En la ciudad pequeña en la que vivo hay un fenómeno creciente que está generando mucha conversación. Se ha conformado un número significativo de parejas peculiares: hombres mayores con mujeres mucho más jóvenes. Andan como adolescentes, agarrados de la mano o cogidos por la cintura, besándose en las terrazas con tantas ganas que llegan a incomodar a las mesas de alrededor.

Nadie se ha planteado que entre los integrantes de esas parejas haya surgido un amor puro y genuino, por una cuestión sencilla: todas esas mujeres son extranjeras. Vienen a lo que vienen, según piensan los vecinos. Para sorpresa de nadie, el foco se pone en ellas.

Tuve una discusión con mi madre hace poco a cuenta de esto, porque, de repente, ella ha desarrollado un miedo nuevo: se va a morir y mi padre, que no es especialmente cariñoso con ella, se va a casar con una de estas y la va a llamar «mi amor» a todas horas. Lo dice en tono jocoso para chinchar a mi padre, pero lo dice. Así que me puse a pensar en el trasfondo de todo esto.

Vienen a lo que vienen

El matrimonio entre hombres mayores y mujeres extranjeras mucho más jóvenes es un fenómeno creciente, pero no es novedoso. Todo el mundo asegura conocer a un hombre que ha sido víctima de las ardides de estas mujeres que vienen a aprovecharse de hombres enamoradizos y deseosos de compañía. Los hay, por supuesto. Y muchos son hombres decentes que quisieron bien y, a cambio, se llevaron la peor de las decepciones.

Por esos casos, pero sobre todo por prejuicios machistas y xenófobos, mucha gente cree que sería horrible que entrara en la familia una de estas mujeres, dispuesta a sacarle las túrdigas a hombres desvalidos de su familia. Y yo siempre digo lo mismo: «¿Sabes lo que es verdaderamente horrible? Ser pobre». Pero no pobre como cuando le dices a una amiga que no puedes irte a esa escapada de finde porque estás tiesa, no. Pobre al nivel de haber tenido que soportar explotación y abuso parte de tu vida para tener algo que comer y no morirte de hambre.

Al hecho de ser pobre se le suma un agravante si eres una mujer. En muchos países, las mujeres siguen siendo ciudadanas de segunda categoría y percibidas como un objeto de uso masculino, bien para cuidado, bien para placer sexual. ¿Qué pasa cuando una mujer juega a favor de su supervivencia las cartas que le han tocado, en una partida viciada ya de inicio? ¿Se la puede culpar?

Resulta que ahora tengo que tener más empatía con algún que otro viejo con dinero que le amargó la vida a su mujer mientras vivió, y ahora cree haber encontrado el paraíso que merecía con una mujer exótica que se lo da todo: lo cuida de sus achaques, le tiene bien la casa, guisa maravillosamente, la exhiben por donde va y le proporciona placer sexual a demanda. Por su cara bonita. Como dice mi tía: «Ese no se querrá que lo quiere por lo guapo, lo bueno y lo listo que es, ¿no?». Resulta hasta tierno comprobar cuánto se han creído este tipo de hombres que son especiales, solo por el hecho arbitrario de estar en la cima social (pudientes, blancos y cishetero).

Desde fuera solo se ve lo superficial: que van cada 15 días a hacerse las uñas, cada semana a la peluquería y todos los días al gimnasio, además de estrenar ropa nueva cada dos por tres. Lo que no se ve, pero puedo imaginar, es el trato instrumental que le dan los hombres de los que, presuntamente, ellas se están aprovechando.

En un mundo ideal, todos tendríamos principios universales inquebrantables que no habría que ceder en situaciones de extrema necesidad. Todos tendríamos independencia económica y emocional suficiente como para no estar obligatoriamente con nadie. Pero no es el caso. Y, mientras no lo sea, tengo claro que mi lado es el de las mujeres pobres.

Si te incomoda su existencia, dirige tu frustración hacia quienes mantienen este sistema, no hacia ellas.