El otro día fui a casa de mi vecina a devolverle algo y se puso a contarme los últimos acontecimientos con su inquilino. Por fin había logrado quitárselo de encima. Desde su llegada, el tipo no había hecho más que dar problemas a los caseros y a los vecinos, así que ella esperaba su marcha como agua de mayo. Para “invitarlo” a irse cuanto antes, puso el asunto en manos de un abogado que no podía echarlo directamente, como es lógico, pero ha ejercido toda la presión que ha podido con burofaxes y no sé qué más.
El abogado le ha estado dando parte convenientemente de lo mal que está la situación, en general. Le ha dicho que, en un pueblo cercano al nuestro, un jubilado que cobra una pensión de 1700 € ha decidido dejar de pagar el alquiler a una señora que se encuentra en una residencia de mayores, a la que la pobre ya adeuda varias mensualidades y, encima, le está pagando la luz y el agua a su inquilino, que dice que no se va. Así que mi vecina, para ilustrarme la magnitud de su indignación, me dijo:
—Mira, yo antes lo decía de broma, pero ahora lo tengo claro. Para las próximas elecciones voy a votar a Vox. Hombre, ¡ya está bien! ¿Cómo se puede tolerar este maltrato a gente que lleva toda su vida trabajando para tener una vivienda?
Es la misma mujer que un día llamó a una compañía telefónica para quejarse de que, en una llamada anterior, la había atendido una “persona que no era de su país” y no se había enterado de nada. La misma que se preocupa porque su pobre hijo, que es profesor, cada vez tiene más “alumnos de otras nacionalidades” en clase, que hacen lo que les da gana sin que él pueda ni gritarles.
Así ha sido, poco a poco, como una mujer que estuvo hasta la jubilación en un despacho de Comisiones Obreras hoy se plantea votar a los ultras. Su inquilino era español, por cierto, y el de la pobre señora de la residencia de la que le habló su abogado también. Lo aclaro porque me figuro que hay algunas lectoras deseando conocer esta información, que de repente se ha vuelto muy relevante.

Fascistas por acción u omisión
Creo que la anécdota con mi vecina ilustra bien el proceso que está viviendo mucha gente en este país: tienen problemas que no mejoran, que nadie soluciona, y empiezan a calar en ellos los discursos propagandísticos que señalan a los “cobrapaguitas” y a los inmigrantes pobres (los europeos que invaden la Costa del Sol o las islas no molestan, claro, aunque lleven 20 años aquí y ni hayan aprendido español).
Son discursos que, a fuerza de tener todos los espacios posibles en los medios de comunicación, se han normalizado tanto que ya no se ven tan extremos. Es más, quienes los pronuncian hasta parecen sensatos. Por eso hay gente que entiende por qué los vecinos de Torrepacheco han convertido su pueblo en una batalla campal e insultado a periodistas señalados previamente por sus líderes.
Antes veía a gente como mi vecina con empatía. Es una mujer normal, madre y abuela jubilada, trabajadora, empática, buena vecina. La izquierda, pensaba yo, tiene la culpa de este desencanto. No solucionan nada significativo como para que las condiciones materiales de vida de la gente mejoren, traicionan a su electorado continuamente y hacen que aumente la desafección. La izquierda contribuye a abrir grietas por las que se cuelan neonazis, incels machistas y otros sujetos similares.
Que la clase política debería hacer autocrítica y plantear soluciones contundentes y reales a problemas tan graves como el de la vivienda es un hecho. Pero de la decisión de mi vecina de votar a Vox, habiendo sido sindicalista de toda la vida, no tiene la culpa nadie. Voy a dejar de entender las decisiones de gente sin espíritu crítico solo por ser de clase obrera.

Estas personas de clase trabajadora, que lo están pasando tan mal que por eso se plantean votar a los ultras, apoyan todo lo que ellos defienden solo porque “los demás no solucionan nada”.
Apoyan el hostigamiento a los migrantes.
Apoyan el revisionismo histórico en episodios como la Guerra Civil y la dictadura.
Apoyan incluso el genocidio que Israel está cometiendo en Gaza.
Todo ello basándose en noticias falsas, en historias que se cuentan aquí y allá y en prejuicios puros.
La vida me ha enseñado que, en el tú a tú, cuando no se habla de ciertas cuestiones y el de enfrente no sabe a quién votas, la gente es amable y solidaria. Mi vecina sigue siendo esa mujer afable que me pregunta cómo estoy y me ayuda en lo que puede. Por eso me he estado resistiendo a crear un cordón sanitario, pero, viendo lo que está pasando en España y en el mundo, me lo estoy replanteando.
Hoy sabemos que, si los nazis llegaron tan lejos (tanto como están llegando ahora los sionistas) fue, en parte, por la connivencia y la inacción de blancos europeos de todas las clases sociales. En un contexto histórico tan complicado como este, no practicar el antifascismo activo y seguir sentándonos alegremente con racistas mediocres puede ser un error. Un amigo que señala a los “negros” o los “moros” como el problema de España es un fascista y, si lo conservo como amigo, soy cómplice del fascismo. ¿Qué me contaría a mí misma el día de mañana?