anécdotas que he coleccionado durante mi extensa andadura como compañera de piso. Podría escribir Caballo de Troya 1, 2 y 3, y me faltarían páginas.

Empezando por la forma de encontrar compañeros. Los afortunados que vivís solos o con personas a las que libremente habéis escogido no tendréis ni idea, pero existen aplicaciones estilo Tinder  para buscar convivientes. He pasado ratos desternillantes leyendo mensajes de quienes pretendían postularse como mejores candidatos para una habitación. Recuerdo uno que decía: “No tengo amigos, no me gusta socializar y paso el día encerrado jugando a videojuegos. No os hablaré, pero puedo compartir mi clave de Netflix” Mi cabeza generó la imagen mental de alguien que dormía con una katana bajo la almohada y acostumbraba a torturar gatitos inocentes.

El perfil de mis compañeros ha sido de lo más variopinto. El number one en mi pódium de los horrores lo ocupa una chica a la que considero  la persona más guarra que he conocido. Acumulaba cantidades ingentes de platos en la pila y el desagüe acumulaba cabellos suyos como para hacer una donación en formato trenza. El hueso del aguacate que utilizó para hacerse una mascarilla permaneció en su mesita hasta que estuvo a punto de convertirse en árbol. Tenía un segundo trabajo como cuidadora de perros, que en la práctica consistía en encerrarlos en su habitación y marcharse. Tuvimos que enfrentarnos a ella tras toparnos con un enorme zurullo y un charco de pipí en mitad del pasillo. Cual fue nuestra sorpresa cuando la vimos coger el mocho SIN AGUA y restregar el pipi, con la fregona seca. A continuación, cogió un papel y recogió el zurullo. Patidifusos, tuvimos que explicarle que para fregar era necesario utilizar agua y que si se trataba de mierda de perro, también lejía. Ella nos observaba como si estuviéramos haciéndole una grandísima revelación. 

Tuve también un compañero japonés. Los japoneses tienen fama de ser comedidos y parcos en sus afectos. Sin embargo, mi japonés invitaba a  casa a todo aquel al que había saludado dos veces. Cada semana nos agasajaba con la visita de su tío quinto, su primo 16 de Yokohama o el pescadero al que un día compró salmón para hacer sushi.  Era algo así como “Mañana viene a dormir Japonés Numero 36, cuyo nombre no recuerdo”. Como era de esperar, su novia japonesa no tardó en okupar nuestro piso. En una ocasión, los oí discutir de una forma exacerbada. A la mañana siguiente, encontré el pasillo atestado de zapatos, como si se hubiesen dedicado a hacer lanzamiento de deportivas. Tal vez se tratase del equivalente japonés a nuestra tan española expresión “tirarse la vajilla a la cabeza”.

Conviví también con la persona más despistada del mundo. Olvidaba cerrar la puerta, fregar su taza, apagar el fuego. Olvidó tirar la basura y la encontré infestada de gusanos. En lo negativo, vivía con miedo a morir calcinada; en lo positivo, pasé meses comiendo como una Señora, pues compraba manjares que olvidaba haber comprado y antes de que se pudriesen, yo les daba salida –hacia mi estómago- por el bien del planeta y la sostenibilidad.

Capítulo aparte merece mi último compañero,  “Guitarrita”, que pasaba las horas, los días, la vida… tocando la guitarra. Mientras removía mi café por la mañana escuchaba sus intentos frustrados de aprender a tocar “tengo que hacer un rosario con tus dientes de marfil”. A la hora de comer “tengo que hacer un rosario…”. Durante la siesta, más rosario, durante la cena, más marfil. No paró de tocar la guitarra hasta que empezó a tocar a otra inquilina del piso y pasé de escuchar la cancioncita de marras a escuchar sus gemidos. Aborrecí las guitarras. Nadie puede entrar en mi casa con una. Ni siquiera con ukeleles. No quiero ver ni una bandurria. 

Procuro narrarlo en clave de humor, pero lo cierto es que es duro. Hay días en los vuelvo de trabajar, y  me echo a llorar, hastiada, al encontrar la ducha como una pocilga. Estoy harta, desalentada. Soy una mujer adulta, no quiero seguir viviendo como una universitaria, pero explicadme cómo se logra salir de esta rueda de hámster, de este sistema-bucle que solo me permite encontrar trabajo en grandes ciudades en las que el precio del alquiler es superior a mi nómina.