Las duras exigencias de la bicicleta
Crónica de mi iniciación al ciclismo amateur y otras catastróficas desdichas
Cuando era pequeña, mi padre nos llevaba al Memorial Joaquín Galera en Armilla y los ciclistas eran unos soles que se paraban a firmar autógrafos. La Vuelta, el Giro y el Tour eran más que una religión en casa, y yo los admiraba sin saber lo que me esperaba.
Con el tiempo, me aficioné al deporte, me vine arriba y me animé a probar ciclismo, pensando que iba a ser un rollo acogedor: camaradería, risas, subidas épicas y cervecitas post ruta. Qué inocente fui.
Intenté unirme a un club del pueblo de al lado. Tenían nada menos que diez teléfonos de contacto con sus respectivos correos. Bombardeé a llamadas, mensajes y emails con la misma insistencia que un secuestrador pidiendo un rescate. Ni un mísero “hola” en seis meses. Más inaccesibles que la zona VIP del Coachella.
Una amiga me recomendó una tienda para comprar la bici y acertó de lleno. Me atendieron como dioses y me convertí en la mejor clienta de su historia. Tras unos meses, el dueño me invitó a una salida con su grupeta y, sorpresa: él era el presidente del club fantasma. Si no llega a ser por su invitación, todavía estaría esperando. En mi ciudad, entrar en un grupo de ciclistas domingueros es más difícil que pillar entrada para los Goya.
La primera salida fue gloria bendita: risas, viajes a Marruecos en bici, Camino de Santiago, barbacoas en casas con piscina, bajadas a la playa… hasta me invitaron a la cena de Navidad, aunque faltaban dos meses. “Este es mi sitio”, pensé.

Pero en la segunda salida la cosa cambió. De ser encantadores como un anuncio de cerveza, pasaron a ser más cerrados que la fórmula de la Coca-Cola. Sin explicación, empezaron la bordería y la malafollá. ¿Qué pasó? Que yo llegaba tarde, cuando ellos llevaban años de vivencias juntos. No era novia de nadie ni tenía parentesco con nadie del club. Era una intrusa. Una cosa es una ruta y otra “acoplarse”.
Un jefecillo incluso me exigió organizar una barbacoa en mi casa con piscina. Yo por no tener no tengo ni perro, pues piscina mucho menos. ¿Se creían que era influencer con mansión en Ibiza? Para rematar, ese mismo se pegó una buena leche en la bici y luego lloró al presidente porque los compañeros se rieron en vez de ayudarlo. El dueño de la tienda le contestó que era normal en un grupo grande, que había gente de toda calaña. Pues vaya compañerismo. Ironía activada.
En la tercera ruta, me mandaron a la mierda de manera diplomática: “La ruta es muy dura”. Pero si ya la había hecho cuatro veces yo sola y era más fácil que las anteriores. El problema, me dijeron, no era mi capacidad, sino “los ritmos”. Eso sí, la novia de un jefecillo, principiante absoluta, sin haber tocado una bici en su vida, no tuvo problema. Porque claro, ella tenía escolta.
Intenté con otro club de chicas y me encontré lo mismo. Para colmo, el novio de una (del primer club) apareció y no paraba de repetir lo poderosos que eran en “su” club. ¿En serio la bici da tanto poderío? Pensaba que servía para fortalecer piernas y corazón, no para dar títulos nobiliarios.
Y luego están los cánones: en mi ciudad, si pasas de la talla 38 eres la supergorda del año. Yo, con una 42, ni pude ponerme la camiseta oficial del club de chicas porque no fabricaban talla suficiente. Si eres regordeta, más te vale ser un bellezón con carisma y labia, si no, puerta.
Por si fuera poco, probé el grupo de los “tranquis”. Y uno de ellos, chófer de autobús de mi pueblo, me suelta que “las personas gorditas como yo no deberíamos coger la bici porque los kilos extra causan lesiones serias”. Muy científico todo. Se nota que estudió en Harvard.
Al final decidí rodar sola y libre. Que no me den caramelitos para luego mandarme a paseo. Estoy harta de gilipolleces y dramas baratos de cuatro posturetas que se creen dioses por subirse a una bici. La vida ya tiene demasiada mierda. La bici es para disfrutar y ser feliz.
— Firmado: La ciclista voladora