Cada vez que mi marido y no nos acordamos de lo que nos pasó, no podemos dejar de reírnos. Y eso que fue hace más de 10 años, solo llevábamos un par de años casados. Nuestro noviazgo fue corto y eso influyó en que la pasión del comienzo de la relación también fuera parte de nuestra primera etapa como marido y mujer.
Más testimonios reales en whatsapp, pincha aquí, es gratis y totalmente privado
Veníamos de familias muy tradicionales, de tener que secarse los bajos con la hojita parroquial para no pecar y de misa dominical. Los dos llevábamos dentro a jóvenes que querían probarlo todo y que siempre nos chocábamos contra el muro de la religión, del clasicismo y de nuestros padres.
Ya de novios nos íbamos por ahí a hacer lo que se podía, pero entre la carabina que nos asignaban, la incomodidad del coche y tanto control horario, no pasábamos de unos besos, alguna masturbación y poco más. Cuando dijimos que nos íbamos a casar, y les dimos la fecha de la boda, comenzó el tema a relajarse. Al comprarnos el piso aquello parecía el entierro de un famoso por semejante desfile de gente a todas horas para evitar lo inevitable. Por fin nos dejaron en paz a los pocos meses de casarnos y ahí fue cuando comenzamos a experimentar, a probar y a ponernos al día.
El paso de los años provocó que nos conociéramos a la perfección, que supiéramos qué ritmo le gusta más a cada uno, que nos cogiéramos el punto y que tuviéramos una vida íntima perfecta. Siempre estábamos buscando alternativas para enriquecer la relación, para no caer en el aburrimiento y para conseguir orgasmos más intensos.
Juguetes varios, lencería erótica, disfraces y demás eran cada vez más frecuentes en nuestras noches de pasión. Un día, él llegó diciéndome que había comprado algo que no habíamos probado todavía y que esa misma noche lo quería estrenar. Como era sábado, nos fuimos a comprar algo para la cena y ya nos íbamos calentando progresivamente.
Tras comer y estar en el sofá durante un rato comenzó la fiesta. Llevábamos un calentón enorme y no tardamos mucho en irnos a la cama. Tras besarnos, acariciarnos y un potente 69 le dije que me la metiera. Entonces me dijo que esperase porque me iba a sorprender. Veo que coge un preservativo, se lo pone directamente y apaga la luz, algo raro porque siempre nos gustaba vernos.
Cuando miro, me doy cuenta de que se ha puesto un preservativo de esos fosforescentes. Mi marido tiene un pene de sangre que si no se anima parece el nudo de un globo y si se anima adquiere una dimensión considerable. En este caso, entre el tiempo que tardó en sacarlo del envoltorio y que le estaba pequeño, aquello era como un altramuz, pero con brillo.
Me dijo que le tocase los huevos que él le daría caña al tema para ver si crecía «la varita mágica». No hubo manera. Cada vez estaba más pequeña, el condón estaba iluminado y medio vacío y encima nos dio la risa. Lo que iba a ser una sesión de sexo con algo de brillo se convirtió en un cachondeo enorme. Hasta fotografías se hizo. Comenzamos a compararlo con el moco de un marciano, con la meada de un dinosaurio y con yo que sé qué más. A carcajada limpia, se quitó el condón, intentó seguir con lo que empezamos, pero la risa nos lo impidió.
Ahora, cuando nos queremos reír, le digo que se prepare la varita mágica a ver si esa noche brilla, o nos vuelve a dejar con las ganas. Eso sí, de la risa a la acción suele haber muy poco y seguimos disfrutando del sexo como siempre, aunque sin brillos.