Desde el principio de nuestra relación David fue un tío muy activo en la cama; siempre estaba dispuesto y tenía ganas las veinticuatro horas del día. Yo pensaba que ese apetito tan voraz era normal, acabábamos de empezar y estábamos en esos primeros meses en los que cualquier movimiento o cualquier gesto de tu pareja te parece lo más excitante del mundo. Pero cuando hicimos el año, él seguía exactamente igual, tenía la testosterona on fire y necesitaba hacerlo con mucha frecuencia.
Lo cierto es que yo me sentía halagada por que se sintiera tan atraído por mí, pero llegó un punto en el que sus continuas necesidades empezaron a agobiarme un poco. Había días que yo llegaba súper cansada del trabajo o que, sencillamente, no me apetecía, pero me daba miedo que se cansara de mí, así que terminaba acostándome con él igualmente en lugar de hablar las cosas.

Con el tiempo, David no sólo precisaba tener sexo todos los días, sino que además, fue añadiendo más picante a nuestra relación, como si no tuviéramos suficiente. Empezamos a utilizar juguetes, lubricantes, a grabarnos en vídeo, a hacerlo en sitios públicos, a visitar clubs liberales para ver cómo se lo montaban otras parejas… Siempre necesitaba más y yo me desvivía por estar a su nivel.
Sin embargo, yo estaba amargada con mi trabajo y durante un tiempo pasé una racha muy mala, sufriendo ataques de ansiedad prácticamente a diario, así que llegó un momento en el que no me molestaba en buscar excusas o en fingir que me apetecía hacerlo con él. No tenía fuerzas y pensé que él lo entendería, pero no fue así; discutíamos mucho porque él decía sentirse descuidado por mi parte y yo me quejaba porque su conducta me parecía tremendamente egoísta.
A raíz de aquella discusión, él empezó a salir más con sus amigos y a mi me pareció bien, de hecho sentí cierto alivio ya que mientras estuviera con ellos y yo en mi casa, no me exigiría mantener relaciones y me dejaría tranquila. Ahora soy consciente de lo horrible de la situación, pero en su momento no fui capaz de darme cuenta de la enorme red flag andante que era esta persona.
Meses después, tuve la oportunidad de cambiar de trabajo y mi estado de ánimo mejoró de inmediato; volvieron las ganas de sexo y, por supuesto, David estaba la mar de contento de que así fuera. Su apetito sexual continuó escalando, me dijo que le volvería loco hacer un trío con otra mujer y la verdad es que a mí también me daba cierto morbo, así que empezamos a fantasear hasta que un día decidimos hablar en serio del tema.
Me dijo que había visto en redes a una chica muy sexy, que le parecía perfecta para nosotros, si a mí me parecía bien. Vi su foto y la tía era un espectáculo, así que le di el visto bueno y le dije que lo dejaba en sus manos.
A los pocos días, me dijo que la chica quería participar en el trío y que los preparativos ya estaban en marcha a falta de encontrar una fecha, ya que ella no estaba en la misma ciudad que nosotros en aquel momento y por tanto tendríamos que esperar algo más de una semana. Lo que no me esperaba era que durante ese tiempo de espera todo iba a dar un giro radical.
Una tarde, después de haber dormido con él en su casa, cogí un pen drive que encontré en un cajón para meter música mientras él se duchaba. Cuando lo conecté al ordenador y me puse a ver lo que contenía no me podía creer lo que veían mis ojos. Decenas de fotos de David con la chica del trío; besándose, sonriendo a la cámara en un restaurante, en la playa, en el coche… incluso vídeos de los dos dándole al tema.

Se me paró el corazón, no entendía nada. Por lo visto él ya se lo había montado con ella en varias ocasiones, pero fingía que acababa de conocerla. Me pareció estar viviendo en una película, no podía estar pasándome a mí.
Por primera vez, le miré el móvil. Fui tan masoquista como para querer leer sus conversaciones y él tan idiota como para no borrarlas. Se remontaban a meses atrás, mucho antes de que hubiéramos mencionado el tema de hacer un trío con nadie. No tuve fuerzas o el valor de leer demasiado, pero fue suficiente para comprobar que estaba saliendo con un enfermo que me había propuesto hacer un trío con la chica que se llevaba tirando desde hacía meses.
Cuando salió de la ducha y vio las fotos en la pantalla del ordenador se quedó blanco y empezó a balbucear, diciendo que habían quedado para conocerse, para ver si era la persona adecuada pero que había cometido un error muy grande. Me dijo que lo sentía mucho, que quería decírmelo, pero que no sabía cómo y que «sólo» habían sido un par de veces.
Cuando le pedí que dejara de mentirme porque había leido sus conversaciones, me confesó que en realidad levaba acostándose con ella mucho tiempo, que la había conocido una noche de fiesta. Lo cierto es que la chica y él estaban hechos el uno para el otro, porque la idea había sido de ella. Sí, a la chavala le ponía montárselo con la novia de su amante y él, encantado de la vida.
Todo era tan enfermizo que me daban náuseas. Evidentemente, mi relación con David terminó en ese mismo momento aunque me suplicó que no le dejara, supongo que le daba pena perder a una tía tan tonta y tan ciega como yo lo había estado. Se me revuelve el estómago sólo de pensar que estuve a punto de hacer un trío con mi ahora ex novio y su amante perturbada. A día de hoy sigo dando gracias al cielo por haber descubierto todo antes de que fuera demasiado tarde.
Testimonio escrito por Mar Martín basado en una historia real.
