Cuando alguien habla de criar o de cualquier cosa relacionada con hijxs, me encanta decir:
—Algo de experiencia tengo. Voy por el octavo.

Y lo mejor es ver esas caras de: ¿ocho?

Parir, lo que se dice parir, he parido dos.
Gestados en mi cuerpo. Nacidos de mí.

Los otros seis fueron gestados en la mente y paridos con el corazón.

A todos los amo con locura. Porque dime qué dedo te cortan que no duela, si has pasado noches sin dormir, días llorando con ellxs, semanas sin salir de casa porque estaban enfermos. Parir no te hace más madre. Quererlos, sí.

Mis hijxs y yo somos familia de acogida de urgencia y diagnóstico.

Se llama así porque casi siempre son bebés recién nacidos que necesitan, urgentemente, una familia mientras se estudia su situación familiar.

La alternativa son los centros residenciales de menores. Antes llamados orfanatos.

Teóricamente, en España es ilegal que haya menores de seis años en centros.

Spoiler: están llenos.

Hay familias que necesitan ayuda externa en momentos complicados.
Hay madres que renuncian porque no quieren o no pueden criar.
Y hay otras a las que se les retira a sus bebés por servicios sociales, aun queriéndolos.

Aquí no estamos para señalar ni juzgar. Siempre hablo desde el respeto y la sororidad.

Como explico en mi poemario Madres de lunas y cunas, cuando hablo de maternidades invisibles: nombrarlas es necesario, pero sin apuntar con el dedo.

Estos bebés viven en mi casa 24/7 mientras dura el diagnóstico familiar.

Puede ser mes y medio.
Puede ser dos años.

Durante ese tiempo, los llevamos a las visitas con su familia biológica —las veces que se acuerde— en puntos de encuentro, para que el vínculo no se rompa del todo.

Si la familia soluciona su situación o aparece una red familiar que pueda acoger, se produce el retorno.

Si no hay soluciones a corto plazo, el bebé entra en adopción.

Cuando ese bebé se va —retorna o es adoptado— se hace un mal llamado acoplamiento. Es una transición que debería hacerse al ritmo del menor. La que más ha durado en mi caso han sido cuatro días.

Cuatro días son insuficientes.

Imagina que de golpe te meten en una casa nueva, con gente que no conoces, en una cama fría, con olores distintos, ruidos distintos, voces distintas… y en cuatro días no hay marcha atrás.

¿Qué sentirías?

La solución es sencilla: ponernos en su lugar.

En este mundo tan adultocentrista, poner al menor en el centro parece una utopía. Pero no lo es.
Agáchate. Ponte a su altura. Piensa como ellxs. Y ahí están las respuestas.

Con suerte, algunas familias de acogida podemos seguir en contacto y verlos crecer.
Yo tengo contacto con todxs mis niñxs, aunque sea con fotos por WhatsApp o vernos una vez al año.

Ellxs saben que tienen a su Nani disponible si la necesitan.

Pero no todas las familias tienen ese “privilegio”, que debería ser un derecho del menor por su bienestar emocional.

Y aquí viene una de las grandes heridas del sistema:

no se cuida el vínculo que ha sido vital para la evolución de ese bebé.

Ese vínculo que le sostuvo mientras sanaba la herida de la ruptura.

No se previene. Se corta.

Yo resetearía el sistema como un ordenador saturado, lleno de errores 404.

Pero hay una frase que debería guiarlo todo:

poner al menor en el centro siempre.

No en teoría.
No en papeles.
En cada decisión real.

Ahora tengo a mi último bebé.

Y sí, lo digo claro: aquí acabo.

Seguiré luchando por la infancia.
Seguiré siendo altavoz de estxs niñxs tuteladxs.
Pero desde fuera.

Porque ha llegado un punto en el que siento que soy un peldaño más de un sistema que no funciona.

Y seguir igual no cambia nada.

Estos bebés, niños y adolescentes tutelados no son números.
No son expedientes.
No son estadísticas.

Son vidas que merecen amor, cuidado y respeto.

Exigimos —y me atrevo a hablar en nombre de muchas familias de acogida— que cada decisión se tome desde el bien supremo del menor, no desde la burocracia ni la comodidad adulta.

Exigimos respeto al vínculo que salva.
Al abrazo que sana.
Al tiempo que permite crecer.

Exigimos recursos, acompañamiento real y transparencia.

Porque cada niño o niña que se pierde en la trampa del sistema, pierde su infancia.

Hoy levanto mi voz por ellxs.

No es caridad.
Es justicia social.

Raquel Romarís