Siempre me he considerado una tía sin reparos, sobre todo en el sexo. Me gusta probarlo todo al menos una vez. Cuerdas, pezoneras, juguetes sexuales varios, sexo anal, posturas imposibles dignas de un contorsionista… Mi historial erótico es largo y tal vez por eso resulta más sorprendente que un puto escupitajo en la polla me diese tanta vergüenza.

Todo comenzó cuando Miguel, mi ligue desde hace un mes aproximadamente, me sugirió lo siguiente:

‘Vamos a follar y el que se corra antes pierde. ¿Qué significa perder? Pues que tiene que hacer lo que el otro quiera durante un día enterito.’

 

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Perdí, amiguis. Me vine arriba y pensé ‘bua, esto está ganado, yo aguanto lo que haga falta’, pero no fue así y acabé corriéndome en menos de 10 minutos. Miguel me tiene pillado el punto como nadie lo había pillado jamás.

Pasaron los días y un sábado de esos en los que no apetece hacer nada Miguel se vino arriba y me dijo ‘hoy es el día… Vas a hacer lo que te diga’. Con esa frase ya me encendí y así fue como comenzó el sábado más ardiente de toda mi vida.

Hice de todo y me hizo de todo. Usamos la boca, manos, pies, juguete; lo que fuese que se nos ocurriese. Y al llegar la noche mientras veíamos una película noté que estaba empalmado. Empecé a acariciarle y se la sacó.

‘Cómeme.’

Dicho y hecho.

Empecé a comérsela como si fuese el día más caluroso del verano y se tratase de un Calipo, y justo cuando más a tope me sentía yo soltó el comentario:

‘Escúpeme en la polla.’

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No sé que circuito de mi cabeza falló, pero fui incapaz. Me dio vergüenza, chicas. Me imaginé escupiéndome y babeándome toda o con cara de atragantamiento y no pude hacerlo. Fingí no escuchar nada y él notó mi incomodad, así que no insistió -cosa que agradecí-.

¿Cuál es la moraleja de esta historia?, os preguntaréis. Pues que podéis sentiros las más divas del lugar, las más atrevidas, las más sexys, pero a veces vuestro cerebro os hará sentir inseguras o avergonzadas por estupideces. ¿Y sabéis qué pasa? Na-da. Esto no significa que seáis malas en la cama ni mucho menos. Hasta la tía con más seguridad en si misma tiene momentos de bajón. Simplemente somos humanas, y a veces no podemos controlar lo que sentimos.