Ya había estado antes en terapia por temas derivados de la ansiedad y me había ido genial, pero al cambiarme de ciudad, tuve que dejar a mi psicóloga habitual y buscar otra alternativa.

Estuve barajando diferentes opciones, revisando reseñas de profesionales en mi nueva ciudad, incluso tuve una primera consulta con uno, pero no llegué a tener ese feeling necesario para una terapia ni encontré una opción que se amoldase 100% a lo que yo buscaba.

Un día, hablando con mi hermana, un poco de todo, me comentó que ella había empezado hacia poco con una psicóloga encantadora, joven, muy dicharachera, de forma online y, aunque estaba empezando, era muy profesional y que me recomendaba totalmente. Recuerdo perfectamente su frase: “te hace sentirte tan bien que es como hablar con una amiga”.

Como no había encontrado una alternativa mejor, decidí darle una oportunidad a esta chica que se llamaba Rosa.

La primera sesión me gustó mucho y sí que me sentí cómoda. Era la primera vez que hacía terapia online, pero consiguió transmitirme cercanía y serenidad, cosa que agradecí, así que decidí retomar con ella la terapia que había dejado aparcada con todo el tema del traslado.

Estuve unos cinco meses teniendo sesiones con ella de forma habitual, un par de veces al mes, normalmente y, aunque a veces notaba que ella era algo despistada o que, incluso cambiaba las citas sin mucha antelación no le di mucha importancia ya que entendía que estaba empezando y que quizás no tenía todo muy bien controlado. Lo achaqué también un poco al tema de organizar las citas online, agendas y demás y, como en el resto estaba bastante contenta con cómo íbamos avanzando no lo pensé mucho más.

El problema llegó un día que mi hermana vino a visitarme a la ciudad para pasar el fin de semana. Habíamos planeado un par de días de chicas con un montón de actividades y de cosas que nos gustaba hacer y de paso enseñarle un poco dónde vivía y cuál era mi ambiente, mi círculo social, etc.

El primer día todo estuvo genial, fuimos a comer juntas, de compras, salimos a cenar y de fiesta hasta bien entrada la noche. El día siguiente también prometía pues habíamos quedado con unos amigos para hacer un brunch y luego teníamos tiempo libre para disfrutar de la ciudad. Nos levantamos hacia el mediodía un poco a las carreras, así que como íbamos con el tiempo justo decidí meterle prisa a mi hermana que, normalmente, tiene bastante parsimonia y, la verdad, no se lo tomó muy bien, me gruñó y me dijo que se daría prisa. Yo veía que la hora a la que habíamos quedado se acercaba, ella no estaba todavía lista e íbamos a llegar tarde. No quería volver a insistirle porque conozco el carácter que tiene y no me apetecía tener movida ese fin de semana, así que apuré hasta el límite y cuando ya apenas nos quedaba margen para ir con tiempo le dije que se apurara. Y ahí se abrió la caja de Pandora.

Lo que empezó como una discusión sobre quién tenía la culpa de llegar tarde, acabó derivando en reproches personales y asuntos del pasado que yo creía que estaban cerrados. Tratando de zanjar el tema y porque quería tener el resto del fin de semana en paz le dije que lo olvidase todo y que pasaba de discutir con ella, a lo que me respondió:

—Huyendo de los conflictos, como siempre. Ya me había comentado Rosa que tenías un problema grave con la gestión de las emociones durante las discusiones.

Al principio no caí en quién era esa Rosa, pero cuando me confirmó que era nuestra psicóloga, me dejó totalmente descolocada. No entendía muy bien por qué comentaba con mi hermana aspectos relacionados con mi terapia y, mucho menos sin mi consentimiento.

Mi hermana me dijo que se había tratado de un comentario puntual y me dijo con recochineo que no era punto principal en sus sesiones. 

Yo me quedé muy tocada y me sentía frágil y traicionada, pero intenté aparcar ese tema durante lo que quedaba del fin de semana y ocuparme de ese asunto después. Además, la semana siguiente tenía sesión con Rosa y podría comentarlo con ella.

Los días previos a la sesión, estuve muy nerviosa, no sabía muy bien cómo plantear todo y tenía miedo de ser juzgada, aun sabiendo que no era ético, moral ni profesional lo que ella había hecho y que sí o sí tenía que contárselo.

Al inicio de la sesión, cuando ella me preguntó que cómo me encontraba, le conté todo lo relacionado con el fin de semana con mi hermana, incluyendo lo de sus conversaciones sobre mí con ella y, para mi sorpresa, no solo no se disculpó, sino que dijo que había creído necesario hacerlo porque era uno de mis problemas más graves actualmente y mi círculo íntimo necesitaba saberlo.

Aunque yo le dije que debería habérmelo consultado antes y que era, cuanto menos muy poco profesional, ella siguió en sus trece durante toda la sesión haciéndome sentir, además, muy culpable.

Por supuesto, después de esa sesión no hubo ninguna más y, aunque no sé si podría haber hecho algo más al respecto y vinculado al secreto profesional, decidí que prefería cerrar esa etapa y buscar otra alternativa. Desde entonces, sigo yendo a terapia, con un psicólogo que me ofrece un entorno seguro en el que hablar y en el que confío al 100% sin miedo a que le cuente nada a nadie.

 

Escrito por Angie Rigo basado en un testimonio real

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