Siempre he pensado que las situaciones más incómodas de la vida duran mucho menos de lo que recordamos. A veces son apenas treinta segundos, un minuto como mucho, pero consiguen quedarse grabadas durante años porque, mientras están ocurriendo, sientes que el tiempo se ha detenido y en vez de ser una situación de 1 minuto, parece 1 hora.

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La conversación de ascensor más violenta que he vivido duró probablemente menos de un minuto.

Y todavía me acuerdo de cada detalle.

Hace algún tiempo, la empresa para la que trabajo organizó una conferencia internacional. Durante varios días recibimos a ponentes de distintos países y, como parte de la organización, nos encargábamos de acompañarlos por la ciudad, llevarlos a cenar y asegurarnos de que su estancia fuera agradable.

Aquella noche estaba ayudando a uno de los conferenciantes a transportar parte del material que había traído para su ponencia. Entre cámaras, trípodes y equipos de grabación, acabamos llegando al hotel bastante tarde. Subimos al ascensor y…justo cuando las puertas estaban a punto de cerrarse, una pareja entró en el último segundo.

Y entonces lo vi… era un amigo de toda la vida de mi pareja. Lo conocía desde niño y no solo lo conocía a él.

También conocía a la mujer con la que iba a casarse apenas dos meses después y déjame decirte que la chica que entró en el ascensor con él (bien agarrados) no era su prometida.

Recuerdo perfectamente el instante en el que nuestras miradas se cruzaron.. Los dos entendimos exactamente lo que estaba pasando.

Él se quedó completamente paralizado durante una fracción de segundo. Yo también.

Después llegaron los intentos de aparentar normalidad: un saludo… una sonrisa incómoda. La típica pregunta de cortesía sobre qué hacía yo allí. Una conversación absurda que ninguno de los dos quería tener y que, sin embargo, mantuvimos porque el silencio habría sido todavía más evidente.

Nunca había sentido algo tan extraño…porque no era mi secreto y aun así, estaba atrapada y me sentía como si yo fuera la criminal de aquel ascensor.

Durante aquellos segundos sentí una mezcla de vergüenza, incomodidad y rechazo difícil de explicar.

No porque me estuviera mintiendo a mí, sino porque estaba viendo en directo cómo una persona intentaba sostener dos realidades incompatibles al mismo tiempo.

Cuando por fin se abrieron las puertas y cada uno siguió su camino, sentí un alivio enorme.

Más tarde se lo conté a mi pareja, su reacción fue mucho menos sorprendente que la mía.

Me dijo que no le extrañaba en absoluto: que, conociéndolo, era exactamente el tipo de comportamiento que esperaba de él.

Perdona ¿Qué? ¿Enserio me estás diciendo?

Y quizá eso fue lo que más me impactó de toda la historia. Que todos lo intuían, a nadie le sorprendía aquello y aún así nadie tenía problema con dejar que una chica se casara con semejante desgraciado.

Porque yo no soy su amiga ni conozco tanto a su novia, pero salí de aquel ascensor pensando en la mujer que estaba organizando una boda sin saber nada de aquello.

Y créeme que se me revolvió todo el cuerpo.