Mi mejor amiga es una mujer muy lista y tiene la teoría de que cuando conoces al amor de tu vida lo que sientes en el estómago no son mariposas, sino ganas de cagar. He descubierto que tiene toda la razón, así que a partir de ahora le cedo todas las decisiones de mi vida a ella, que seguro que no se equivoca y lo hace mejor que yo.
Era un viernes a comienzos de junio. Todavía no había llegado el calor, pero lo único que me apetecía era llegar a la casa rural que habíamos alquilado entre varios amigos y meterme en la piscina. El plan era beber cerveza, jugar a juegos de mesa y pasarlo bien sin preocupaciones. Éramos los de siempre y Pablo, el amigo de un amigo. Iba a pasar el finde semana con nosotros porque acababa de mudarse a la ciudad y no conocía a nadie. Como ser humano cotilla que soy, me metí en su foto de WhatsApp, pero nada, salía de espaldas. Por lo menos el paisaje de la foto era bonito.
Llegamos a la casa rural y en la puerta estaban dos amigos y Pablo para recibirnos. Bajo del coche y lo primero que hago es mirar a mi mejor amiga con una cara que para cualquiera sería de Póker, pero que para ella significaba “madre del amor hermoso tú has visto a este tío se me caen las bragas me muero necesito oxígeno what a man”. Nos dimos dos besos, hice un chiste malo y empezó la fiesta.

Risas, barbacoas, cervezas y chapoteo en la piscina hasta las tantas. Empieza a hacerse de noche y sacamos el alcohol y los juegos de mesa fuera para disfrutar del fresquito veraniego. Empiezan a pasar las horas y llegan las primeras bajas. A las 3 de la mañana todos se han ido a dormir. “Mañana aguantamos más, que hoy es viernes y hemos madrugado”, decían. Me dio igual porque en el sofá seguíamos Pablo y yo. Hablamos hasta que se hizo de día y la gente se despertó. Nos miraban con sorpresa y con la certeza de que nos habíamos enrollado, pero por primera vez en años había conectado con alguien hasta tal punto que lo último que pensé fue en meterle boca y cortar la conversación.
El fin de semana acabó y volvimos a la ciudad, y en ese momento surgió la duda de “¿Y si todo esto que he sentido se acaba aquí?”, pero no. Con cualquier excusa tonta quedamos y seguimos preguntándonos cosas, conociéndonos bien, delimitando las fronteras de nuestra imaginación como si fuésemos dos críos veraneando juntos. Y de repente llego el beso. Después muchos más.
El sexo, la intimidad, los abrazos, las miradas… Voy descubriendo poco a poco cada rincón de la mente de Pablo y siento que me encanta. No tengo miedo, tengo certezas. Y mientras tanto siento que me cago viva cada vez que llama a mi puerta. No sé si es por la cerveza o porque esto es amor del bueno, pero seguiré informándoos.