Irina y Tomás se conocieron en un curso de estos que se organizan para parados menores de treinta años. Ahí fue también donde los conocí yo. Y juraría que no cruzaron ni media palabra en los tres meses que estuvimos allí dando clase. 

Irina estaba atravesando un momento personal complicado porque tenía un familiar muy enfermo, así que faltaba muchas veces a clase porque debía quedarse cuidándolo. Y Tomás era tímido. Así que, entre las pocas veces que coincidían y lo poco dispuesto que estaba Tomás a vencer su timidez, la cosa estaba difícil. 

Pero, cuando acabó el curso, decidieron no perder el contacto. A veces quedábamos unos cuantos, para cenar, o dar un paseo. El plan daba igual, lo importante, al menos para mí, era conocer a esas personas fuera del ambiente lectivo. 

Irina tenía pareja, nada demasiado formal, llevaban solo unos meses. Y Tomás respetaba eso más que nadie. De hecho, visto desde fuera, a mí no se me ocurriría afirmar que Tomás tuviese un interés especial en ella. Pero, eventualmente, esa pareja se acabó y, tras un tiempo de luto prudencial, Irina y Tomás empezaron a salir. Y nunca más se separaron. Literalmente era imposible quedar con uno sin que viviera el otro. Y si uno de los dos tenía que trabajar, el otro no salía a disfrutar de la quedada con los amigos. Como si fueran un pack de yogures. A mí personalmente me agobiaría tener una relación así. Pero ellos parecían cómodos y contentos. Así que nada que objetar.

Tres años después, ambos rondando la treintena, a nadie les habría extrañado que quisieran casarse. Y, sin embargo, sí que fue tema de conversación dentro del grupito que habíamos creado. Porque no habían convivido más allá de un fin de semana. Y en el contexto de un viaje de parejas, no se conoce del todo cómo es la convivencia con la otra persona. 

Además, tampoco tenían un duro, porque ninguno de los dos había tenido nunca un trabajo estable. Que tiene guasa que, en España, haya mucha gente que llegue a los treinta años sin haber tenido ningún trabajo mínimamente duradero y decente. Pero bueno, eso da para otro post.

Irina vivía con sus padres, que pusieron el grito en el cielo hasta tal punto que no quisieron ir a la boda. Quizá es una reacción un poco exagerada, aunque es innegable que los tortolitos estaban empezando la casa por el tejado. 

Pero lo más curioso era que quisieron organizar la boda y casarse, todo, en un mes. Socorro. 

Tuvieron que pedir favores para conseguir una sala donde meter a sus treinta y pocos invitados (si me preguntan, me parece una ventaja que muchos familiares decidieran no acudir, porque no es lo mismo ubicar a cuarenta personas, que a cien). Al final organizaron la boda más original de la ciudad, porque se casaron en un museo que no estaba pensado para que nadie celebrase allí una boda. A día de hoy creo que son los únicos que han tenido ese privilegio. 

No sé cómo puñetas se organiza un banquete, se compran trajes y se elije un DJ con solo tres semanas de tiempo para planificar. Pero yo, por mi parte, ni siquiera me compré un vestido nuevo: me planté un mono precioso que tenía mi hermana en su armario. Y lie a mi otra hermana para que me hiciera un peinado. Listo. Gratis. 

Y a los novios, el evento tampoco les supuso un desembolso muy grande. Pasamos un día bastante agradable. Pero a los amigos siempre nos quedará la duda de dónde estaban las prisas. Yo he decidido darle a mi cerebro una posible explicación, porque me quedo más tranquila cuando entiendo las cosas: ellos querían llegar vírgenes al matrimonio y se les despertaron las ganas de golpe. Había que casarse rápido y a follar, a follar, que el mundo se va a acabar.