¿Con cuántos tíos te has acostado por no saber decir que no? Yo, con unos cuantos. No es una pregunta fácil de responder, lo sé. Pero es la pura verdad. A veces tenemos sexo con alguien por vergüenza a pararlo.

Y como yo, estoy convencida de que muchas de vosotras también lo habéis hecho. Porque, aunque tengamos más libertad sexual que nunca, aunque hablemos de empoderamiento, de deseo, de consentimiento, hay una parte de nosotras que sigue atrapada en el “no quiero molestar”, “mejor no le corto el rollo”, “qué más da, si ya estoy aquí…”.

A veces me pregunto: ¿cuántas veces he tenido sexo sin quererlo realmente?

¿Cuántas veces he estado ahí tumbada, deseando que acabe cuanto antes, sólo porque no me atreví a decir “oye, no me apetece”?

Y no hablo de que nadie me haya obligado o forzado, no es eso. Hablo de esas veces en que me lo he impuesto yo. Por presión, por miedo a decepcionar, por sentir que ya tocaba, por miedo a no saber decir que no.

Recuerdo a uno en concreto. Llevábamos semanas tonteando por mensajes, quedamos a tomar algo y la noche se dio bien. Risas, besos, una cosa llevó a la otra y acabamos en su casa. Hasta ahí, todo en orden. Pero en cuanto me vi allí, en su cama, con sus manos sobre mi cuerpo… algo en mí se apagó. Ya no tenía ganas. Estaba incómoda. No quería. Pero claro, ¿cómo se lo digo ahora? ¿Cómo le explico que me apetece dormir, o charlar, o simplemente irme a mi casa? Así que me callé. Le seguí el ritmo. Fingí un entusiasmo que no sentía. Y cuando todo acabó, me sentí… sucia. Pero no por haberme acostado con él, sino por haberme fallado a mí misma.

Otra vez fue presión de grupo. Salí de fiesta con mis amigas, yo me lie con un chico y una de mis amigas con uno de sus amigos. Acabamos los cuatro en la casa del rollo de mi amiga. Empezamos a besarnos en el salón, mi amiga y su ligue se fueron al dormitorio y nosotros nos quedamos en el sofá. El chico era mono y tal, pero me lo tiré más que nada porque tenía que esperar a que mi amiga acabara con el suyo para irnos juntas. No quise irme y dejarla allí. No me arrepiento, pero en otras circunstancias probablemente no me habría acostado con ese chico.

Y la peor de todas: conocí a un chico en Tinder. Hablamos por WhatsApp durante semanas, conversaciones subidas de tono. Un sábado tonto no sé cómo le invité a mi casa. No nos conocíamos aún en persona. Pensé que sería divertido hacer una locura.

Cuando apareció el chaval no defraudó, era tal cual las fotos que me mandaba. Pero cuando empezamos a charlar, pues no fuimos al tema directamente, la conversación no fluía. Había algo en él que no. Pero ya estaba en mi casa, sentado en la cama de mi habitación. Y yo llevaba semanas mandándole mensajes guarretes, no podía decirle que no. El polvo estuvo bien, el tío físicamente estaba potente, pero cuando acabamos lo único que quería era que se largara de mi casa. Pues se quedó a dormir. Por la mañana, cuando por fin se fue, me sentí aliviada y culpable a la vez, por haber pasado la noche con un chico que intelectualmente no me atraía.

 

Ojo, esto no va de arrepentimientos post-polvo. Va de conciencia en el momento. De ese pequeño nudo en el estómago que te susurra NO, mientras tú sonríes y asientes con la cabeza. De ese autoengaño, de esa voz que te dice “eres una mujer libre, puedes hacer lo que quieras” cuando en realidad estás haciendo algo que no quieres.

Y aquí entra algo que no podemos ignorar: el machismo está muy arraigado en nuestra sociedad, y eso nos atraviesa mucho más de lo que creemos. A las mujeres se nos educa desde pequeñas para complacer. Para ser amables. Para no levantar la voz. Para no incomodar. Nos enseñan a ser deseables, no a desear. A priorizar la comodidad del otro sobre nuestro propio sentir. Y esa programación, por más empoderadas que nos sintamos de adultas, sigue ahí, silenciosa pero potente.

El machismo nos mete en la cabeza que nuestro valor está en gustar. En decir que sí. En ser deseadas, pero no exigentes. Y eso hace que muchas veces confundamos complacer con querer. Aceptamos lo que no deseamos porque creemos que así evitamos un conflicto, una mala cara, una decepción.

A veces ni siquiera es que el chico presione. A veces ni insiste. Somos nosotras mismas las que nos forzamos. Porque sentimos que ya hemos dado señales, porque nos da vergüenza echar marcha atrás, porque pensamos que ya es tarde para cambiar de idea. Pero ¿tarde para qué? ¿Para respetarte? ¿Para decidir lo que quieres hacer? Nunca es tarde para eso.

Porque el consentimiento no es sólo un SI y un NO. Es un QUIERO.

Y muchas veces, nuestro SI no nace del deseo, sino del miedo a decepcionar, del peso de la culpa, de la necesidad de ser aprobadas o incluso de una falsa idea de cumplir con lo que se espera de nosotras.

Me ha costado años entender que no tengo que justificarme por no querer. Que no pasa nada por frenar, aunque estemos desnudos, aunque estemos en la cama, aunque todo parezca encaminado. Que el deseo es algo vivo, cambiante, y que si desaparece, tengo todo el derecho del mundo a cambiar de idea.

Y sobre todo, quiero que empecemos a hablar de esto sin vergüenza. Porque no somos las únicas. Porque este tipo de consentimiento a medias, este “sí porque ya estoy aquí”, está mucho más extendido de lo que pensamos. Y cuanto más lo hablemos, más fácil será que la próxima generación no arrastre esta mochila.

Así que sí, me he acostado con tíos por no saber decir que no. Pero ya no más. Aprender a decir no es salud. Sobre todo, salud mental.