Hace un tiempo compartí en mis redes sociales una foto de una novela que me acababa de comprar. Era un libro escrito por alguien a quien admiro mucho y que, por fortuna, decidió venir a mi ciudad a firmar.
Antes no iba nunca a esas cosas porque me daba vergüenza, y más aún ir sola… Pero ya hace tiempo que eso me importa bastante menos y gracias a mi cambio de actitud tengo fotos y firmas de personas increíbles que guardo con cariño.
El caso es que compartí mi experiencia en los stories de Instagram con toda la emoción que estaba sintiendo y una de mis seguidoras me preguntó algo que me encanta que me preguntéis “¿quieres que te cuente una historia para tus artículos?” y ahí yo saco mis palomitas y lloro, me enfado, me indigno, me emociono, me enamoro o recupero esperanza: con vuestras historias (por favor, seguid haciéndolo).
Esta chica, llamémosla Sofía, me contó que ella también había ido a la firma de libros de esta chica y que le había encantado la charla que tuvieron antes con ella, pero quería contarme más sobre una firma a la que fue hace ya un par de años que le cambió la vida.
Ella acudió como yo, sola, a una librería de su localidad donde un escritor (en aquel momento poco conocido, pero que ahora lo está petando mucho) firmaría su tercera novela. Ella no creía que hubiera mucha gente allí y se sorprendió al ver que había una larga cola de gente aferrada a sus libros como si sujetasen un secreto delicado.

Pensó en marcharse, pues le daba bastante vergüenza estar allí sola, rodeada de gente que había acudido en grupo. Se lo pensó seriamente cuando descubrió a un grupo de chica que no sabían en absoluto quien era aquel hombre ni qué tipo de novela escribía, pero “para una vez que viene un famoso…”.
Dando un paso adelante y dos o tres atrás cada vez que la cola avanzaba, sintiendo que aquel lugar no era para ella (esa horrible sensación que tenemos muchas cuando estamos inseguras por algún motivo y nos hace dudar de si somos merecedoras hasta del aire que respiramos). Entonces tropezó con una chica risueña que no parecía molesta en absoluto por el pisotón que le había dado.
Con un gesto de alegría que podría iluminar la estancia entera la miró y le dijo “¿Tu también vienes sola?”, Sofía, con muchísima vergüenza y sin saber cómo disculparse por haberle clavado el talón de su pesada bota de invierno, asintió tímidamente. Entonces Ángela la sujetó con firmeza por un brazo, la atrajo hacia sí y le plantó un beso en la mejilla diciendo “Yo soy Ángela, encantada, y ahora ya no estamos solas, hemos venido con una amiga”. Sofía se rio a carcajadas por la espontaneidad de aquella chica. Supuso que le estaba dando el mismo palo que a ella estar allí sola, solo que ella tenía un forma mucho más aventurera de afrontar la incomodidad.
Juntas escucharon la conversación absurda de aquel grupo de chicas que debatían sobre cuanto valdría una firma de aquel hombre en unos años. Se rieron de la inocencia post adolescente y empezaron a charlar sobre las novelas que había escrito aquel hombre pues, en principio, era lo único que tendrían en común.

Pero no, no lo era. Al salir de allí llovía tanto que era impensable salir a la calle, pues el viento arrancaba los paraguas a los viandantes y la lluvia los calaba hasta los huesos. Por eso, en un solo salto, pasaron a la cafetería contigua a la librería y se refugiaron allí con un buen chocolate suizo entre las manos. Podrían pasar media horita allí mientras pasaba la tormenta.
Ángela le habló de su trabajo, de la enfermedad de su madre, de su hermano adolescente, de su afición por la lectura y cómo le servía para evadirse de las malas noticias, las responsabilidades que le caían del cielo y la soledad que la atormentaba desde hacía un tiempo. Sofía le habló de cómo una ruptura muy traumática con un hombre que la había roto la había dejado sola, pues en la repartición de amigos todos habían desaparecido, pues él era alguien influyente en la ciudad, de esos que en dos llamadas te consiguen trabajo, una mesa en un restaurante exclusivo o entradas VIP para un partido. Le contó cómo sobrevivía a duras penas en aquella ciudad lejos de su familia para perseguir su sueño.
Para sorpresa de nadie, no estuvieron allí media hora. Dos chocolates, varios refrescos y un par de bocadillos a modo de cena después, miraron el reloj. ¡Habían pasado 4 horas!
Riendo a carcajadas se dirigieron a la puerta. Ya no llovía.
Llegado el momento de despedirse ambas sintieron un poco de vergüenza. Aquello no era el final de una primera cita a ciegas, pero la sensación era la misma. No querían que terminase allí, pero no sabían si sería raro pedir volver a quedar… Pero Ángela se sacudió la vergüenza de nuevo, le quitó el teléfono a Sofía y grabó su número allí.
“Ahora depende de ti, pero que sepas que mañana libro y no tengo planes para comer”. Y se fue sonriendo.
Al llegar a casa, Sofía buscó su número. Lo había grabado como “Ángela Bestie”. Le escribió un mensaje. No quería parecer ansiosa, pero quería dejar de darle vueltas a todo y creer siempre que la rechazarían. “Mañana salgo a las 3, si no te importa comer tarde, conozco un coreano cerca de mi trabajo que sé que te va a encantar”.
Un escueto “Dirección, por favor” confirmaba que aquello iba en serio.
Siempre hablamos de relaciones importantes refiriéndonos a parejas, pero realmente hay otro tipo de relaciones que nos transforman, que nos salvan, que nos llenan, que nos acompañan (con todas las connotaciones que puede tener esa palabra).
Ángela y Sofía se conocieron en una firma de libros hace 8 años. Compartieron piso 5 años hasta que Sofía se fue a vivir con quien es hoy en día su marido. Ángela se enamoró también y está empezando una relación preciosa que comparte al detalle con Sofía “Bestie”.
Nada que me guste más que el amor de dos amigas.
Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.
Si tienes una historia interesante y quieres que Luna Purple te la ponga bonita, mándala a [email protected] o a [email protected]